merceroura

la rebelión de las palabras


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La respuesta eres tú


mujer-raices-pelo

Soltar… ¡Qué difícil!

Es como si hubiéramos nacido para acumular y retener. Y lo hacemos con todo, con lo bueno, hasta que pierde el sentido… Con lo que parece malo, porque nos gusta sentir ese dolor que nos recuerda quiénes somos… Como si la punzada nos hiciera sentir vivos…

Y es que a veces, nos hemos identificado tanto con nuestras penas que somos nuestras penas. Y cuando alguien nos pregunta quiénes somos, nos limitamos a detallar una lista de agravios terribles que hemos tenido que soportar en la vida, como si fuera nuestro currículum, como si aquello fueran nuestras señas de identidad y nuestras credenciales…

No soltamos el dolor porque creemos que somos nuestro dolor. Y sentimos que si dejamos de mirarnos en el fondo de nuestras tragedias, no seremos nada… Nos hemos acostumbrado tanto a nuestra rabia, nuestro resentimiento contenido… Que pensamos que es nuestro carácter, nuestra personalidad. Y si dejamos ir esa actitud, no seremos nadie…

El dolor construido día a día forma a veces parte de nuestra esencia y tememos perdernos si dejamos que marche… Porque mientras te dolía lo que otros decían de ti construiste una coraza que te ha permitido ser quién eres…  Porque al sentirte minúsculo te pusiste a crecer para demostrar que eras grande… Porque la ira sin desatar te permitió construir un futuro mejor a base de superarte…

¿Qué me queda sin la energía que me dio mi dolor?

¿Qué tengo sin la fuerza que desencadenó en mi ese miedo, esa rabia, esa humillación?

La respuesta es fácil… Tú.

No eres tu dolor, eres lo que has construido con él.  Ahora ya no lo necesitas, ya no te sirve para seguir porque ya no eres esa persona triste y necesitada de mostrar al mundo que vale la pena… En realidad, no lo fuiste nunca, nunca, pero no lo podías ver…

Hiciste lo correcto pero con fines equivocados. Usaste la adversidad para crear algo hermoso, algo bueno para ti… Pero el objetivo no debía ser demostrarle nada al mundo sino crecer y confiar en ti. Pensabas que si te querían y aceptaban, te amarías tú y ahora ves que en realidad era al revés…

No importa ahora. Cada uno hace lo que puede con lo que está a su alcance.

Y ahora que sabes que puedes, debes soltar… Deja las muletas y camina solo. No necesitas apoyarte en nada ni nadie porque has descubierto la verdad, el poder es tuyo.

No vuelvas a cederlo ni arrendarlo. A nada, a nadie, ni a una versión de ti cómoda y cobarde…

No necesitas ese dolor porque lo has transformado.

Aspiras al máximo. No tienes límite…

Deja de preocuparte. No importa qué camino tomes porque sabes que llegado el momento, sabrás rectificar o aprovechar lo que encuentres en él.

No importa si te equivocas porque convertirás ese error en palanca.

No importa si tienes miedo, porque sabes que aprenderás de él y lo superarás.

Tal vez aún no te has dado cuenta, pero manejas algo muy valioso entre manos, tú.

Ahora que has despertado y te has quitado la venda de los ojos que sólo te dejaba ver cuando brillaba el sol, ya sabes que lo único que necesitas está dentro de ti.

No esperes nada.

No busques nada.

Arráncate la culpa de las entrañas porque está ocupando el espacio del amor…

Arranca las raíces que te han salido en la conciencia y que te atan a un pasado que no eres tú…

Llevas el equipo de asalto a la vida incorporado.

Lo que necesitas llegará.

Tan sólo suelta lastre y siente.

Deja que pase.

No eres al animal herido, eres la hermosa bestia que sobrevivió…

No eres el niño abandonado , eres el niño que aprendió a quererse.

No eres la que lloró durante mil años, eres la que ahora sonríe.

No habites una persona que ya no eres. Vuelve a ti, a ti de verdad.

Suelta esa parte de ti que a veces tiene ganas de agarrarse al miedo y quedarse quieta.

Suelta todo  lo que te tiente a aferrarte y depender.

