merceroura

la rebelión de las palabras


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Todo es perfecto


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Mientras tuve la razón jamás fui feliz porque siempre estaba pendiente de no perderla, de defenderla y casi imponerla… Era tan mía, tan obvia, me parecía tan necesaria… Porque pensaba que era lo único que me quedaba en este mundo que me cortaba las alas y me agarraba de los tobillos para que no pudiera subir por al escalera que llevaba a mi cielo… Pensaba, sin realmente saber nada, que la razón que me daba haber acumulado tanta injusticia en mi vida, era mi último reducto de poder antes de dejarme llevar por la desidia.  Aunque no era poder, era fuerza, era resistencia a vivir, a dejarme llevar, era oposición de soltar y vivir en el asombro y la sorpresa… Era miedo a soltar el control que nunca tuve en realidad.

Por eso, dejé la lucha por parecer y me quedé conmigo, con lo que había tras la puerta cerrada de mi conciencia y abracé a la niña enfadada con el mundo porque creía que no la aceptaba... Y me di cuenta de que no había nada tan grande como no esperar nada y sorprenderse por todo, por absolutamente todo… Asumir lo vivido y soltar la carga. Dejarlo todo en una tarde y ver como la vida fluye cuando decides que ya basta…

Me quedo con mis errores y mis miedos… Los miraré sin recelo, sin culpa, sin resentimiento. Y los convertiré en vida, en “ahora”, en cielo… Esa será la forma en que le devuelva a la vida el maravilloso regalo de sus sabias lecciones…Ver la belleza de este instante y notar que me invade, ahora… Saber que estoy aquí por algo, para algo, con un sentido y un camino por recorrer. Notar que yo entera me entrego a mis miedos y les doy la vuelta hasta convertir a mi enemigo en aliado, a mi dolor en mi consuelo, a mi guerra en mi paz.

La guerrera ha dejado su puesto de centinela cansada y ahora confía, lo intenta aunque cueste, aunque a menudo se sorprende todavía empujando el peso del mundo por una cuesta cuando el mundo no la ha pedido que haga nada. A veces, todavía mira al horizonte por costumbre y surca entre las caras y las miradas para encontrar el rechazo que tanto necesita para volver a culparse por no ser perfecta… A veces, el miedo le puede e inventa historias tristes y amargas que le sacuden el alma, pero entonces recuerda que hay tanta belleza en cada cicatriz que cuando las juntas todas ves que en ti han escrito una palabra, una frase, un libro… Que dejarse llevar por lo que temes y bucear en tu dolor para comprenderlo es respirar libertad… Que entregar tu miedo al miedo antes de que te coma la esencia te libra de sumergirte en en la desesperanza… Que lo que estás haciendo para muchos es locura pero para ti es un bálsamo.

La guerrera está callada, pero no por guardarse el dolor ni encerrar la rabia, sino por haber aprendido a amar el silencio de este momento y haber decidido que no quiere más batalla… Porque no es que ya no quiera ganar es que ya no le hace falta y prefiere la paz a la gloria, el equilibrio a la medalla… Prefiere sentir que pierde si perder es notar que fluye y que ama.

Me quedo con este momento dulce, aunque no sea perfecto porque sé que es perfecto para que lo que deba pase… Porque sé que esta serenidad compensa todas la noches de ira haciendo guardia, todos los días luchados por injusticias inventadas, todas las tardes perdidas soñando venganzas sin sentido.

Me quedo conmigo, desierta de gritos y rencores, vacía de rabia y lamentos, enfundada en mi misma con mi traje más humilde y mi risa más fácil… Me quedo con esta sensación de que todo tiene sentido aunque no sepa cuál, ni hacia dónde, ni cómo… Rota pero recompuesta, cansada pero con ganas. Habiendo dejado de buscar ni tres ni cuatro pies al gato y de imaginar historias siempre amargas…

Me quedo con que he llegado hasta aquí y suelto los reproches de una vida que no fue y un reino que no he podido besar a pesar de los intentos y las ganas.

