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la rebelión de las palabras


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Ahora


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No somos conscientes de hasta qué punto nuestras palabras y nuestros actos pueden ayudar a cambiar otras vidas… Aquello que para ti en este momento no es importante, un pequeño gesto, una palabra, puede suponer para otra persona un empujón necesario para tomar esa decisión pendiente.

La vida se expresa a través de nosotros mientras vamos por la calle pensando que este día tan gris nos molesta o nos estorba, nos cubrimos con nuestro paraguas y maldecimos la lluvia… Y no sabemos que hace un rato, al salir a la calle le hemos sonreído a alguien o hemos dicho algo que ha puesto en marcha un engranaje de piezas diminutas que algún día tendrá sentido pleno. Hay quién llama casualidad al hecho de encontrar una señal o de repente sentir algo que te ayuda a comprender que opción tomar o que te permite reafirmarte en una decisión. Tal vez sea nuestra forma de refutar nuestras propias creencias pero, a menudo, las señales nos llegan y nos invitan a cometer pequeñas locuras, a salir del camino trazado y hacer esas cosas que no hacemos nunca…

He intentado recordar de dónde vienen los grandes cambios en mi vida… Y me doy cuenta de que a pesar de haber dado mil vueltas y llevar tiempo trabajando en mí, el detonante siempre es algo imprevisto, algo inesperado, algo que aparece de repente y cambia el curso de la historia… Algo sobre lo que yo no he tenido nunca el control ni he podido planear. Eso no significa que nada de lo que hagamos sea necesario, al contrario, pero nos recuerda que la vida cambia en un momento y que ahora puede que se esté amasando un gran cambio del que no sabemos nada…

Somos puertas, somos caminos, somos piedras con qué construir fortalezas, somos rayos de luz en una noche oscura, somos palabras escritas en los libros que cuentan historias extrañas que explican que todo es posible, somos cartas que llegan, cartas que se envían… Somos a veces decepciones que invitan a cambiar de rumbo… Nos hacen y hacemos daño, tal vez como parte necesaria de una cadena de sucesos que nos lleva a lugares nuevos e insólitos a los que nunca llegaríamos sin ese dolor y, sobre todo, sin saberlo usar para evolucionar.

Somos recuerdos, somos viento que trae respuestas y olas de mar que llegan ala orilla cargadas de preguntas.

Si estoy aquí, escribiendo esto es porque un día alguien me dijo que ya tenía dentro de mí todo lo necesario para cambiar mi vida y sólo tenía que usarlo… Y si lo llevaba dentro es porque unos años antes, una mañana de domingo en la que estaba rota y agotada de pensar y sentirme culpable me decidí a ir a un lugar donde nunca hubiera ido… Y allí encontré a una persona a la que le conté cómo me sentía y me recomendó un libro. Cuando empecé a leerlo supe que aquello era el principio de mi nueva vida. Escribo porque una tarde cuando tenía apenas cinco años, regresé a casa y me sentí destrozada, sola, perdida, y empecé a juntar palabras una tras otra. Buscaba respuestas pero sólo tenía preguntas… En aquel momento terrible, necesité un salvavidas y me dije a mí misma que algún día escribiría libros para que mi soledad fuera compartida. Siempre hay un día en tu vida al que llegas dando mil vueltas y encuentras algo que te indica el camino… Al mirar atrás te das cuenta de que no era la primera vez que te llegaba ese mensaje, pero sí la primera vez que tu ánimo te hacía capaz de afrontarlo… Las respuestas en el fondo no llegan, están. Vienen y aparecen, pero ya existían… Para verlas hay que estar en ti y sentirte entero… Las llevamos dentro y a veces, una chispa ahí afuera hace que nos pongamos a hurgar en la dirección correcta, a ser capaces de ver dónde creíamos que no había y nos hagamos las preguntas que son realmente necesarias.

A veces, no encontramos las respuestas porque no hacemos las preguntas adecuadas. Porque tenemos miedo de darnos cuenta de que lo que buscamos ya está ahí y no nos decidimos a cogerlo porque en realidad no queremos solucionar nuestros problemas… Nos aferramos al conflicto porque aprendimos a vivir en él y nos asusta ser libres, como si viviéramos en un acuario y siempre soñáramos con regresar al mar, pero llegado el momento nos asustara su inmensidad.