No necesitas salvavidas porque vuelas. No necesitas nada más, te tienes a ti.

Corre el riesgo de ser tú y verás que siempre compensa…

Deja de preguntar… La respuesta es siempre la misma… La respuesta eres tú.


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Hoy te toca a ti


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Ya lo sé, estás cansado… Es complicado seguir el ritmo de una vida que a veces parece que se rompe… A veces, incluso parece que sólo se rompe para ti, pero no es cierto. Hay millones de vidas rotas y echas pedazos que se recomponen cada día… Millones de alas rotas que vuelven a volar… Millones de árboles con ramas desnudas que vuelven a brotar…

A veces la vida te deja desnudo y la soledad más rotunda te golpea el estómago. Y no entiendes por qué y no sabes cómo. Intuyes que todo tiene un sentido y una enseñanza, pero te duele demasiado para pensar en ello…

Para los que llevan la noche dentro es más complicado encontrar un atisbo de luz… Aunque al final, creo, esa noche está ahí para que busquemos la luz con más ganas… Como si nos hubieran subido el listón de repente para que no nos durmamos a la hora de saltar…

He pensado mucho y mal, a veces… He dado vueltas en mi conciencia a los obstáculos y a las noches que llevamos metidas dentro que no nos dejan brillar y ver por dónde vamos.  Me he perdido mil veces en esas noches, en mil noches distintas, pero con el mismo perfume y angustia… Las he habitado hasta sentirme tan pequeña que nunca creí tener fuerza para abrir la puerta y salir a encontrar la respuesta. Y al final, considero que la noche se mete en ti porque la necesitas, porque necesitamos oscuridad para ansiar la luz y pisar la cuerda floja para amar la tierra firme… Y al mismo tiempo, acabar amando la noche por lo mucho que nos ha sido útil para encontrar nuestra propia belleza.

Creo que el antídoto es esa belleza. Encontrarla y sentirla, vivirla,  pero no en la luz sino en la noche. En el momento de más angustia, en el instante en que más se nos retuerce el rostro y menos nos reconocemos las facciones…

Vivir es confiar en encontrar la luz en el momento de más oscuridad.

Ver tu belleza cuando más harapos te visten.

Amar cuando menos amor recibes.

Ser justo cuando más injusto es contigo el mundo.

Vivir es creer en nosotros  cuando nadie cree. Cuando más desesperados estamos y menos nos responde el cuerpo y las personas con las que contamos para seguir están más ocupadas mirando a otro lado…

Eso te hace sentir que estás solo, pero no es cierto. Lo que pasa es que hay cosas que sólo puedes hacer tú. La soledad no viene a separarte de los demás, viene a ti para que entiendas que tienes el poder. Para que sepas que debes asumir tu responsabilidad con tu vida… Para que te enteres de una vez que la solución está en tus manos.

Creo que cada uno tiene un aprendizaje distinto, pero todos pasan por amar. Por besar a tus monstruos y entender a los que te han hecho daño… Comprender su dolor, sus miedos, sus rarezas y a veces su incapacidad para hacerlo mejor, como la nuestra…

Tal vez todo esto consiste en perdonar al mundo por no ser como sueñas y entender que así es mejor. Que necesitas este mundo tal como es para llegar a ser tú tal y como eres… Que sus sombras son las que te obligarán a sacar tu luz y brillar intensamente…  Amarlo tal y como es sin esperar que cambie, mirarlo con otros ojos y ser capaz de apreciar sus pequeños avances y sus errores más espantosos… Usar otras palabras para definirlo  y vencer sus reticencias con un abrazo incondicional. Cuando amas a algo o a alguien lo conviertes en algo digno de amor. Todos lo merecemos y quiénes menos saben amar es quiénes más lo necesitan…

A veces, cuando miras al mundo de otra forma, el mundo cambia de golpe.

Y también consiste en perdonarte, comprenderte y asumirte. Bailar con tus momentos más amargos, reírte de tus quejas y tus penas. Verlas como una oportunidad para crecer y saltar… Convertir tus miedos en una palanca… Catapultarte a ti mismo y descubrir que aquello que tal vez te has esforzado en esconder de los ojos ajenos durante años es justo lo que necesitabas mostrar para llegar a tus sueños… Descubrir que lo que no has querido conocer de ti hasta ahora era la clave para llegar al otro lado de tu conciencia, para tener la vida que anhelas.