Mis sueños perdidos ya no gritan mi nombre en las noches largas. Porque he descubierto que mi sueño es mi paz y mi risa… Mi aprendizaje de esta tarde, mi nombre dicho por mi hija pidiendo ayuda y dándome las gracias… Mi sueño es un mar que me besa los pies y una roca que nunca me dice nada. Un par de amigos con los que hablo de cómo ayudar a otras personas a encontrar esta paz y un vaso de agua fresca cuando el calor me seca la garganta… Mi sueño es no esperar nada y que todo lo que llegue sea regalo, sea pura vida… 

Tengo sueños tan grandes y hermosos pendientes que no me caben todos en esta tarde que acaba. Aunque yo me he convertido en alguien tan paciente que soy capaz de saber que llegarán cuando deban y que si no llegan no pasa nada… Porque lo mejor del sueño soy yo creciendo para abrazarlo y la guerrera ansiosa convertida en oruga paciente que espera su turno para que le crezcan unas alas…

Me quedo con mis errores y mis miedos porque gracias a ellos he llegado a abrazar mi paz y saber cuál es mi lugar en el mundo… Me quedo con este momento, sea como sea, porque lo que cuenta es tomar lo hermoso de cada paso y seguir andando… Y dar gracias, siempre gracias.

Mientras tuve la razón nunca tuve la risa, nunca tuve el regalo inmenso de descubrir que no sé nada… De no tener ni idea de lo que viene ahora y de que no importe… Y notar que no me tiemblan las piernas, que no busco más refugio ni me escondo de nada… No hay nada como la desnudez de no cargar con la necesidad de parecer y  de saberlo todo… Nada como soltar la necesidad de ser perfecto, de no fallar ni perder,  de no decepcionar ni fracasar, de no acumular ni culpar, ni reprochar ni llegar siempre a la hora fijada.

No hay nada como ser consciente de no saber nada.

Y a veces ser, sólo ser… Y ya está. Es perfecto. Siempre es perfecto.

Pensaba que la perfección era el resultado de cambiarlo todo, pero en realidad, es el resultado de casi casi no hacer nada… 

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Un elefante en tu salón


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No lo ves pero está ahí. Es tan grande que crees que es el camino pero en realidad es el muro que has construido ante él. Crees que es tu pedazo de mundo y es sólo una especie de salvapantallas que te has puesto para no ver lo que duele y molesta. 

Lo que no quieres asumir, ni tan siquiera ver, es tan grande que se confunde con el paisaje y lo distorsiona todo. Confundes al personaje que te has inventado para soportar tu vida con la esencia de ese ser inmenso que eres en realidad y que no sale nunca a pasear porque le asustan las críticas y las miradas. Pones precio a tus ganas y pegas tus alas a la espalda para no caer en la tentación si en algún momento la libertad te alcanza y una necesidad enorme de desplegarlas invade tu cuerpo… Vendes tu tiempo para poder sobrevivir y mueves los pies un par de veces y ya te crees que bailas, que corres, que vuelas… No vuelas, ni siquiera te levantas un palmo, estás en tierra, con las piernas inmóviles y crees que has despegado. Confundes el primer rellano con la cima, el arroyo con el mar, el roce con el cariño y tomas tu miedo y lo conviertes en dogma, en realidad, en una verdad incuestionable que no es más que una frase prestada de un tuit que suena bien… ¿Sabes? Muchos tuitean sobre la vida de otros porque les asusta mirar la propia… Muchos tuitean sobre la suya para que brille más que la de los demás porque es muy opaca y vacía, porque no se reconocen ni se aman… Muchos tuitean sobre vidas que nunca han vivido nadie, pero que nos gusta creer que sí. Hacemos lo que sea para no tener que ver nuestra oscuridad, para no tener que compartir mesa con nuestra sombra… Y al final, caemos siempre en hacer lo que criticamos y nos encontramos cazados por nuestras propias trampas. No nos hemos dado cuenta de que aquello que no queremos reconocer, es lo que nos va a sacar del agujero en el que nosotros nos hemos metido.

