merceroura

la rebelión de las palabras


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Que nadie te diga quién eres…


Ya basta de aceptar chantajes.

Nos encoge, nos deprime, nos arruga. No tiene sentido.

A menudo, estamos tan acostumbrados a aceptarlos que ni tan siquiera nos damos cuenta de que nos chantajean. Los llevamos incrustados, incorporados a nosotros y aceptamos los pensamientos ajenos como si fueran propios. Entramos en su lógica y la convertimos en propia.

Aceptamos algo que nos duele, nos escuece, nos denigra… Y lo hacemos porque si no, sabemos que esa persona no nos dará aquello que queremos, que creemos que necesitamos. Entramos en el juego y nos columpiamos en él. Dejamos que nos tenga sujetos, ahogados, asfixiados y pendientes… Dejamos que nos ate por algo que pensamos que nos pertenece, para evitar que se enfade, para que no nos recuerde lo infames que somos y lo poco que nos queremos a nosotros mismos. Le dejamos hacer porque tememos enfrentarnos a él y encontrarnos con nosotros mismos…

No acostumbramos a no preguntarnos si realmente merece la pena… La respuesta es nunca, porque no hay nada que valga la pena para que nos quedemos atados al  sufrimiento.

Nada que te ate ahora, te liberará mañana. ¿Sabes por qué? porque mañana ya serás esclavo porque creerás que lo eres, porque habrás cedido tu voluntad. En tu mente, te habrás encogido y recortado los sueños, te habrás resignado a no ser, a no sentir, a no intentar. Lo que hoy te hace daño, no te conviene. Lo que te hace sufrir en el presente, no te hará feliz en el futuro…

Cedemos libertad al chantajista a cambio de facilidad, de comodidad y por qué no, de ingenuidad, ya que hemos reducido tanto nuestro mundo que llegamos a pensar que eso que nos da él o ella no lo podemos conseguir por nosotros mismos…La vida está llena de oportunidades que no se ven desde una jaula con barrotes gruesos…

Si es un regalo, es a cambio de nada.

Si no lo es, el intercambio debe ser justo y nunca indigno.

Y no, no vale la pena, porque al aceptarlo, se te escapa la vida.

Muchas veces no sabemos decir no a un chantaje emocional porque hemos estado sometidos a él sin tregua desde siempre. Porque hemos crecido en él y no hemos conocido nada más… Como haber nacido en una cueva oscura y pensar que ese pequeño espacio es el mundo entero…

Hay quién nos chantajea por amor y quién lo hace por miedo. Quién nos quiere encadenar para que no corramos peligros reales o ficticios y quién nos quiere apagar para que no brillemos… En ambos casos, nos someten a su forma de ver la vida, nos recortan como seres humanos porque no nos dejan crecer y nos hace creer que no existe alternativa.  Y eso puede significar que, puesto que no hemos conocido nada más, corramos el alto riesgo de repetir ese comportamiento e ir por la vida recortando a otros. Haciendo que sus vidas sean minúsculas, que se acostumbren también ellos a ver la vida a través de un cristal opaco, a pasar por un embudo cada vez que sueñan algo… A tamizar sus sueños por un embudo como hacemos nosotros porque hemos aprendido que sin sufrir o perder algo no podemos aspirar a nada… Porque nos creemos que hay cosas que no merecemos si previamente no nos rebajamos a aceptar algo que no deseamos…Un precio demasiado alto por no ser capaces de arriesgar un poco, ¿verdad?

Los chantajistas emocionales precisamente nos piden que nos encerremos, que nos aferremos a la rutina de una relación tóxica pero conocida, porque más allá la incertidumbre es insoportable.

La única forma de no ceder al chantaje es disponerse a pasar un poco de frío. Enfrentarse al miedo, a una soledad necesaria, a la incomodidad de no saber qué pasará…Enfrentarse a uno mismo y aceptar que sabrás cómo hacerlo sin esa ayuda envenenada o sin esa influencia que te castiga. Apostar por ti y por tu fuerza, por tu capacidad.