Y esa vida  no es perfecta tampoco, pero es tuya. Tiene momentos complicados también. Es el resultado de elegir, de decidir sin dejar pasar un solo día más sin rumbo, sin perder más tiempo en ningún plan que no sea el tuyo.

Todos los grandes planes de futuro llevan a ti. A ser más tú y estar mejor contigo.

Cuando consigues eso, miras al mundo y lo ves hermoso. Miras al necio y entiendes su necesaria necedad… Miras al orgulloso y comprendes su orgullo, miras al cruel y sabes que es su forma de suplicar amor porque aún no ha sido capaz de amar sus sombras…Decides al lado de quién quieres caminar y de quién no, pero borras el resentimiento de tus venas… Eso te transforma, te invade, te cambia de forma inmediata.

Y te miras a ti y ves que eres un poco ellos y un poco el mundo. Y te das cuenta de que esto de vivir va en dos sentidos…

Hacia ti.

Hacia ese mundo salvaje y maravilloso…

Hacia los millones de personas que viven en él y están tan perdidos como tú y tienen mucho miedo. Millones de personas que cada día buscan su luz. Algunos ya han descubierto que pueden.  Otros ya la usan con una fuerza que ilumina el mundo… Quién sabe cuántos van a encontrar hoy la suya y vivirán ese momento mágico…

Tal vez hoy te toca a ti.

chico-sol


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Si te escondes…


Si te escondes, te borras del mundo…

Si lo escondes, te estalla en la cara, te deja seco cuando empiezas a andar hacia el que crees que es tu destino.

No hay destino dulce para quién no saca la basura del pasado.

Si te lo callas, se te acumula dentro y se hace una cabaña, una casa, un palacio que crece y lo conquista todo a su alrededor.

Si te quema, siempre queda una brasa, siempre te perfora porque no lo sueltas…

Cuando te aferras a algo, se te pega, se te impregna y ocupa tu lugar. Habla por ti. Sueña por ti. Decide por ti. Todo lo que cargas y arrastras, se pone tus zapatos y ocupa tu vida. Se cuelga tus medallas, bebe tus copas, besa a tus amantes y sale a pasear con los tuyos al lado del mar.

Lo que asfixias y sofocas, encuentra salida. Desborda el cauce, llega al mar, arrastra tu conciencia, tus recuerdos hermosos, tus ilusiones reprimidas… El dolor siempre supura, siempre busca salida, siempre se dibuja en las facciones… Siempre araña tus paredes interiores con sus garras exhaustas de querer liberar…

Lo que no quieres ver siempre brilla más, siempre grita más, siempre huele tanto que aturde tus sentidos… Su aroma intenso se cuela en tus poros, invade tu ser y te obliga a mirar.

Y si no lo miras, te sujeta de la garganta, te comprime el pecho y te invade los ojos hasta que te llega el mensaje “estoy aquí”. Y siempre está, aún cuando lo evitas y buscas caminos donde no encontrarlo…

Cuanto más cierras lo ojos más aparece en tus pensamientos…

Cuanto más lo esquivas, más vuelve a ti.

Cuanto menos pronuncias su nombre, más reverbera en tus oídos.

Si lo niegas, se reafirma.

Si lo pisas, crece.

Si lo escondes, se convierte en gigante.

Devora tus lamentos… Tus quejas lo hacen enorme, rotundo, macizo… Lo engordan hasta estallar. Y cuando estalla, se dispersa y subyace en todo, lo cubre todo de imposibles y te niega, te paraliza, te convierte en invisible.

La única forma de vencerlo es tocarlo. Es acercarse, mirarlo a la cara, encajar lo que dice, escuchar sus palabras, aprender sus lecciones y dejarlo marchar.

Tomar las riendas y domar a la bestia. Montarse en sus penas y susurrarle al oído que es la hora de dejar de llorar. Calmar su sed, abrigar su frío… Cogerla de la mano y compartir sus miedos.