Nos pasamos los días recibiendo mensajes que ignoramos porque nos parecen locuras o barbaridades. Nosotros mismos enviamos mensajes y soluciones a otros sin apenas saberlo como un legado que vamos compartiendo que no para jamás y que no sabemos ver. Imaginamos finales felices que luego en realidad no queremos asumir, porque nos da miedo que todo salga bien, por si eso supone una responsabilidad extra o nos encontramos viviendo una vida tan plena de la que no sería comprensible escapar. A veces, ser felices nos asusta porque estropea nuestros maravillosos planes para seguir sufriendo, porque nos parece que somos tan indignos de ello que si rozamos la felicidad, tendremos a cambio un grave castigo por tanta osadía…

No somos conscientes del poder que tenemos porque nos asusta ese poder. Porque ejercerlo supone saber que nuestro destino se compone a cada instante de nuestros pensamientos y no creemos que vayamos a estar a la altura de ello con nuestra actitud. Porque dejar de preocuparse es como soltar la carga pesada y descubrir que a partir de ahora ya no tendrás excusa para no caminar ligero… Y que serás responsable de tu camino… Y que decidirás tu futuro a cada paso… Y eso para el pez acostumbrado a la pecera diminuta es demasiado grande como para poder abarcarlo con la imaginación… La libertad es un lastre enorme para quién tiene miedo a soltar el verdadero lastre de su dependencia. La felicidad es a veces una mala pasada para el que ya se acostumbró a ser infeliz y se había buscado todas las coartadas para no temer que intentar conseguirla…

No somos conscientes de nuestra innata capacidad para volar… De nuestra inmensa suerte de estar aquí y ahora pensando qué soñar y a dónde dirigirnos… De nuestra fortuna para encontrar el hilo de la cometa que nos marca el camino a lo que buscamos. De todas la veces que hemos vuelto a despertar… De ver en unos ojos una mirada que nos dé el aliento que necesitamos para seguir en este día gris cubierto de paraguas. No sabemos cuántas vidas cambiamos con un gracias, un lo siento, un risa o un rato de escucha ante un café. Nunca llegaremos a saber cuántas veces sin querer hemos roto esperanzas o abierto caminos con alguno de nuestros gestos… Y siempre es para bien, porque  a menudo cuando hemos dicho no, hemos obligado a llamar a otras puertas y explorar otras realidades y cuando hemos dicho sí, hemos dibujado un nuevo camino donde antes sólo había una hoja en blanco. A veces, el que rompe el corazón te  despierta del sueño en el que creías que necesitabas un amor a medias para que sepas que mereces uno entero… 

No lo sabemos, pero nos pasamos la vida haciendo magia y creando nuevas realidades. Por eso, cada pequeño detalle cuenta. Cada momento cuenta. Cada persona cuenta… Todo está en constante transformación. Todo está pendiente de un pensamiento, de una emoción, de una decisión…  La revolución que tienes pendiente en tu vida se está gestando ahora. El milagro que esperas está en la incubadora esperando a que lo elijas. Todo cambia en un instante. Todo es presente. Todo es ahora…

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Comunica con tus ojos


Dicen que el rostro es el espejo del alma y sobre todo esa afirmación se centra en los ojos. Las personas capaces de mantener la mirada transmiten honestidad y confianza. Es un gesto muy importante para establecer vínculos y dar una buena imagen tanto a nivel personal como profesional. Los ojos comunican en todo momento nuestra forma de ser y nuestra actitud ante la vida, nuestra capacidad de afrontar retos y nos ayudan a conectar con los demás.


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El mundo está en tus manos


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El  mundo es sobre todo de los que andan por ahí desnudos… Aunque también es de los que no se atreven a desnudarse porque aún no se conocen lo suficiente.

De esas personas que ya no se asustan por darse a conocer y admitir que la vida les duele, que se sienten decepcionados y que esperaban más… Que deciden descubrir por qué se sienten así y se responsabilizan de sus fantasmas y sus dolores…

Y también de esas que culpan a los demás de sus desgracias inventadas y construyen muros para que la vida no les afecte, no les golpee, no les contagie.

Es de todos… De los que lo recorren y de los que usan sólo un rincón porque no creen que merezcan más.