Ceder al chantaje es mirarse al espejo y decirse a uno mismo que nunca podrá, que nunca sabrá ir más allá… Que no merece lo que desea si no acepta un castigo previo, una rebaja de sus expectativas…

Si lo aceptamos, nos convertimos en fantasmas. Asumimos que no hay más remedio que vivir en una caja cada día más pequeña y asfixiante… Reducimos nuestras posibilidades de crecer y explorar…Arrastramos una culpa que no existe.

¿Vale la pena? Esa es la pregunta… La respuesta casi siempre es no, nunca. Nada que nos puedan ofrecer a cambio de la dignidad nos conviene.

Ya sé que hay situaciones límite en la vida en las que nos aferramos a lo que sea para sobrevivir, para que a los nuestros no les falte lo básico… Incluso entonces, merecemos lo mejor, aún más si cabe, porque siempre somos personas dignas.

Insisto… ¿Vale la pena? Ser capaz de hacerse la pregunta ya es un triunfo, porque significa tener conciencia de lo que sucede, significa querer ser libre, significa tocar con las manos esa dignidad.

¿Por qué lo aceptas? la respuesta a esta pregunta nos indica qué debemos cambiar si no queremos seguir con la situación… Piénsalo, ¿Por qué lo aceptas si no lo mereces? Tal vez, no nos guste enfrentarnos a ello, pero resulta indispensable para poner fin al sufrimiento y avanzar. El que consigue empezar a cuestionarse lo que pensaba que era un dogma, está más cerca de su conciencia. Sea cual sea la respuesta.

¿Por qué? reflexiona y hurga en ti lo suficiente como para que la respuesta, aunque duela mucho, te sirva de algo. Cambia el enfoque, mira qué esperas conseguir de verdad cediendo a ese chantaje y descubre por qué crees que vendrá de otra persona y no puedes encontrarlo en ti mismo… ¿Te ha pasado otras veces? ¿te has acostumbrado a vivir ese tipo de situaciones porque evitas algo? ¿qué pasaría si dices que no? ¿cargas con alguna culpa que te impida soltarte y seguir tu camino? ¿qué es lo que realmente te asusta?

Lo bueno nunca es a cambio de sufrimiento… Lo dulce no se mezcla con veneno… La felicidad no conlleva castigo ni culpa. No vale la pena… No regales el timón de tu vida, sé responsable de ella, trabaja para que sea tan maravillosa como mereces.

No sólo puedes salir de ese círculo vicioso, sino que además cuando lo consigas, saldrás de ahí más sabio, más fuerte, más elástico y mejorado… Sin carga ni remordimiento… Te encontrarás más cerca de ti y te conocerás mejor. Sabrás que puedes porque lo habrás hecho. Te darás cuenta de que nadie está por encima de ti, ni puede dirigir tu vida si no le das ese poder. No sueltes las riendas, no le des a nadie tus códigos para que apriete tus botones cuando quiera, no cedas el protagonismo de tu vida, no entregues tu voluntad, no cargues ninguna culpa, no contemples tu existencia con ojos ajenos…

Reenfoca tu vida. Abre las ventanas para que entre la luz… Sal del rincón y encuentra tu centro. Deja de ser la presa, sal de la telaraña y vuela… Tienes mucho poder, pero aún no lo notas, no lo ejerces, no lo sueñas. Puedes dar el vuelco a todo lo que te pasa con la intención y el empeño, puedes zarandear tu vida con sólo cerrar esa puerta y amarte…

Quédate a solas contigo y descubre qué te mantiene atado.

Cuando te ames de verdad, nadie te pondrá cadenas… Cuando aceptes la incertidumbre de la responsabilidad, llevarás las riendas.