Lo que escondes tiene tendencia a crecer, a engordar, a hacerse tan grande que no cabe en los armarios, ni en el cajón de los sueños olvidados que nunca vas a cumplir. Se desborda, te sale por los poros y dibuja un rictus en tu cara. La gente te mira y no sabe decir por qué, pero ve en ti lo que escondes, lo que has decidido callar, lo que te da miedo reconocer. Y tú ves en ellos sus fantasmas, sus monstruos más feos y temibles. No nos damos cuenta, pero vamos por la vida haciendo de espejos a los demás, mostrando con nuestras debilidades las suyas, escondiendo nuestros miedos pero señalando los miedos ajenos, reflejándonos en los ojos de los demás y siendo prácticamente incapaces de compadecernos de lo que vemos en ellos. 

Te pasas la vida encerrando tu sombra para que nadie la conozca, pensando que es algo terrible, algo feo y horroroso, algo triste e indigno, cuando en realidad es el salvavidas que esperas… El paracaídas para los momentos difíciles, la barandilla en la que te vas a sujetar mientras miras abajo y te das cuenta de lo que ya has crecido…

Lo que no quieres ver va a salvarte de un destino peor que el de no conseguir lo que sueñas, un destino en el que no se sueña ni se nota nada… Un destino en el que sencillamente ya no eres tú de tanto ocultarte y adulterarte para ser aceptado por los que a su vez se adulteran esperando lo mismo. 

Tu errores no menguan si no los miras. Son un elefante enorme que confundes con el paisaje y que está pisando y destrozando todo lo construyes y que le rodea a la espera de que le saques de tu habitación… Para que te des cuenta de que está ahí. Esa voz que te dice que no te escuchas no calla nunca. Eso que no reconoces en ti  va camino de ocupar tu casa entera, tu mente, tu vida, tus sueños… A la espera de que lo veas y lo aceptes tal y como es. Eres tú, el de verdad, pidiendo salir de ti mismo para abrir las alas. 

Aquello de lo que huyes engorda a cada suspiro que decides no notar. Crece cuando te tapas los oídos y no escuchas tu música. Se hace más grande cuando alguien dice “que viene el lobo” y sales corriendo sin saber qué es el lobo, qué significa, sin reconocer tus fortalezas, ignorando que tú también eres el lobo, el peor con el que vas a cruzarte y el mejor aliado con el que jamás podrás contar.

Vivir no es fingir, es quitarse la máscara. Es dejar de ocultar al monstruo para ponerlo en primera fila y ver como cuando le toca el solo se hace pequeño y domable. Comprobar que hay en ti una parte que no te gusta pero que si no la aceptas y abrazas nunca podrás sacar partida a esa que tanto brilla…

Y salir al mundo y ver que bailar con tu miedo más antiguo. Abrir el armario y dejar que salga el elefante que encerraste cuando era niño y que ahora es tan grande que invade tu risa… Que se mezcla en tus alegrías y arrasa con tu paz.

Mirarle a los ojos y en lugar de avergonzarte de él, decidir que te gusta, que gracias a lo enorme que es tú también serás grande…

Siempre crecemos en proporción a lo capaces que somos de mostrar lo que ocultamos. Siempre brillamos en proporción a nuestra valentía para presentar al mundo nuestra sombra…

A veces, sólo te sientes protegido cuando sales del perímetro de seguridad porque pruebas hasta dónde eres capaz de llegar y crecer.

A veces, sólo dejas de tener frío cuando te desnudas.

Sólo te sientes grande cuando amas tu pequeñez y decides que no te importa.

Sólo ves tu luz cuando dejas que salga tu sombra.

Aunque sea inmensa, rotunda, aunque parezca espantosa… Aunque hace un tiempo fuera una pulga y ahora sea un elefante.

Si dejas de esconderte, vas a reconocerte… Y a saltar de alegría, porque te has encontrado contigo y te sientes bien, te gustas, te encuentras las esquinas y ya no te mides ni pesas ni tasas ni reprochas… Quitarte la capa que pensabas que te hacía invisible y abraza lo que realmente eres, porque te gusta, te encanta, te fascina haberle encontrado hurgando en ti y dándote cuenta que sin él no habría función, no habría aprendizaje, no habría magia… Y dejar de ver en los demás lo que te falta… Y dejar de envidiar lo que no te sobra… Y dejar de pensar que la vida te pone la zancadilla y creerte de una vez por todas que esta vez sí. Que puede pasar aunque si no pasa, da igual, te tienes, te notas, te respetas y sabes ya que el elefante está de tu parte.

