merceroura

la rebelión de las palabras


15 comentarios

Eufórica


Su mente siempre va por delante. Da mil vueltas. Imagina formas e historias, recuerda palabras, repite diálogos intentando encontrar respuestas. Se detiene en cada detalle hasta que lo disuelve y convierte en algo gigante y pierde un poco el sentido original. Gira tanto por dentro, que toma inercia y se consume en una espiral de calor. Es una llama humana. Energía pura en estado sólido. Intensidad máxima. Pasión desbordada.

Sus ojos incansables lo escrutan todo y deambulan por los rincones buscando pistas, ensayando soluciones a sus enigmas.

Nunca calla. No da tregua al desaliento. No se detiene jamás. No deja de pensar. Su cabeza centrifuga sueños y los repite en voz baja. Los susurra sin cesar hasta crear ilusiones que fabrican pequeñas realidades… toca lo que sueña, ebria de alegría por ser tan afortunada de vivir con un pie aquí y otro allá. En dos mundos que se atraen, se sujetan uno al otro… Dos mundos unidos por su cabeza en incesante ebullición. Está satisfecha a pesar del cansancio. Imaginar le supone instantes de felicidad suprema, de un éxtasis incapaz de describir. Se siente tan viva por ser capaz de fabricar momentos que jamás existirían si no los imaginara…

Fabrica vida. Crea esperanza. Tiene el poder de recoger sus ganas enormes de todo y engendrar ideas que engendran palabras, palabras que engendran emociones, emociones tan intensas que acaban por tomar forma y descomprimirse hasta ser sólidas y ocupar un espacio. Hasta rebotar en las paredes y darle un golpe en la cara para que sepa que lo ha conseguido.

Nunca desiste. Es una máquina de fabricar posibilidades. Siempre encuentra salidas. Encuentra senderos ocultos por donde colarse y arañar migajas de aquello que anhela. Se aferra a los peros y los porqués sin saber los cómos… No le importan, porque sabe que su cabeza se pondrá en marcha y encontrará la forma de dibujar en ese lienzo blanco un nuevo delirio, una nueva ansia… y un nuevo sentimiento. Se agarra a la vida con toda la fuerza que le da el deseo y se suelta sin red. Tiene miedo, sí, mucho a veces, pero le pueden las ansias y los desvelos. Vive de ellos, se alimenta de sentir, de buscar, de necesitar. Consume más oxígeno que el resto de seres mortales porque lo transforma en euforia, en estallido constante.

Su mente va por delante. Siempre genera. Siempre desordena su entorno. Siempre alborota su mundo. Lo muta, lo cambia de forma. Siempre arrastra su cuerpo al son de su pecho agitado y libre. Su cabeza vuela mientras ella imagina. Acaba cansada y exhausta pero apenas se detiene un instante para volver a reiniciar la búsqueda, el sueño… Hasta encontrar nueva ruta. Hasta que el sueño le moja las manos o le golpea las sienes o nota su sabor en los labios. Y si lo nota, ya existe. Y sabe que lo ha creado ella, a base de poner en marcha esa máquina de generar emociones, de fabricar mundos paralelos. Esa máquina que toma las palabras y las convierte en material maleable que se puede tocar. Y cuando tocas un sueño… cuando lo notas pegado a las puntas de los dedos y ves que te quema… sabes que has tocado cielo. Has iniciado una nueva realidad. Has llegado al final de este trayecto y estás lista para comenzar otro aún más ambicioso y enorme. Todo empieza otra vez con una sonrisa en la cara.

Su mente no cesa. No puede. No debe. No desea detenerse nunca. Traga bocanadas de aire para respirar sin parar. No puede quedarse quieta. Sabe que si lo hace, en algún lugar, un mundo dejaría también de girar. Sabe que es una locura, pero cierra los ojos y sigue porque confía demasiado en el poder de sus ganas y no puede fallar.

Es ilusiópata.

Anuncios


9 comentarios

Dos palabras


Justo cuando iba a desmontarse y caer y ya notaba como se le evaporaba la piel… le llegó una palabra. Más tarde, otra. Las había escrito y notaba que ya no eran suyas, que habían quedado expuestas al mundo, separadas de ella abruptamente para el resto de sus días. Había engendrado dos palabras, una tras otra, y las había cedido para siempre. No le pertenecían pero eran su esencia, eran más ella que ella misma. Le volvió la sonrisa, en forma de araña, de mueca inexperta y neonata.

Dos palabras sólo…. pero lo eran todo. Las releía, las miraba con recelo. Le parecían cortas, arítmicas, vulgares… comunes… y maravillosas. No eran más que dos palabras que formaban un mensaje corto, etéreo, escrito sin mucho atino pero con ganas. Un rezo, una súplica. Eran, sin embargo, un mensaje que se convertía en brújula, en recuerdo, en el vapor que desprende un susurro… algo a lo que sujetarse y levantar el ánimo, algo para reconstruir de nuevo su rostro desgajado por las lágrimas. Ahora podía recolocarse las entrañas y levantarse poco a poco y seguir. Le devolvían el latido a las manos y se notaba los dedos, se acariciaba los brazos mientras se miraba con las esquinas de unos ojos que cobraban vida. Había escrito sus primeras dos palabras en siglos. Y sabía que iban a reproducirse y llamar a otras y convertirse en historia. Sabía que las palabras son imparables, que se juntan con otras palabras y crean pensamientos, que los pensamientos son obras, son vida. Que los pensamientos generan realidades y se convierten en materia.

Dos palabras y ya notaba como el suelo era de fuego y el aire le quemaba la cara. Ahora ya no era espuma, era agua. No era arena, era roca. Se sentía sólida y liberada. Ya esbozaba en su mente otras palabras, le salían a borbotones por los poros de la piel, se le escapaban de entre los labios, salpicaban las teclas con sus dedos ávidos de historias… escribía y devoraba formas, vidas, rostros que habían permanecido dormidos en sus neuronas esperando ser descritos, salir al mundo, estar vivos. Tenía cientos, miles, millones de palabras metidas en los pliegues de su cabeza alborotada. Deliraba. Notaba como el aire le ardía en la garganta, encerrada en una atmósfera ultraoxigenada… eufórica, jadeante, esclava… de su necesidad de palabras.

Dos palabras y notaba como su dolor se apaciguaba, las voces callaban, se cerraba la herida… una justicia infinita dejaba en silencio su pecho revuelto y ahora rotundo. Un círculo se cerraba. Un grito ahogado por fin se escuchaba.

Dos palabras, eran el principio. El todo. Sabía que había encontrado el pegamento que iba a sujetar todo su mundo.

“Sin miedo…”