El mundo es los que admiten sus errores y se sienten vulnerables sin dejarse ahogar por la culpa… De los que aceptan que la verdadera perfección es imperfecta y asumen que los demás no están aquí para satisfacer sus necesidades y alimentar sus expectativas…

De los que se vacían las entrañas de mentiras piadosas y tragan verdades crudas y amargas porque saben que nunca podrán vivir de sucedáneos.

Hasta que no miras en el espejo y ves lo que realmente eres, no hay tregua, no hay calma… La lucha más dura siempre es contigo mismo… El enemigo más despiadado siempre eres tú.

El mundo es de los hambrientos y los alegres. De los que están metidos en su vida y se notan los dedos de los pies cuando sueñan. De los que lloran para que no se les enquisten las lágrimas y cuando se pierden se dibujan un atajo sin esperar encontrar la señal. Aunque también es de los tristes y desganados, de los que se inundan de autocompasión pero en algún momento, cuando el asco está a punto de vencerles, deciden levantarse y mirar en su interior…

El mundo es de los que se adentran en la noche porque no pueden esperar a que sea mañana y de los que se comen la impaciencia si hace falta para conseguir oler sus sueños.

Es de los callados también. Y de los que parlotean porque el silencio les duele tanto que no soportan su ruido ensordecedor… De los que cuando se quedan solos se sienten libres… De los que cuando se quedan solos, se sienten solos… El mundo es incluso de los que están solos entre la multitud.

Hasta que no te aceptas y te reconoces, hasta que no abrazas la necesaria soledad para indagar en tu belleza y en tus miserias no consigues el regalo de conocerte, de estar contigo y bucear en tu inmensidad…

El mundo es de los que aman delirando por poder seguir ese amor sin esperar nada pero sin degradarse nunca. De los que sacan ventaja del dolor y saquean su mente buscando pensamientos dulces para los momentos amargos.

Aunque es también de los que se aferraron a un amor y dependen de él para respirar…Porque no saben aún que hasta que no se amen a sí mismos, los todos los amores que encuentren  no serán más que una prueba para que descubran cómo encontrarse, cómo comprenderse, cómo sentirse cómodos en su piel…

El mundo es de los que nunca se resignan y se fabrican placebos para poder seguir andando cuando los pasos se les borran y el cansancio les rompe las ganas.

Y de los que han perdido porque no lo intentan. Porque tal vez les va bien caer para poderse levantar…

Es de los fracasados que no ceden al asco. De los desheredados que no esperan más legado que el de la pasión y la fuerza… De los que cantan sin que nadie les oiga y bailan sin necesitar encontrarse el cuerpo.

El mundo es de los que andan por ahí abiertos y no les importa que los demás conozcan sus miedos y miserias…

De los que no admiten regateos en sus valores y conquistan su paz a base de paciencia. De los impacientes que nunca llegan porque siempre necesitan…

De los que renuncian a tener la razón a cambio de conciencia.

De los que cambian la certeza por la risa y la incertidumbre por confianza…

El mundo es de los que se desesperan sin encontrar salida y se encierran en su ego para decidir que no hay justicia.

El mundo es de los que construyen fortalezas con las piedras que les lanzan y usan su miedo de catapulta para llegar antes al final del camino y volver a empezar.

El mundo es de los que comprenden a los demás y de los que nunca lo hacen. Y de los que jamás se pondrán en piel ajena ni llorarán ese dolor extraño que te une a otros… Es suyo también porque, aunque lo desconocen, ellos son los que más compasión necesitan.

Si no comprendemos a los que no ven la vida como la vemos nosotros, también somos injustos… Si no conocemos su historia ni su dolor ni sabemos qué pensamientos pasan por su cabeza ni cómo se estremece su cuerpo ante algunas situaciones… Si no sentimos ni percibimos cuál es la medida de su alma no podemos entender sus gestos ni sus palabras…

Si les juzgamos sin saber, nos quedamos sin la oportunidad de aprender.