Hay un elefante en tu salón rompiéndolo todo y llevas un siglo fingiendo no verlo porque te asusta tomar decisiones, porque te da miedo asumir la responsabilidad de amarle, aceptarle y luego hacerle marchar si es necesario… Hay un elefante en tu vida y para no verlo cierras los ojos y no vives… 

Todos tenemos elefantes en el salón… Hasta que no ves, aceptas y dejas marchar al primero no te das cuenta de que le siguen otros en fila… Asusta verlos porque eso implica asumir que les has permitido estar ahí durante años pero hacerlo te permite soltar tanto dolor que un minuto después todo fluye, todo cicatriza, todo pasa…


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¿Eres fiel a ti mismo?


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Me equivoco tanto… Con el paso de los años y las decepciones me he dado cuenta de que los errores no sólo son necesarios sino vitales… Si no nos equivocáramos tendríamos que forzarnos a ello para poder crecer. Sin embargo, hay algunos errores que te duelen más que otros, son aquellos que cometes mientras no eres tú mismo…

Cada día decidimos. Decidimos tomar un camino hasta el trabajo, comer más o menos sano, sonreír o permanecer impasible, derecha o izquierda… Decidimos tomando nuestra brújula y dejándonos guiar por ella, hurgando entre nuestras necesidades y escogiendo un camino… El problema surge cuando nuestra brújula no marca nuestro norte sino el norte de otra persona… O si no sabemos cuál es nuestro norte… O si nuestro norte se ve modificado por nuestro miedo.

Cuando decidimos desde el miedo, cometemos ese tipo de errores que desde el principio ya sabemos que lo son… Huelen mal. Nos metemos en aventuras y situaciones que desde el primer momento sabemos que no funcionarán porque las hemos escogido desde nuestro lado más oscuro, desde nuestro yo asustado, desde nuestro yo cómodo y triste…

Decidimos seguir un camino no porque nos guste sino porque el otro nos da miedo, porque tenemos pavor a quedarnos solos en él y que nadie nos acompañe, que nadie nos siga, que no haya luz… Escogemos ese camino porque sabemos que el otro es más duro, implica tener que confiar tanto en nosotros que no sabemos si seremos capaces de asumir tanta responsabilidad, tanta confianza… Elegimos el camino fácil porque no creemos en nosotros y nos sentimos débiles. Nos vamos por el atajo, que parece más rápido, más cómodo, más llevadero mientras buscamos la forma de encontrar algo a lo que agarrarnos … Nos decantamos por la opción en la que compartiremos nuestra responsabilidad con otros, para no sentirnos culpables de un posible fracaso que seguramente llegará porque nosotros sabemos que nos hemos metido en un traje que nos viene grande o pequeño, corto o largo, que no es el que queremos llevar… Porque elegimos una vida que no queremos.

Salimos de una situación dependiente de algo o alguien y nos metemos en otra hasta que no sabemos darnos cuenta de que hay que notar el frío a veces y que ese frío es el precio que pagas por ser tú… El camino fácil es un placebo que acaba por quedarse a medias, un sucedáneo que te sirve para ponerte la venda en los ojos y taparte la nariz con los dedos para no notar lo mal que huele tu decisión de no confiar en ti, de no arriesgarte a estar donde sabes que es tu lugar, donde sabes que puedes llegar a dónde sueñas… Llegues o no, el camino de la confianza te hace sentir que apuestas por ti y eso te permite brillar con intensidad hagas lo que hagas, porque estás donde quieres estar, porque llevas el traje que te va a la medida.

Necesitamos  a veces tomar muchos caminos cómodos para darnos cuenta de cuál es el camino que deseamos emprender. Necesitamos fiarnos mucho de nuestro olfato para descubrir si nos estamos guiando por nuestro norte o nos estamos dejando llevar por el pánico a quedarnos a solas con nosotros y descubrir que aún no nos conocemos suficiente.

Ningún camino que huya de ti mismo te lleva a nada que sueñes, a nada que sea donde realmente quieres estar… Ningún camino que te aleje de lo que te asusta te lleva a lo que amas.