No te mereces pagar ningún peaje por ser tú. Eres demasiado grande para vivir en una cueva… Brillas demasiado para apagar tu luz…

Vivir no duele siempre…

Decide tú.  Que nadie te diga quién eres ni qué sientes… Empieza a volar y sé sincero contigo, porque si no, te estás chantajeando a ti mismo.

terarana

 


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Si lo sueñas es que te lo mereces…


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Nos merecemos lo bueno pero, a veces, lo olvidamos.

Nos merecemos confiar en nosotros mismos y apuntar alto.  Pensar que podemos y que, si aún no sabemos cómo, seremos capaces de aprenderlo, de imaginarlo o de inventarlo. Merecemos decir que no y no pasar por el aro, aunque los sesenta anteriores hayan dicho que sí y hayan bajado la cabeza para que no se noten las lágrimas que les caen por las mejillas, ni la vergüenza en los ojos por no saber cómo defender su dignidad.

Merecemos toda la dignidad que podemos desear e imaginar. La merecemos nosotros y todos aquellos que no pisan ni arrollan a los demás… La merecen incluso los que sí lo hacen, porque seguramente ellos están aún más faltados de autoestima y erraron la manera de solucionarlo… Pensaron que denigrando a otros y no respetando, serían más dignos y se sentirían mejores y en realidad sólo alimentan un vacío que les impulsa a seguir por un camino que sólo lleva al un rincón agrio y oscuro.

Merecemos decidir cómo queremos que sea nuestra vida y nos merecemos dibujarla, aunque sea mal y con tachones. Merecemos equivocarnos y corregir. Subir la montaña y darnos cuenta de que en realidad lo que nos hacía felices era el valle… Nadar contra la marea y descubrir que en realidad lo que nos calma es dejarnos llevar hasta la orilla.

Necesitamos caer y rodar y topar con algo que jamás habríamos visto o conocido de no caer nunca. Necesitamos existir en mil mundos que no son el nuestro para encontrar el que nos place y nos hace sentir completos… Y luego, tal vez regresar al principio, o quizás habitar en el último de esos mundos, casi sin explorar, cuando ya pensábamos que no había morada para nuestra inquietud ni techo para nuestras estrellas dormidas.

Merecemos ganar. Lo que sea. El gran premio o el de consolación que tal vez sea mejor y pese menos. El premio de conocernos y encontrarnos. El beso. El abrazo. Pasar al siguiente nivel de consciencia y superar todos los complejos que llaman a la puerta en el momento inoportuno y nos recuerdan que aún no nos queremos tanto como debemos…

Nos merecemos querernos sin parar. Sin trabas. Sin límites. Sin vergüenza. Sin miedo. Sin contar minutos ni poner parches. Sin ocultarnos nada, sin reprocharnos nada… Sin nada que perder. Merecemos querernos de forma esférica e intensa. Tal y como otros se merecen ser amados. No como un sueño que no llega, sino como una realidad que se toca, se palpa, se vive.

Merecemos nuestros deseos aunque tengamos temor a imaginarlos.  Aunque nos asuste estar cerca de ellos y perderlos porque nos han educado para creer que tenemos algunos universos vetados, algunos mundos donde no somos bien recibidos… Si podemos imaginarlo, podemos conseguirlo. Si podemos creer en nosotros, podremos crearlo para nosotros. Sin más límite que nuestra fuerza interior y las ganas que tengamos. Aunque hasta ahora no nos hayamos atrevido, aunque muchos nos dijeran que no y nos cerraran la puerta… A más puertas cerradas, más ganas de seguir, más agallas para abrirlas, más intensidad para continuar este camino que no es de rosas pero huele a sueño…