Porque cada persona que se acerca a nosotros viene con una enseñanza bajo el brazo. Con una prueba que tenemos que superar, con un obstáculo por saltar o rodear… Si les rechazamos porque no se parecen a nosotros o no viven la vida según nuestras normas, nos perdemos el regalo que traen para nosotros…

Al fin y al cabo, si tanto nos molestan, es porque nos vemos en ellos. Porque nos traen la respuesta a una pregunta que no nos atrevemos a formularnos, porque nos recuerdan lo que negamos que somos o nos da miedo aceptar que podemos llegar a ser… Porque no nos reafirman sino que nos cuestionan nuestras creencias.. ¿acaso no son cuestionables? ¿no nos merecemos ponerlas a prueba para saber si son firmes? ¿nos da miedo perder nuestra esencia o que en realidad se nos caiga la máscara que nos hemos puesto?

Cada persona que se acerca a nosotros y nos molesta viene a zarandear nuestros valores y poner en evidencia nuestras maravillosas debilidades para que aprendamos de ellas… Viene a remover nuestra conciencia para ampliarla, a demostrarnos que debemos desaprender mil creencias grabadas a fuego que nos limitan, a poner en jaque nuestra vida para que nos conozcamos mejor y tomemos las riendas…

Sólo aceptando a esas personas nos aceptamos a nosotros… Sólo aceptándonos a nosotros somos capaces de aceptarles a ellos. Cuando les juzgamos, nos juzgamos a nosotros mismos… Si les apartamos sin comprender ni descubrir antes por qué nos duele como son, nos apartamos a nosotros y a la posibilidad de encontrar el aprendizaje que traen para nosotros…

Son las personas que necesitamos conocer para crecer… Si decides no verlas, no mirarlas, no entenderlas… Decides no verte a ti mismo…

Y cuando lo aprendemos decidimos si les queremos cerca o no, aunque, entonces, casi ya no importa… Una vez saldas cuentas contigo y te comprendes, ellos ya no te afectan ni te molestan.

La vida, el camino, la posibilidad de ser, la oportunidad de vivir, las ganas de sentir, la ilusión de llegar a dónde sueñas… El mundo es de todos, incluso de los que no lo recorren porque su miedo a ser les aleja de él…  Incluso de los que aún ignoran que lo es…

El mundo está en tus manos siempre, aunque a veces no lo puedas ver…

 


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¿Sabes escuchar?


Si eres de esas personas que cuando alguien te cuenta su historia está pensando qué va a contestar o interrumpe no sabes escuchar. La escucha activa se practica con todo el cuerpo. Con los ojos, los pies, las manos y la actitud con la que te mueves.  Es una forma de mostrarle a los demás que te importan y te interesan. Una manera de fomentar tu empatía  y ponerte en su lugar para conectar con los demás ellos que es muy útil y necesaria en el ámbito laboral y también en el personal.


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El antídoto


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Algún día descubriremos la forma de curarlo todo… Tras mucho investigar y dar vueltas…  Después de soportar grandes conflictos y pelearnos por patentes y fórmulas…Después de perder la mayor parte del tiempo y del camino discutiendo quién se cuelga la medalla… Y ese día nos quedaremos perplejos al darnos cuenta de que el antídoto para nuestros males y dolores ha estado ahí siempre, ante nuestros ojos, y hemos sido incapaces de verlo.

Por nuestra manía de no ver lo obvio y despreciar lo sencillo. Por el hábito de no valorar lo pequeño y dar por hecho que todo es nuestro sin agradecerlo.

Por nuestra insistencia en no comunicarnos y ahorrar palabras y eludir emociones, dejarlas encerradas en la memoria y sacarlas solo para retorcernos de dolor y angustia. En nuestro afán por no demostrar y negar, por prohibir y callar, por reprimir cualquier gesto que parece que nos haga débiles, por el terror inconfesable que tenemos a sentirnos vulnerables… Cuando en realidad nos hace humanos, elásticos, asequibles… Nos convierte en seres amables capaces de sentir y decidir desde el corazón. Porque cada vez que demostramos lo que sentimos, somos más fuertes e inquebrantables.