A menudo, las decisiones difíciles son las que más zarandean tu vida, las que más la cambian y te permiten conocerte… El camino difícil es muy a menudo el que te lleva a donde quieres llegar… Seguramente porque para llegar a donde queremos, tenemos mucho que aprender y esas dificultades nos ayudarán a crecer lo necesario como para llegar al final mucho más sabios… Nuestras debilidades son puntos de apoyo para evolucionar, nos marcan por dónde debemos ir para asumirlas, aceptarlas y saber cómo usarlas y convertirlas en lecciones útiles.

El camino siempre te ayuda a conseguir el tamaño necesario para que tus sueños te vayan a la medida al llegar a la meta…

Cuando escogemos la comodidad en lugar de la pasión por lo que soñamos se nos estropea la brújula y acabamos siendo un sucedáneo de nosotros mismos. Nos metemos en una caja para no sentir frío pero tampoco sentimos el calor de seguir nuestra intuición e ir camino a nuestras metas.

Cuando decidimos con miedo nos tratamos como a seres inmaduros que no pueden escoger por sí mismos… Nos arrebatamos el poder  de ser nosotros mismos…

Necesitamos cometer errores sabiendo que estamos con nosotros, que confiamos, que creemos que podemos… Ir por nuestro camino y seguir nuestro norte y fracasar todo lo fracasable si es necesario… Porque cuando te equivocas siendo tú, poniendo tus ganas y tu pasión, el error es difícil de llevar también pero notas como tu conciencia está serena, te reconcilias contigo, te sientes entero… Porque sabes que no estabas allí sólo por el resultado sino porque sabías que debías estar, para no traicionarte.

Cuando te equivocas negándote, ocultando tu verdad, eligiendo no ser tú porque el miedo te vence el error sabe aún más amargo y esa sensación pegajosa de culpa se te pega en la espalda…

No hay culpas, no hay reproches… Hay responsabilidades que asumir y nuevos mapas por dibujar… Empezar de nuevo y volver a consultar esa brújula, esta vez con tu norte, con tu sueño…

Al final, no importa porque te equivocas. Lo que importa es darse cuenta y saber cambiar de rumbo. Siempre se aprende, siempre se crece… No hay fracaso, es un ensayo…  Es un aprendizaje valioso, la forma en que teníamos en aquel momento de descubrir quienes somos…Lo único a decidir es si llegado el momento tomas la decisión que te lleva a crecer o te arrugas ante la adversidad. Si descubres que, en el fondo, a pesar del vértigo, sólo puedes agarrarte a ti mismo… Y no te dejas tentar por algunos salvavidas que te alejan del destino que has dibujado para ti.

A veces, para llegar a donde quieres llegar, hay que dar un rodeo y perderse un poco.

A veces, para saber quién eres necesitas descubrir primero el camino que no quieres transitar. Y notar esa sensación de paz  que te invade cuando te equivocas siendo fiel a ti mismo…

 


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Déjate llevar


Pensamos que la felicidad es control y que si lo controlamos todo en nuestra vida evitaremos que pase lo que no nos gusta. Pensamos que controlaremos el mundo y nuestras circunstancias. No es cierto, el control no existe, es falso. Hay que dejarse llevar por la vida y dejar margen a la sorpresa, porque a veces, en esa sorpresa está lo que esperamos. Debemos abrir la mente para que las oportunidades pasen aunque no las tengamos planificadas. No se puede planificar todo. Aunque seamos disciplinados y nos esforcemos, que es muy necesario, hay que soltarse y dejar margen al error, dejar margen a la vida..

 

 


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Algunos errores son necesarios


Nos asusta equivocarnos y, sin embargo, es casi tan necesario respirar. Sin error no hay evolución, no hay madurez ni crecimiento. Sin fracaso, no hay victoria. Cada vez que nos equivocamos, abrimos un nuevo camino hacia otro lugar donde nos espera algo bueno, un aprendizaje que necesitábamos. Si sabemos sacar lo mágico, lo maravilloso, lo bueno de cada error, nos daremos cuenta de que salimos ganando y nos acercamos a nuestros retos, a nuestros sueños. Lo que cuenta es actuar. Decidir. Renunciar. Arriesgar. Equivocarse es maravilloso…