Abrir la cerca e invitarla de salir. Que salga, que corra, que vaya lejos y que vuelva cuando ya no le quede una pizca de dolor…

Huir es siempre postergar el dolor, adormecer al miedo para que no grite… Cerrar la herida en falso sin limpiar, tapiar sin sacar la basura… Reír sin haber sacado las lágrimas acumuladas… Empezar de nuevo sin antes haber podido acabar…

No puedes comprometerte contigo mismo si todavía no te amas.

No puedes amarte sin no conoces, si no te perdonas.

No puedes perdonarte si te escondes.

ESCONDITE

 

 

 


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Vivir entre caracoles


A veces se me olvida que no tengo alas y me parto en pedazos intentando volar.

Se me olvida que además de esencia soy sustancia y me duelen las fibras cuando quiero controlarlo todo en mi vida sin apenas dejar de sonreír.

Imagino que soy bruma y que soy ingrávida. Que salto sin esfuerzo y bailo sin casi tocar el suelo toda una tarde, toda una noche, toda una vida. Siempre quise bailar, pero siempre he estado sujeta a unos hilos invisibles tejidos de recelo y rubor que me ciñen las piernas…

Imagino que  floto y que me quedo prendida en los árboles y sólo me alcanzan las cometas y los globos de helio, mientras miro al mundo hacerse diminuto y llorar. El mundo llora porque no entiende sus heridas, porque ya no sabe cómo curar. Y yo tengo que verlas todas, notarlas todas, empatizar con todas sus lágrimas. Yo siempre noto las lágrimas ajenas como si fueran propias, como si inundaran mis sentidos.

A veces olvido que me han tomado el pelo, que a mi costa se han muerto de risa… Mi memoria selectiva borra de mi cabeza los cuentos chinos, pero sigue queriendo a los cuentistas sin poderlo evitar.

No me sirven los sucedáneos de vida. Ya no me sirven porque no se ajustan al tamaño gigante de mis sueños. Cuando vuelo me expando tanto que no quepo en mi cáscara y debo abandonar mi retiro para asumir mi naturaleza dispersa.

A veces olvido que he vivido algunas historias porque aún me arañan y hacen rabiar.

Ya no me llenan los recuerdos por más preciosos que sean… Quiero vidas, muchas, una tras otra, a poder ser repletas de todo, aunque no todo sea hermoso.

La belleza está a veces en la calle, pegada al asfalto y tiene los ojos de un niño que no arranca a llorar porque espera a su madre para derramar las primeras lágrimas.

Otras es un anciano que canta botella en mano una canción de amor a una esposa que ya no abraza sus madrugadas. O el espectáculo que deja una marea baja cuando cubre la arena de conchas y cañas. La belleza no es simetría es osadía. Es rebeldía y fuerza contenidas y concentradas.

Ya no me llena la ausencia de alguien soñando, ni el abrigo dulce de un abrazo que no llega nunca, pero que se anuncia largo…No me bastan sus palabras lisonjeras ni sus prédicas deliciosas…

No quiero vivir nunca más entre caracoles. No quiero que me miren de reojo porque salto al abismo mientras ellos viven a medias sin atreverse a dejar sus caparazones diminutos. Siempre seguros, siempre preparados para ocultarse y quedarse quietos si todo va mal.

Yo no quiero seguros, quiero vida, quiero arrugar la ropa y soltar la presa. Rodar por el margen y quedar suspendida en una rama, para ver lo que hay más allá de donde acaba el camino que los caracoles nunca van a pisar.

A veces olvido los abrazos, porque al soñarlos su recuerdo desuella mi alma cansada de esperar. He llorado por no tener algo que apenas existía, que no valía la pena, que nunca hubiera llenado mis márgenes gigantes.

Ya no me aguanto las ganas de nada, aunque haya promesas de viento y de lluvia.

Ya no me sirve un hueco, quiero un desierto entero cargado de escorpiones.

No me llena la luna por más que quepa en tu ventana, quiero ser las sábanas y las paredes que velen tu sueño…

A veces, camino tan sola que el eco trepana mis sentidos y horada mis oídos tediosos de aguardar susurros…

A veces, tengo tanto miedo de que el miedo me invada que cierro con candados mis esquinas y busco un lugar donde no me encuentren los cobardes. No quiero que laman mis oídos con sus palabras recelosas ni toquen mis pupilas con sus ojos apagados.