Cuando nos digan que la vacuna contra nuestras penalidades eran las palabras que no hemos dicho y las lágrimas que no hemos llorado… Cuando nos muestren lo mucho que calma y cura un abrazo y un decir “lo siento” y admitir errores y aprender de ellos. Lo mucho que descarga una charla entre amigos y la placidez que se siente dejando de controlar al mundo para que no te arañe. Cuando nos cuenten que la medicina que necesitábamos era perdonar y perdonarnos…

Cuando nos digan que cada vez que pisoteábamos a otros era como si nos lo hiciéramos a nosotros mismos porque estamos fabricados de la misma substancia y todo lo que afecta a unos afecta a otros…

Cuando nos cuenten que cada injusticia que hemos cometido se nos ha enquistado en una parte del cuerpo y nos quema por dentro como si fuera propia, que algunos la llevan cargada en la espalda y les pesa y otros la acumulan en el pecho y les acelera el corazón… Cuando sepamos que mirar a otro lado no borra lo que pasa, sino que lo hace más terrible…

Cuando admitamos que  sólo nos hacía falta un poco de empatía y compasión para con otros y con nosotros mismos, que sólo necesitábamos escuchar y no pasar de largo ante el dolor ajeno. Cuando seamos capaces de decirnos a nosotros mismos que tenemos tanto miedo que a veces huimos y otras atacamos para poder soportar la angustia que nos supone sentir y no controlar lo que sentimos…

Cuando advirtamos que nos cubrimos de excusas para no hacer y luego nos dedicamos a culparnos y culpar a otros de nuestras “no decisiones” y del dolor que soportamos por ser incapaces de asumir responsabilidades…

Cuando sepamos que lo único que debíamos hacer era respetarnos y amarnos. Aceptarnos  y aceptar a los demás tal y como son.

Ayudarnos a superar las cuestas más duras para ser más grandes…

Hacer el camino acompañados y contemplar cada detalle como si fuera único, como si fuera aún más efímero, como si fuera mágico.

Cuando descubramos que sólo hacía falta dar las gracias por todo lo que tenemos y soñar con cambiar lo que no era justo…

Cuando nos demos cuenta de que el remedio estaba dentro de cada uno de nosotros y sólo necesitábamos creérnoslo y compartirlo… Confiar que sabríamos cómo hacerlo si éramos sinceros y humildes, si lo deseábamos tanto que no nos conformaríamos con menos y obraríamos milagros.

Algún día descubriremos que lo grande subyace en lo pequeño.

Que lo más difícil vive en lo sencillo, en lo básico.

Que la felicidad es salud y la salud es felicidad.

Que la belleza es el amor que damos.

Que, a veces, lo que más importa desaparece cuando dejas de apreciarlo y hay que cazarlo al vuelo.

Que la respuesta está en nosotros. Ha estado siempre esperando a ser rescatada de entre la maraña de egos y miedos absurdos.

Algún día descubriremos que sólo debíamos fluir y hemos pasado siglos contenidos, estancados, asustados, avergonzados de ser nosotros mismos… Que lo sencillo era la respuesta…

Algún día sabremos que el antídoto eran las palabras y que hemos pasado mil años sin aprender a usarlas…

Algún día… Quizás no está lejano.

 


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La felicidad


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Nos van a curar de nuestras penas las risas y las ironías. Las tiras cómicas que nos recuerdan que somos necios y un poco patéticos, a veces. Nos rescatarán las primeras notas de la Flauta Mágica y las verdades que los niños dicen cuando los adultos bajamos la guardia y dejan en evidencia que vivimos en un mundo hipócrita, orquestado para parecer más que para existir y sin ganas de remediarlo.

Nos salvará que aún somos capaces de mirarnos al espejo y reírnos, porque en el fondo sabemos que antes éramos más jóvenes, pero bastante más cortos en todo. Y si no somos capaces de concentrarnos en lo bueno, en lo hermoso, en lo dulce, la vida nos dará un golpe, esperemos que suave y tibio, para recordarnos que la suerte nos ronda por estar aquí y notar, por poder hacer recuento de extremidades y seres queridos y caminar cada día por un camino que hemos escogido, aunque a veces, escojamos mal y tarde. Y si el recuento no sale, porque algo o alguien nos falta… Aún nos daremos más cuenta del valor de este momento, del acierto de haber sido capaces de cerrar los ojos e imaginar que somos lo que deseamos con tanta fuerza que nuestros pensamientos cambian el perfil de nuestro camino y el color de nuestra rutina.

Nos sacará de nuestro letargo asfixiante la punzada de un contratiempo que llega en el momento justo para que no nos durmamos más y despertemos de nuestra modorra gigante… Un problema bendito que nos hará agudizar el ingenio y encontrar dentro de nosotros el entusiasmo que perdimos mirando un programa de televisión donde la dignidad se colgaba tras la puerta… Y sabremos que todo pasa por algo, que todo es causal y la vida se vuela a tramos y se muerde a bocados.