 


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Disfruta de tus errores


Nos comunicamos mejor a medida que evolucionamos como personas. Cuando soltamos lastre y dejamos de avergonzarnos de forma absurda de nosotros mismos. Cada vez que superamos uno de nuestros tabús o saltamos uno de nuestros muros mentales, nuestra capacidad para llegar a los demás aumenta. Madurar nos hace más transparentes, más sencillos, menos retorcidos . La sencillez comunica, conecta, seduce. Y no tiene nada que ver con la simpleza. La sencillez afecta a la forma, la simpleza al contenido. Crecer implica enriquecer nuestros pensamientos pero aprender a ordenarlos de forma sencilla, fácil. Hay mucha belleza en lo sencillo. Las formas hermosas no son retorcidas ni complicadas.

Al fin y al cabo, comunicar es transmitir a los demás lo que llevamos dentro. Conectarnos a ellos y dejarles mirar un poco en nuestras entrañas. Todo lo que no implique ofrecer a los demás una parte de nosotros mismos, no es comunicar. Sólo se conecta a través de la empatía, de encontrar con los demás ese punto de unión, ese nexo que nos lleva a compartir un espacio, un momento… Aunque sea pequeño, aunque sea corto. Si nos escondemos en el fondo de la sala, tras una columna, da igual que dentro llevemos un gran tesoro por compartir, nadie lo verá. Y ser grande por dentro debe forzosamente en algún momento llevarnos a mostrar esa grandeza. Las buenas personas supuran bondad, generosidad, madurez, ternura, energía, ganas de compartir… Lo que llevamos dentro tiene que acabar saliendo por algún lado, en algún momento… Si no tienes ganas de compartir lo que tienes ¿qué tienes?  Si te avergüenzas de lo que puedes ofrecerle al mundo es que no te quieres a ti mismo, no te valoras. Si te privas de ese amor, el más necesario de todos, no comunicas. Te limitas a ponerte ante los demás y repetir palabras. Puede incluso que gusten, puede que te aclamen,  las personas a veces tendemos a valorar los envoltorios brillantes y discriminamos todo aquello que nos cuesta conocer. Si no crees en tu discurso, no emocionas y no llegas. No traspasas esa barrera que todos colocamos cada día y que nos protege y a la vez nos aleja.

Al primero al que le deben gustar la historias que cuentas es a ti. Nadie recomienda un libro que no pudo acabar de leer y si no te soportas a ti mismo, serás como un libro que aspira a ser leído a medias. Lo digo porque cuando comunicamos no nos limitamos a ofrecer un contenido, vamos siempre más allá, explicamos cómo nos afecta ese contenido a nosotros y los que nos escuchan. Si no conseguimos encontrar ese vínculo, nuestro mensaje se pierde.

Plantarse ante los demás y contar historias nos asusta. Tenemos tanto miedo a que se rían de nosotros que preferimos cerrarnos, ocultarnos y dejar que nuestro valor y nuestro mundo interior se pudran. Y en realidad ¿de qué tenemos miedo? ¿de que se rían? Y si se ríen, ¿qué pasa? ¿qué quedará de esa risa en unas horas o en unos días?

Vamos a ponernos en el peor de los escenarios. ¿Cuál es? ¿hacer un supuesto ridículo ante unas personas que tal vez no nos conocen? Y si eso ocurre, ¿importa?

Nos han educado para no exponernos. Para pasar desapercibidos, para no brillar. Durante siglos nos han dejado claro que destacar era negativo, peligroso… Nos han dicho que es mejor callar y asentir y hemos bajado la cabeza y hemos hecho caso. Ahora, sin embargo, estamos en un momento en el que si no destacas, no llegas. No hay nada garantizado y se busca la originalidad, la autenticidad. Justo en este momento, es más necesario que nunca saber comunicar lo que llevamos dentro, cuál es nuestro talento y por qué merecemos la pena.