Ya no me calma una tarde quieta, ni una noche cerrada. No me envuelve la manta que susurra cuentos ni los cuentos que me recuerdan que antes todo me calmaba…

Ya nada cierra mis puertas, ni arranca los helechos de las paredes de mi alma… Nada me quita la blusa y camina por mi espalda dolorida y blanca.

Ya nada evoca ese canto triste que me recuerda que un día me importaba lo que otros pensaban y ahora ni siquiera existe.

La pasión mece mis días como las olas liman las rocas más afiladas.

A veces, me desnudo tanto que el frío me abrasa y la noche se precipita. He perdido la vergüenza a mostrar mi alma y airear mis temores…

Ya no me acuerdo de cuando era siempre tarde para todo y nunca pasaba nada.

A veces, pienso que todo lo que duele esconde un secreto que necesito conocer. Aunque deseo conocer mucho sin que duela…

A veces, te busco en las esquinas y entre los árboles del camino, por si estás, por si pasabas por ahí, por si no me acuerdo de que ya no existes y finjo que todavía me importas y me arañas…

No escribo para que me compres, sino para que me leas.

Para que sepas que estoy aquí y tengo tanto miedo como tú, aunque me ponga en primera fila y lleve puesta la cara de guasa y felicidad.

No quiero una manta, quiero un abrazo.

No quiero un recuerdo, quiero un momento… Muchos momentos, sin pausa. Todos los momentos que pueda almacenar en este cuerpo pequeño y repleto de habitaciones vacías.

A veces, las palabras calman mis vísceras rotas de tanto amar sin preguntar ni pedir.

Antes de enfadarte por mis palabras, piensa que la risa lo calma todo y ven a mi fuego a contar historias tristes que nos hagan creer que no estamos tan mal. Y luego desaparece,  que no quede ni tu aroma ni tu esencia, para que yo no me salpique de recuerdos…

A veces, se me olvida que no tengo alas y caigo. Conocer el abismo me ayuda a soñar.

A veces, escribo porque sentir es la única forma de saber que estás realmente vivo… Porque no soy un caracol. Porque ya sólo le tengo miedo al miedo.

 

 


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Permítete olvidar


A veces no paramos de viajar a nuestro pasado para revivir una y otra vez nuestras tragedias. Nos golpeamos con los mismos muros y seguimos sin aprender. Nos aferramos al dolor y somos incapaces de ver el aprendizaje y dejar esa emoción lastimosa que nos provocó en el pasado vivir esa experiencia. No sabemos olvidar. Crecer y madurar como seres humanos es un trabajo duro pero nos debemos sentir orgullosos de quiénes somos y de cómo hemos vencido ese dolor. Y al recordarlo, ver la victoria y mirarnos como somos ahora, no como fuimos ni retozar en el fango de ese dolor del pasado. Una vez me dijo un sabio que para ser feliz hay que tener buena salud y mala memoria, Permítete olvidar lo malo y quedarte con la belleza que has conseguido… Sé que puedes y que sabes…


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El lado asombroso de la vida


tarro-girasol

A menudo, me doy cuenta de que he perdido mucho tiempo pensando en el pasado. Dando vueltas y más vueltas a ideas repetidas y recalentadas. Sin tener el consuelo de buscar en ellas nada nuevo, sin esperar respuesta, sin aspirar a añadir nada que, terminado ese proceso, fuera a ser útil.