Nos salvarán los payasos que llevamos dentro, cuando paseando les veamos de reojo en los charcos y no podamos reprimir saltar y ensuciarnos el traje de personas serias y reprimidas. Nos ayudará el talento que tengamos para construir emociones y confiar en nuestras posibilidades… La empatía para conectar con otros  y contarles historias y la autoestima para no vendernos a cambio de nada.

Nos redimirá que sabemos admitir errores y, a pesar de encerrarnos en el caparazón para protegernos, salimos de vez en cuando, a por provisiones. Y cuando notamos la brisa y encontramos otras caras, nos damos cuenta de que en realidad estamos hechos para afrontar más que para huir… Que es mejor caer y perder que pasarse la vida encerrado.

Nos curarán nuestros hijos con sus muecas preciosas y sus palabras inoportunas e irreverentes. Nos recordarán que la osadía es necesaria, que el miedo a menudo casi se mastica pero también se escupe y que los villanos no siempre fueron villanos, porque hace tiempo querían ser héroes pero no fueron capaces de esforzarse por cambiar el mundo y meterse en un traje tan ajustado.

Nos apaciguarán la rabia y la ira contenidas aquellos que cuando hablan susurran y nos recuerdan que hubo un día en que fuimos libres y no estábamos sujetos a emociones bárbaras. Los que, a pesar de las prisas, nos dedicarán un tiempo a recordarnos que podemos y nos dirán “te quiero” y además será cierto…

Y cuando nos duela el alma por algún desengaño, que pasará seguro, los que nos amen nos llevarán a ver el mar y nos dirán que es nuestro y que somos absurdos si no nos damos cuenta de que podemos escoger si rabiar o sonreír. Si llorar o bailar, si levantarnos o quedarnos dormidos esperando un despertador que nos recuerde que el mundo gira aunque hayamos decidido apearnos de él porque la pena nos comprime el pecho y nos achica la alegría y nos dirige los pensamientos hasta un vertedero de vanidades maltrechas.

Nos salvará la risa y el esfuerzo que hagamos por mantenerla y hacer que nos recorra el cuerpo y la conciencia. Nos curarán los libros y las palabras que encontremos al azar en las redes, en las esquinas, en las recetas de cocina y escritas en la arena de esa playa que nos pertenece, aunque la tengamos olvidada. Nos curarán los abrazos y los besos. Nos consolarán los rayos de sol y los recuerdos dibujados en la memoria que aún vibran, aunque a veces, aún nos rasguen y zarandeen. Nos curarán los sabios cuando nos den ejemplo y nos muestren sus cicatrices… Nos sanará que sepamos quiénes somos, aunque el mundo nos encierre en una caja y nos chille consignas vacías para vendernos algo que no nos hace falta…

Nos curará el amor, cuando lo sintamos sin atadura y siempre sin descuidar el propio, sin regatear cariño ni buscar migajas… Cuando sepamos que guardamos mucho y merecemos lo máximo.

Nos aliviará la lluvia cuando caiga con fuerza para recordarnos que todo cambia y todo se borra. Nos apaciguará el viento, cuando limpie el aire corrupto de nuestros pensamientos tristes y encriptados que sólo sirven para que creamos que no somos capaces de algo para lo que hemos nacido…

Nos salvarán los sueños que nos sujetan a la vida. Nos salvará la vida que nos aferrará a las nuestras metas más firmes…

La felicidad será notarnos las puntas de los dedos y sentirnos llenos de nosotros mismos y de todos aquellos que nos caben en el pecho y se pasean por nuestra cabeza con permiso. Saber que podremos resistir porque estamos en paz con nosotros mismos y que fabricaremos la manera de seguir adelante incluso cuando el cuerpo no nos acompañe…

Y saber cuándo aceptar lo que viene y sacarle punta y cuándo batallar para darle la vuelta. Cuándo mutar por dentro lo suficiente para cambiar nuestro mundo e impregnar todo lo que nos rodea… Cuándo ponernos las gafas que nos permiten descubrir más posibilidades donde parece que sólo hay un camino o un barranco… Cuándo dibujar oportunidades para vivir otras vidas soñadas y abrir puertas donde otros sólo ven paredes blancas.