El caso es que al final, para aprender a hablar en público de forma efectiva hay que equivocarse y mucho. Hay que asumir que haremos el ridículo y que tendremos que superarlo y seguir. Una, dos, tres veces… Hasta que un día, dejas de temerlo y empiezas a sobrevolar la habitación en la que hablas y fluir. Cada una de las veces que te has equivocado te dan un poso especial de superación que hace que se note que “estás de vuelta” y que estás “por encima” de esos pequeños errores y que ya sólo te importa contar una historia y mostrar cómo te emociona. En ese momento justo en el que te importa más llegar a los demás que hacer el ridículo, comunicas. Y esa fuerza interior hace que incluso cuando te equivocas no sea percibido por los demás como error porque lo superas de tal forma que incluso se pone de tu parte porque demuestras tu humanidad. Los grandes sacan ventaja de sus errores. Los demás se aferran a ellos y no avanzan.

Nuestros errores son nuestro patrimonio, nuestro punto de apoyo para llegar a la meta que deseamos… Conviene afrontarlos como algo maravilloso, algo que mostrar al mundo y de lo que sentirse orgulloso y satisfecho.

Preocuparse malgasta tiempo y neuronas que podrían invertirse en prepararse mejor y disfrutar del momento.

¿Os habéis fijado en la cara que hace alguien que no tiene miedo a equivocarse? Alguien que sabe que puede pasar pero no le preocupa porque tiene claro que él es más fuerte que sus errores y que sabrá sacarles partido… Mirad sus ojos, son los de una persona que sabe, que pase lo que pase, sólo aspira a ganar, a crecer, a superarse… Porque incluso si acaba haciendo el ridículo, tomará esa experiencia y la guardará como un tesoro para aprender de ella. Siempre he pensado que los únicos que hacen el ridículo son los que nunca lo hacen. Aquellos que no se atreven a nada y dejan pasar la vida desde un anonimato triste, desde una mediocridad calculada.

¿Sabéis cuál es la diferencia entre el que comunica y el que no?  El error.

Los errores son nuestra arma más poderosa. Nos hacen grandes, enormes, elásticos. Nos ayudan a conseguir imposibles y nos convierten en expertos. El error hace del alumno un maestro y del que se esconde al final de la sala el héroe de la pista. El error nos modela y nos ayuda a volar. Lo único que necesitamos es decir sí y arriesgarnos a cometerlo.

Lo único que hay entre un gran comunicador y tú es su capacidad para superar el ridículo, la dosis de autoestima necesaria para asumir que va a equivocarse y , a pesar de todo, seguir.

Hay que ser valiente para mostrar una parte de ti cuando hablas, cuando comunicas. Dar a conocer tus emociones y decir en voz alta “soy vulnerable” y que no pase nada, que al contrario de lo que pueda parecer, los que te escuchan no se rían sino que te den la mano y te agradezcan la sinceridad. Para conseguir ser honesto cuando comunicas, hay que ser honesto contigo mismo y tener tu interior a punto de revista.

Si no nos atrevemos a mostrar lo que llevamos dentro es que pensamos que no somos lo suficientemente buenos . Cuanto más crezcamos como seres humanos, mejor nos expresaremos y más conexión conseguiremos con los demás.

Si no nos atrevemos a compartir con los demás nuestros conocimientos, si nos cuesta expresar lo que sentimos, es que tenemos una asignatura pendiente :  nosotros mismos.

Y  se trata de una asignatura básica, la más importante, la que no podemos dejar pasar nunca.

La gran noticia es que cuanto mejores personas somos, mejor comunicadores llegamos ser. Y cada vez que subimos a la tarima y nos esforzamos somos mejores…

Por eso, no cabe duda. Si vemos a alguien que convence, seduce y triunfa comunicando, podemos estar seguros de que lo único que dista entre él y nosotros es que hace tiempo asumió el reto de equivocarse, se lanzó y disfruta con ello.

Eso implica saltar obstáculos, vencer miedos y  renunciar a llevar escudos. Eso nos reclama un ejercicio de desnudez virtual, una ceremonia de reconciliación con uno mismo…

La gran ventaja de aprender a comunicar y hablar en público es que también se aprende a vivir. Comunicar mejor, nos hace mejores personas.

Dedico estas líneas a los alumnos del IES Cartuja de Granada con los que estos días he tenido el placer de interactuar y charlar sobre comunicación esta semana.  No tengáis miedo, tenéis demasiado que ofrecer como para no atreveros… Vuestros errores son un material precioso para aprender ¡Disfrutad ellos, os conducirán al éxito!