Recordamos mal, a veces. Nos abrimos las heridas sin compasión. Rememoramos las palabras más terribles que nos han dicho, las sensaciones más espantosas, las emociones más lacerantes… Y nunca extraemos de ello algo bueno, porque nos quedamos con el dolor sin ir más allá. Nunca revivimos el momento desde la distancia, como narrador y no como protagonista. Nunca pensamos “pasó y fue duro pero estoy aquí y lo he superado”. Nos engancha eso de sufrir, a veces. Suena mal, ya lo sé pero ser víctima de algo o de alguien es una experiencia dura pero cómoda. Y lo siento porque no está bien generalizar. Hay muchas víctimas reales que luchan por no serlo… Sin embargo, en muchas ocasiones, nos gusta saltar al lodo del recuerdo y rememorar ese dolor. Y ensuciar con él todo lo que rodea nuestro presente. Y aunque hayamos superado el tema, al revivir esas emociones terribles y dejar que nos desborden sin ponerles límites ni malearlas, ni gestionarlas, ni reconocerlas, dejamos que vuelvan a herirnos. Es como si cada vez que recordáramos un accidente nos lanzáramos contra el muro para partirnos la ceja o rompernos la cara y conmemorar la ocasión.

Dicho así parece un ejercicio bárbaro. Si lo hiciéramos físicamente, nos asustaríamos a nosotros mismos. Sin embargo, no dudamos en hacerlo emocionalmente. Ponemos en riesgo nuestra salud emocional y, en consecuencia, física, aferrándonos a nuestras tragedias. Y sobre todo haciéndolo como el primer día, con ojos de sorpresa, con dolor, con miedo, sin superarlas, sin ganas de oponer resistencia a esa sensación que nos hace sentir como carne de cañón a merced del destino… Nos impregnamos de pasado y de sus males sin tomar distancia, sin ser capaces de aceptarlo con ojos de persona madura que ha sobrellevado esa experiencia y la ha superado. Viajamos a otro tiempo sin ponernos el chubasquero de la madurez, sin llevar en el equipaje nuestras nuevas herramientas de persona evolucionada, sin saber  por qué ni con intención de cerrar página.

Miramos a nuestros miedos desde abajo. Regresamos al pasado siendo niños y descubrimos el pecho ante los fantasmas, nos empequeñecemos ante lo que pasó…Volvemos a repetir aquel comportamiento que nos llevó al llanto, a quedar paralizados, a salir corriendo sin afrontar.

Perdemos la perspectiva. A veces, porque es difícil dejar de visitar esas lagunas que tenemos en la mente donde parece que no ha pasado el tiempo, esos recuerdos que tenemos guardados en una parte de nuestra cabeza y que nos hacen saltar como tigres cuando algo activa nuestros dolores pasados…

Otras veces porque nos han educado para que sufrir sea una especie de mérito. Como si por el hecho de regodearse en tu miseria fueras a ganar puntos para conseguir una gloria que tendrías vetada si nadie te pisa o hace sentir mal. Por eso, muchas veces, cuando conversamos, acabamos protagonizando con otros competiciones para descubrir quién lo ha pasado peor en su vida o es más desdichado.

Lo que cuenta no es el sufrimiento, es la alegría.

Estoy deseando el día que en una de esas conversaciones alguien diga… No quiero hablar del mi dolor sino de lo que conseguí gracias a superarlo. De mi evolución. De lo feliz que soy porque me convertí en una persona increíble saltando obstáculos… Porque cuando recuerdo lo que pasó, me veo enorme, gigante… Miro al niño que fui y le abrazo y le digo que podrá y que descubrirá cómo salir del laberinto. Porque no viajo mucho al pasado pero cuando lo hago, sonrío. Se me dibuja una sonrisa en los labios porque me veo ahora y me doy cuenta de que he caminado mucho y soy un superviviente. Porque estoy aquí gracias a mi esfuerzo y el de muchas personas que me han ayudado a ser como soy… Algunas queriendo, otras intentando lo contrario, pero no hay rencor. Hay gratitud. Hay ganas de seguir y olvidar. De engancharme al lado bueno, al lado que me hace crecer y sentir bien conmigo mismo… Al lado hermoso de la vida, a es parte preciosa que tiene todo lo que duele una vez lo superas, aunque parezca imposible…

Como si tuviera metidos los recuerdos en tarros y durante mucho tiempo, después de acumular dolor y pensamientos tristes, hubiera conseguido cambiarles las etiquetas. Cambiar las palabras que asocio a mi vida para cambiar la imagen y las emociones que la habitan, para ser capaz de ver su lado mágico, su lado sorprendente, su lado asombroso.