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Disfruta de tus errores


Nos comunicamos mejor a medida que evolucionamos como personas. Cuando soltamos lastre y dejamos de avergonzarnos de forma absurda de nosotros mismos. Cada vez que superamos uno de nuestros tabús o saltamos uno de nuestros muros mentales, nuestra capacidad para llegar a los demás aumenta. Madurar nos hace más transparentes, más sencillos, menos retorcidos . La sencillez comunica, conecta, seduce. Y no tiene nada que ver con la simpleza. La sencillez afecta a la forma, la simpleza al contenido. Crecer implica enriquecer nuestros pensamientos pero aprender a ordenarlos de forma sencilla, fácil. Hay mucha belleza en lo sencillo. Las formas hermosas no son retorcidas ni complicadas.

Al fin y al cabo, comunicar es transmitir a los demás lo que llevamos dentro. Conectarnos a ellos y dejarles mirar un poco en nuestras entrañas. Todo lo que no implique ofrecer a los demás una parte de nosotros mismos, no es comunicar. Sólo se conecta a través de la empatía, de encontrar con los demás ese punto de unión, ese nexo que nos lleva a compartir un espacio, un momento… Aunque sea pequeño, aunque sea corto. Si nos escondemos en el fondo de la sala, tras una columna, da igual que dentro llevemos un gran tesoro por compartir, nadie lo verá. Y ser grande por dentro debe forzosamente en algún momento llevarnos a mostrar esa grandeza. Las buenas personas supuran bondad, generosidad, madurez, ternura, energía, ganas de compartir… Lo que llevamos dentro tiene que acabar saliendo por algún lado, en algún momento… Si no tienes ganas de compartir lo que tienes ¿qué tienes?  Si te avergüenzas de lo que puedes ofrecerle al mundo es que no te quieres a ti mismo, no te valoras. Si te privas de ese amor, el más necesario de todos, no comunicas. Te limitas a ponerte ante los demás y repetir palabras. Puede incluso que gusten, puede que te aclamen,  las personas a veces tendemos a valorar los envoltorios brillantes y discriminamos todo aquello que nos cuesta conocer. Si no crees en tu discurso, no emocionas y no llegas. No traspasas esa barrera que todos colocamos cada día y que nos protege y a la vez nos aleja.

Al primero al que le deben gustar la historias que cuentas es a ti. Nadie recomienda un libro que no pudo acabar de leer y si no te soportas a ti mismo, serás como un libro que aspira a ser leído a medias. Lo digo porque cuando comunicamos no nos limitamos a ofrecer un contenido, vamos siempre más allá, explicamos cómo nos afecta ese contenido a nosotros y los que nos escuchan. Si no conseguimos encontrar ese vínculo, nuestro mensaje se pierde.

Plantarse ante los demás y contar historias nos asusta. Tenemos tanto miedo a que se rían de nosotros que preferimos cerrarnos, ocultarnos y dejar que nuestro valor y nuestro mundo interior se pudran. Y en realidad ¿de qué tenemos miedo? ¿de que se rían? Y si se ríen, ¿qué pasa? ¿qué quedará de esa risa en unas horas o en unos días?

Vamos a ponernos en el peor de los escenarios. ¿Cuál es? ¿hacer un supuesto ridículo ante unas personas que tal vez no nos conocen? Y si eso ocurre, ¿importa?

Nos han educado para no exponernos. Para pasar desapercibidos, para no brillar. Durante siglos nos han dejado claro que destacar era negativo, peligroso… Nos han dicho que es mejor callar y asentir y hemos bajado la cabeza y hemos hecho caso. Ahora, sin embargo, estamos en un momento en el que si no destacas, no llegas. No hay nada garantizado y se busca la originalidad, la autenticidad. Justo en este momento, es más necesario que nunca saber comunicar lo que llevamos dentro, cuál es nuestro talento y por qué merecemos la pena.