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Volver a empezar


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Todos necesitamos una vez en la vida encontrar un amor loco. Una pasión ciega y desbordada. Un deseo bárbaro que nos arrastre a un cruce caminos, en una esquina oscura a la que nunca debimos llegar. Todos soñamos con abrir una puerta prohibida, beber una pócima desconocida que nos transforme y nos haga sentir…Todos buscamos una mirada cálida que nos arranque la monotonía de las pupilas y la pereza de las alas…Y dejarnos llevar por ella hasta un precipicio del que no vemos el final.

Todos buscamos alguna vez caer en la trampa, dejar a un lado la cordura, montar al caballo salvaje, bailar bajo la lluvia más intensa… Morder cuando esperan una caricia, besar cuando esperan un saludo, reír cuando las lágrimas tendrían que cubrirnos el rostro…

Todos deseamos llorar cuando otros ríen, alguna vez, y escondernos cuando otros nos obligan a dar la cara.

Todos queremos un minuto de gloria y una noche mágica que recordar. Queremos perdernos en un camino sin destino, que acaba en una charca de barro llena de ranas que nos miran con los ojos fijos y nos recuerdan que no debimos ceder. Y saber que nos equivocamos buscando el mar, pero teniendo claro que de poder volver atrás no cambiaríamos nada.

Todos tenemos derecho a recibir un consejo sabio de un amigo bueno al que decidamos no escuchar, seducidos por otras voces menos honestas. Todos soñamos un abrazo largo, una caricia lenta y una palabra dulce para poder seguir.

Alguna vez en la vida todos necesitamos mentirnos y pensar que nos quieren cuando sabemos que no es verdad. Lo hacemos porque recibimos tanta indiferencia que deseamos cerrar los ojos y y construir una realidad paralela para poderlo soportar. Todos suplicamos cariño y bajamos el listón de nuestra tolerancia alguna vez. Todos, de vez en cuando, nos hacemos los tontos y aceptamos menos de lo que merecemos para no perder algo que, en el fondo, no nos hace felices.

A todos, en ocasiones, nos gusta pensar que no vemos lo que vemos. Necesitamos, a veces, ver lo que no está.

Todos, alguna vez en la vida, callamos cuando deberíamos hablar y usamos palabras duras cuando tendríamos que optar por el silencio.

¿Quién no sueña con ser libre para gritar aquellos pensamientos que oprimen su garganta? ¿quién no fantasea como pisar tierra prohibida?

Todos perdemos la paciencia, construimos el muro, cerramos nuestras puertas y nuestras mentes y, un día, decidimos aislarnos y dejar de pensar.

Todos somos injustos un día y tragamos injusticia cien días más.

Aunque nosotros no somos esos días, ni nuestras dudas. No somos nuestros momentos de ridículo, ni los de gloria. No somos esas personas que tienen miedo, que están cansadas de esperar, que suplican amor y reciben un sucedáneo, que se conforman con disimular porque no se atreven a pedir… Esas que alguna vez son injustas, que son infieles, que no saben a dónde van, que se esconden, que sueñan con otras vidas mientras la rutina se les come la conciencia. No somos nuestro pasado, somos nuestro presente.

Somos el resultado de cada una de nuestras torpezas y moralejas. Lo que somos capaces de sentir después de cada paso en falso y de cada camino que no lleva a ninguna parte, pero no hay nada que nos ate a esas personas que fuimos y que deseamos dejar atrás.

Somos lo que decidimos que queremos ser. Empezamos cada día un camino nuevo, no importa lo que hemos dejado atrás. No estamos obligados a arrastrarlo. Nada nos condena a repetir nuestras acciones ni a culparnos por ellas. Podemos quedarnos con lo que aprendimos y lo que nos hizo reír y soltar todo lo demás. Pensemos en nuestras equivocaciones como pequeños tesoros, porque son los cimientos de quiénes somos ahora y deseamos llegar a ser. Nuestros errores necesarios para aprender a vivir. Hay un día en que todos necesitamos despertar y no reconocernos a nosotros mismos para poder volver a empezar…