Y si nos quedamos a medio minuto de lo que soñamos, en la esquina de un gran deseo… No nos creamos las voces que dicen “ya te dije que no era para ti, ten los pies en la tierra”… No, no,  no… Eso no es más que una señal de que la suerte te ronda y cada vez está más cerca… Que te falta el último empujón, un paso más y ya lo tocas. Y la suerte que te falta, es de esa suerte que se fabrica, no que se encuentra. Suerte de esfuerzo, de empeño, de llamar a mil puertas y dar voces para que todos sepan lo que buscas. Suerte de domingo por la mañana practicando, de tarde entera leyendo para aprender, de horas de pie sirviendo mesas para vivir mientras repasas mentalmente los pasos de un baile que te podría ayudar a triunfar. Suerte de libro escrito a pedazos por las noches cuando el mundo se calla y te oyes la conciencia. Suerte de estudiar de madrugada, de hacer la ronda y de cargar cajas pensando en una melodía que componer… La suerte del que sueña y se pone manos a la obra. Suerte del que pone la voluntad y fija un objetivo.

Merecemos esa suerte porque depende de nosotros cogerla y estrujarla para sacarle la esencia. Merecemos vivir la vida que queremos y compartirla y ayudar a otros a conseguirla.

Merecemos darnos cuenta de esto y no perder más tiempo soñando sin crear, sin activar el mecanismo que imaginamos, sin tirar la primera ficha del domino que va a nuestra nueva vida.

Merecemos nuestros sueños porque si no, no los soñaríamos. Si están en nosotros es que somos dignos de ellos, es que podemos alcanzarlos. Merecemos lo mejor, aunque nos quede lejos y haga falta cruzar un océano para conseguirlo…

Merecemos mucho y nos conformamos con poco… Porque nos vemos pequeños y diminutos.

Merecemos lo máximo y no podemos quedarnos con lo mínimo… Confiemos en nosotros mismos y hagámonos dignos de esa confianza.

Merecemos tanto… Aunque lo olvidamos. Y sobre todo, merecemos no dudar más de nosotros mismos y creer que somos capaces.


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Lo que tengo y lo que me falta


Cuando llegan estas fechas, siempre acabamos poniendo en una balanza lo que tenemos y lo que nos falta. Deseamos siempre que nuestros sueños pesen más que nuestros miedos y que en nuestra lista de logros haya más por apuntar que hace un año. Al final, no se trata de tener mucho que apuntar sino de saber si nos sentimos bien con lo que pone en nuestras listas. Si en la de logros falta algo que consideramos básico, una de esas cosas que te llenan la vida, y en la de retos te queda poco por conseguir, algo no marcha bien. Puede que incluso, haga falta cambiar muchas cosas de esa lista, cuando nosotros cambiamos, también mutan nuestros sueños y se modifica nuestra ruta.

Con el tiempo, me he dado cuenta de que a menudo, cuánto mayor es tu sueño, más depende ti conseguirlo. Los sueños grandes son los que tienen que ver con las vueltas que da tu vida, con tu actitud ante ella y tus ganas. Si el sueño es enorme, necesitas más esfuerzo, más empeño, más capacidad para hurgar en tu interior y sacar de ti mismo lo que te lleva a conseguirlo. Algunos sueños que dependen de otros en gran parte. Esos retos en los que estamos pendientes de cómo nos valoran otras personas y estamos sometidos a su juicio son sueños frágiles. Diré más todavía, son superables, secundarios, intercambiables incluso. Los grandes retos se gestan en nuestras almas… Pasan en nuestra cabeza, se viven en nuestros pensamientos y dependen de nuestra forma de ver la vida… Creo que muchas veces la clave para conseguir un reto es descubrir qué pensamientos debemos tener para prepararnos para él. Qué palabras decir para transformar nuestra conciencia y subir el escalón necesario que nos lleva a dónde queremos. Y hacerlo sin perder nuestra esencia y valores, sin dejar atrás lo que somos más que para superarnos.