Donde ponía “el día que me humillaron en la escuela” puse “ cuando descubrí mis superpoderes”.

Donde había escrito “mis monstruos” ahora pone “mis motivos”.

Y me acuerdo de que el tarro que lleva escrito “el amor de mi vida” era antes uno donde ponía “esa chica que siempre me lleva la contraria y no sé por qué”.

Encontré un tarro con la etiqueta “aquella vez que estuve en el hospital muy grave” y recordé que “allí conocí a quién sería mi mejor amigo”.

Donde estaba mi sueño perdido de “ser piloto” por problemas de visión, hay una pegatina muy divertida que pone “soy pediatra y adoro lo que hago”.

A algunos, lo reconozco, me costó cambiarles la etiqueta porque habían sido golpes duros de esos de los que no acabas de reponerte nunca y siempre te hacen saltar las lágrimas. Aunque, a pesar de ello, también los reescribí…

Donde había escrito “Carlos se fue” ahora pone “tengo un ángel de la guarda” y una de las etiquetas más complicadas de reescribir… “Quimioterapia” que ahora se llama “batalla ganada”.

Tal vez sea un iluso, un ingenuo, un loco, pero me gusta verlo así. Doy gracias por ser capaz.

 


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Si crees que no lo mereces, al final, será cierto


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Hace un tiempo que le doy vueltas…  Siempre he pensado que todas las personas merecemos lo máximo, que debemos hacer lo imposible para estar bien y que nuestro día a día sea feliz.  Creo firmemente que tenemos que luchar para que nuestros días sean del todo nuestros, propios, maravillosos… Que están llenos de lo que nos hace vibrar y nos llena de vida…

Sin embargo hay situaciones en la vida en las que te pasan cosas que te doblegan y dejan hecho hatillo, algunas de ellas duran sólo un momento, otras se repiten cada día en una especie de rutina dolorosa que nos deja exhaustos y atormentados.

Nuestro cuerpo no está preparado para esta ansiedad continua, ese dolor sin tregua que nos va lacerando por dentro hasta que nos sentimos distintos, pequeños, reducidos…Y puesto que nos sentimos pequeños, acabamos siéndolo.

Tragamos esa amargura día a día, como si fuera una medicina necesaria, como si nos pusiéramos un antifaz para no ver esperando no sentir. Nos abonamos a la tesis de que sufrir es normal, que no importa… Porque nos han educado para sentirnos mal por vivir, por disfrutar, como si cuando nos sentimos bien y soñamos con más, un castigo terrible fuera a enviarnos un rayo que nos parta en dos… Nos han hecho creer que debemos sentirnos culpables por no sentirnos culpables por algo… Y vamos por la vida buscando razones para apenarnos y, como la vida ya nos trae algunas por sí sola, a las que nos vienen dadas se añaden las que hemos atraído mientras nos sentíamos mal por existir, por desear tener una vida plena.

Lo que me lleva a darme cuenta de algo, que es a lo que le doy vueltas.  Al final, si vives una situación muy dolorosa que podrías evitar tomando decisiones y no lo haces… Es duro pero acabas mereciéndotela. Lo digo con cariño y pienso que no es irreversible. Creo que todos merecemos lo mejor, pero también pienso que cuando aceptas cosas que rebajan tu dignidad porque el esfuerzo por cambiarlas te da pereza o miedo o te supone cambiar demasiado, acabas tan reducido, tan vacío, tan agotado, que consigues merecerlas.

Tu cuerpo cambia para merecerlas…

Tu alma cambia para merecerlas…

Tu sustancia cambia para merecerlas…

Se te cambia la cara, el gesto, se te amarga el día a día. Te transformas. Igual que tus sueños más maravillosos te transforman y cambian, igual que tus metas y tu lucha por conseguirlas te hacen grande, inmenso… Tus pesadillas entran en ti y hacen un agujero en tus entrañas, se te instalan en ellas y empiezas a obedecer sus leyes.