El caso es que al final, para aprender a hablar en público de forma efectiva hay que equivocarse y mucho. Hay que asumir que haremos el ridículo y que tendremos que superarlo y seguir. Una, dos, tres veces… Hasta que un día, dejas de temerlo y empiezas a sobrevolar la habitación en la que hablas y fluir. Cada una de las veces que te has equivocado te dan un poso especial de superación que hace que se note que “estás de vuelta” y que estás “por encima” de esos pequeños errores y que ya sólo te importa contar una historia y mostrar cómo te emociona. En ese momento justo en el que te importa más llegar a los demás que hacer el ridículo, comunicas. Y esa fuerza interior hace que incluso cuando te equivocas no sea percibido por los demás como error porque lo superas de tal forma que incluso se pone de tu parte porque demuestras tu humanidad. Los grandes sacan ventaja de sus errores. Los demás se aferran a ellos y no avanzan.

Nuestros errores son nuestro patrimonio, nuestro punto de apoyo para llegar a la meta que deseamos… Conviene afrontarlos como algo maravilloso, algo que mostrar al mundo y de lo que sentirse orgulloso y satisfecho.

Preocuparse malgasta tiempo y neuronas que podrían invertirse en prepararse mejor y disfrutar del momento.

¿Os habéis fijado en la cara que hace alguien que no tiene miedo a equivocarse? Alguien que sabe que puede pasar pero no le preocupa porque tiene claro que él es más fuerte que sus errores y que sabrá sacarles partido… Mirad sus ojos, son los de una persona que sabe, que pase lo que pase, sólo aspira a ganar, a crecer, a superarse… Porque incluso si acaba haciendo el ridículo, tomará esa experiencia y la guardará como un tesoro para aprender de ella. Siempre he pensado que los únicos que hacen el ridículo son los que nunca lo hacen. Aquellos que no se atreven a nada y dejan pasar la vida desde un anonimato triste, desde una mediocridad calculada.

¿Sabéis cuál es la diferencia entre el que comunica y el que no?  El error.

Los errores son nuestra arma más poderosa. Nos hacen grandes, enormes, elásticos. Nos ayudan a conseguir imposibles y nos convierten en expertos. El error hace del alumno un maestro y del que se esconde al final de la sala el héroe de la pista. El error nos modela y nos ayuda a volar. Lo único que necesitamos es decir sí y arriesgarnos a cometerlo.

Lo único que hay entre un gran comunicador y tú es su capacidad para superar el ridículo, la dosis de autoestima necesaria para asumir que va a equivocarse y , a pesar de todo, seguir.

Hay que ser valiente para mostrar una parte de ti cuando hablas, cuando comunicas. Dar a conocer tus emociones y decir en voz alta “soy vulnerable” y que no pase nada, que al contrario de lo que pueda parecer, los que te escuchan no se rían sino que te den la mano y te agradezcan la sinceridad. Para conseguir ser honesto cuando comunicas, hay que ser honesto contigo mismo y tener tu interior a punto de revista.

Si no nos atrevemos a mostrar lo que llevamos dentro es que pensamos que no somos lo suficientemente buenos . Cuanto más crezcamos como seres humanos, mejor nos expresaremos y más conexión conseguiremos con los demás.

Si no nos atrevemos a compartir con los demás nuestros conocimientos, si nos cuesta expresar lo que sentimos, es que tenemos una asignatura pendiente :  nosotros mismos.

Y  se trata de una asignatura básica, la más importante, la que no podemos dejar pasar nunca.

La gran noticia es que cuanto mejores personas somos, mejor comunicadores llegamos ser. Y cada vez que subimos a la tarima y nos esforzamos somos mejores…

Por eso, no cabe duda. Si vemos a alguien que convence, seduce y triunfa comunicando, podemos estar seguros de que lo único que dista entre él y nosotros es que hace tiempo asumió el reto de equivocarse, se lanzó y disfruta con ello.

Eso implica saltar obstáculos, vencer miedos y  renunciar a llevar escudos. Eso nos reclama un ejercicio de desnudez virtual, una ceremonia de reconciliación con uno mismo…

La gran ventaja de aprender a comunicar y hablar en público es que también se aprende a vivir. Comunicar mejor, nos hace mejores personas.

Dedico estas líneas a los alumnos del IES Cartuja de Granada con los que estos días he tenido el placer de interactuar y charlar sobre comunicación esta semana.  No tengáis miedo, tenéis demasiado que ofrecer como para no atreveros… Vuestros errores son un material precioso para aprender ¡Disfrutad ellos, os conducirán al éxito!