Ahora es cuando llega ese momento en el que nos preguntamos si somos felices. Y para responder, siempre miramos todo lo que nos falta. Viene alguien y nos recuerda que no debemos preocuparnos porque el dinero no da la felicidad. Yo siempre respondo que depende, que a veces sí, a veces no. Si no tienes nada que dar de comer a tu hijo y consigues dinero para comprar con qué alimentarle, eso te hace feliz. Si puedes comprar un billete de avión para viajar y ver a los tuyos después de meses y meses de ausencia, eso te hace feliz. Si puedes dejar un empleo que te supone suportar situaciones que te menoscaban como ser humano o hacerlo para poder dedicar más tiempo a los tuyos, eso te hace feliz. Aunque nos pese, el dinero compra muchas cosas que necesitamos en nuestro día a día. Cosas básicas que todos deberíamos tener cubiertas por el hecho de existir…

Aunque hay otro tipo de felicidad. Esa que te hace sentir bien aunque las cosas se pongan difíciles. Ese aplomo en la vida, esa paz que se consigue después de haber mirado a tus miedos a la cara y haber decidido que puedes, que quieres y que saltarás cualquier obstáculo que se ponga en tu camino. La felicidad de saber que amas y que te aman, que tienes la conciencia tranquila y la ilusión intacta… Eso no te lo quita nadie.

Y de eso te das cuenta cuando estás en un hospital observando como una máquina ayuda a respirar a un ser querido. En ese momento, lo mínimo es lo máximo. Lo básico que te ayuda a seguir. En ese momento, el rasero con el que medimos cambia y la balanza de sueños se vacía, se queda con lo necesario y aun así, pesa más. En ese instante te das cuenta de que a menudo nos fabricamos una vida hueca y llena de estupideces. Que perdemos mucho tiempo dando categoría a lo absurdo y ocultando lo que importa, que dejamos que el miedo se nos coma el camino. Que dejamos pasar la risa mientras nos preocupamos por lo que otros piensan de nosotros mientras ellos te miran con cara de asco y desaprobación porque les parece que eso llena su vacío y contiene su tristeza insoportable y rotunda.

Justo cuando tienes los ojos llenos de lágrimas contemplando un monitor que marca los latidos de un corazón cansado, te das cuenta de que eres un zombi. De que te has perdido en un laberinto de quejas y críticas. Que lapidas tu alegría renegando de lo que eres. Que te escondes tras una maraña de muecas y excusas. Que dices mucho que no a lo que te asusta. Que dices mucho que sí a personas que no te merecen ni te conocen.

Te das cuenta de que en algún lugar del camino, en un mal momento, te dejaste la coherencia y pusiste el piloto automático. Que te desahuciaste a ti mismo de esperanza y te echaste de tus planes para el futuro. Que perdiste el norte y has estado vagando sin saber a dónde ni por qué. Que estás medio vacío… Ahora, te das cuenta de que necesitas poco, menos de lo que creías, pero que eso que buscas tiene que ser autentico y real. Que quieres lo básico pero que necesitas que sea verdadero, sincero, puro.

Ahora lo ves tan claro… Al final, no importa si en tus listas de logros y retos hay muchas cosas apuntadas. Lo que importa es que sean las correctas y que las vivas intensamente. Que no malgastes tu tiempo en sueños de plástico y de humo porque parezcan más accesibles y deslumbren tus ojos… Que no te dejes vender una vida que no quieres y un destino que ni buscas ni sueñas.

Lo importante es que tus listas sean tuyas y no copiadas. Que te ayuden a levantarte cada día y te hagan mejor… Y a veces, hay que revisarlas y rehacerlas. Decirse la verdad a la cara y remendarse las heridas que llevamos en la espalda. Ser muy honesto contigo mismo, rozar la insolencia cuando no te quieras enterar de la verdad porque sea muy cruda. Ser muy irreverente con algunos de los dogmas más afincados en nuestra mente… Por si están equivocados o no nos sirven ya… Y  atreverte a pedirte lo que realmente sueñas. Y llegado el momento, cuando todo dependa de una máquina o penda de un hilo, te sentirás satisfecho.