Pienso que tus sueños te hacen más capaz de conseguirlos… Y en consecuencia, tu resignación también obra en ti los cambios necesarios para que vivas con ella. Te reduce la capacidad de darte cuenta de lo mucho que vales y a lo que puedes aspirar, para que te adaptes… Y luego te recubre de ignorancia para que puedas soportalo…

Somos también lo que aceptamos. Lo que tragamos. Cuando nos encerramos en un reducto oscuro, nos encogemos. Cuando decidimos que vamos a salir al mundo a mostrarnos, nos expandimos, nos dilatamos, nos convertimos en seres enormes y sin medida.

Cuando aceptamos dolor a cambio de nuestra sonrisa nos convertimos en seres opacos y tristes. Cuando no nos conformamos y luchamos por lo que realmente merecemos, brillamos con fuerza… Cuando agradecemos lo que tenemos y hemos conseguido volamos. Cuando maldecimos lo hermoso que hay en nosotros y no vemos nuestro talento vamos a ras de suelo.

Nos acostumbramos a todo, incluso al dolor. Nos acomodamos a él y nos deformamos física y emocionalmente para soportarlo. A veces, fingimos que no lo sentimos, pero siempre está si no decidimos apartarnos de él cuando podemos.

Un día dije que si soñamos algo es porque lo merecemos. Ahora pienso, es duro la verdad, que cuando dejamos de soñarlo y creemos que no lo merecemos, algo en nosotros capta el mensaje y nos hace diminutos como seres humanos… Algo hace que bajemos escalones en nuestra evolución personal y acabamos creyendo que no merecemos nada… O peor aún, que merecemos sufrir.

Si de pequeños nos hubieran metido en una caja, hubiéramos crecido dentro de ella, nos hubiéramos adaptado a su forma, a sus huecos, nos hubiéramos transformado por dentro para permanecer en ella…  Seríamos dignos de la caja cuando, en realidad, somos enormes, y podríamos crecer hasta superar nuestros límites.

Cada vez que nos resignamos, menguamos. No es que nos convirtamos en seres inferiores, eso nunca, es que perdemos el brillo, perdemos el hilo que nos une a esa parte maravillosa que tenemos y que nos ayudaría a salir de la caja… Nos olvidamos de nosotros mismos y perdemos el mapa para encontrar el camino de vuelta.

Cada vez que decidimos que no merecemos más, nuestro cuerpo se adapta a ello. Nuestra neuronas se adaptan a la nueva situación, nuestras emociones nos punzan el pecho y nos encogemos.

Cada vez que nos decimos que no, que nos vetamos, que nos limitamos, cortamos el camino, levantamos un muro, derribamos un puente, nos aislamos de nosotros mismos…

Cada vez que pensamos que no lo merecemos nos convertimos en una versión básica de nosotros mismos . Un nuevo yo que no lo merece porque no lo entiende, porque no lo sueña, porque no lo busca… Como ser humano sigue siendo maravilloso, pero ya no lo sabe ni se acuerda  porque sus pensamientos han modelado su vida y ya no recuerda quién era ni para qué vivía.

Cada vez que crees que no lo mereces estás más cerca de no merecerlo…

Aunque el remedio es no bajar el listón, recordar quién eres, sentirte entero pase lo que pase, creer que eres digno y decirte cada día a ti mismo que vales mucho y mereces lo mejor… Esas palabras irán abriendo camino de nuevo para que vuelvas a tu estado natural y brilles como realmente mereces.

No le abras la puerta a tus pesadillas, porque siempre deciden entrar y quedarse. Porque anidan en ti y les crecen las alas enseguida antes de que te des cuenta de que están y dominan tus pensamientos.

Y no bajes peldaños en tu escalera personal de ascenso a ti mismo, a ese tú que sabe que no puede escatimar en sueños y alegrías y no está dispuesto a ceder su vida…

Cada pensamiento que creas, genera un nuevo camino y lo condiciona… Si no nos apartamos del dolor, acabamos convirtiéndonos en lo que detestamos.

Al final, somos lo que toleramos, lo que consentimos, lo que aguantamos. Estamos creando nuestra vida a cada momento partir de lo que estamos dispuestos a aceptar, sea maravilloso o terrible. Si lo crees, al final, se hará realidad.

Ya decía Henry Ford que “tanto si piensas que puedes, como si piensas que no puedes, estás en lo cierto”… Cuando creemos, creamos.