merceroura

la rebelión de las palabras


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Escribiendo tu propia vida


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Dudar es a veces volver a decir que sí y renovar tu confianza.

Conocer es comprender que no sabemos nada, todavía…

Irse a veces es escogerse a uno mismo y no huir aunque lo parezca. Porque lo que realmente importa es hacer lo que sientes que te debes sin tener que demostrar nada… 

En ocasiones, llorar es pura alegría y reír un acto de hipocresía que te llena de amargura y te vacía por dentro.

Decir que no es amar y alejarse la mejor manera de soltar y dar libertad. 

No siempre el reto es llegar a la meta, a veces es tan sólo encontrar el camino. No siempre el miedo nos obliga a desaparecer, a veces, nos empuja a atacar y nos llena de rabia.

No hay noche más larga que la propia noche. Que la noche del que se niega a ver la mañana y abrir los ojos y despertar. De hecho, no hay más noche que la decidimos quedarnos dentro. 

El fuego a veces quema y otras calienta.

El miedo a veces es el muro con el que topan tus sueños y otras el muro que aprendes a saltar para seguir con más ganas.

Nada es lo que parece, sólo depende de los ojos con que miramos el camino… Para el que tiene ganas de seguir todo lo que encuentra es una señal que le ayuda a trazar un mapa… Todo es una herramienta con que fabricarse un destino más rápido y una solución más fácil. Para el que sabe motivarse a sí mismo., todo es un mensaje de aliento… Para el que decide que el mundo le es adverso, todo lo que encuentra es un obstáculo.

Para el que está convencido de que todo tiene sentido siempre hay una explicación que le lleva a sí mismo… Para el que confía siempre hay una voz que le guía.

Para el que siempre llora, no hay sol que brille. No hay lluvia que cese ni viento que no intente arrancarle la risa. No hay mano que se le tienda que no sea una mano enemiga.

Para el que siempre sueña no hay realidad por sórdida que sea que suponga un escollo insuperable.

Para el que ama dar, siempre hay alguien que necesita. Para el que sufre por perder lo que tiene, siempre hay alguien que querrá robarle la vida.

El que se permite escuchar su propia voz descubre que ha estado guiando su camino siempre, pero que a veces no ha podido escucharla porque estaba ocupado oyendo la voz de su ego que intentaba ahogarle en un mar de quejas.

Para el que se lamenta nunca se acaba la pena… Para el que acepta cada paso, nunca hay nada de lo que lamentarse y todo es sorpresa.

No hay una sola realidad, hay realidades infinitas esperado que escojamos una para vivirla. A cada paso, tiramos del hilo y ponemos en marcha un mecanismo para que un futuro se convierta en presente. 

Siempre decidimos, incluso cuando nos negamos a responder a nuestras grandes preguntas y dilemas… A veces, nos cuesta tanto hurgar en nuestros miedos y oquedades por si encontramos algo demasiado oscuro, que nos dedicamos a intentar enmendar las vidas de los demás… Incluso entonces, estamos decidiendo sobre nuestra vida, porque escogemos que no nos importe lo suficiente como para trabajar en ella y cambiar lo que no nos hace felices.

Cuando decidimos bailar, hacemos que exista la música.

Cuando escogemos reír, el mundo empieza a ser divertido.

Cuando elegimos que no importa lo que dicen de nosotros otras voces, esas voces desaparecen o callan.

Cuando abrimos los ojos, creamos la realidad de aquello que hace un instante estaba en nuestra cabeza.

Cuando empezamos a andar, dibujamos el camino.

A cada instante, creamos un universo paralelo en el que podemos sumergirnos y vivir de otro modo… Lo que deseas siempre está en ti… A veces, llega a ti para que sepas que te estabas privando de vivirlo… Otras para que te des cuenta de que no era lo que esperabas…. Y sí, a veces no llega porque en tus pensamientos hace tiempo que has decidido que no lo mereces y lo has apartado de ti.

Este libro que es tu vida lo has escrito tú y, a menudo, te enfadas y te pones a arrancar páginas y culpas a otros de los diálogos y de las historias que hay en él… En lugar de mirar en tu interior y descubrir qué voz dicta tus palabras y ponerte a escribir de nuevo, desde tu verdadero ser, desde esa parte de ti inmensa que se ama y decide convertirse en su aliado y no su enemigo.

Tirar la moneda al aire para que decida cara o cruz sólo sirve para descubrir en el último momento cómo deseas realmente que caiga. Y cuando lo sepas, puedes tomar las riendas y decidir que dejas de usar monedas y excusas, que dejas de retardar el momento de salir del sueño y vivir en esa nueva realidad en la que dejas de ponerte la zancadilla… 

Para el que hoy se ha despertado pensando que el día será maravilloso, no habrá contratiempo que le contradiga… 

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Hormigas en los pies


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A veces, tienes que coserte el alma a los zapatos para que te siga y otras el alma te lleva. Te desafía a seguir su ritmo y enfrentarte a un mundo que no te entiende. Te saca de tu burbuja y te lleva por los caminos más salvajes para que llegues a dónde notas que pertenece tu esencia… A ese lugar donde te sientes entero y firme.

A veces hay que tambalearse mucho para encontrar el equilibrio.

Hay que ser muy fiero antes de ser manso.

Hay que llevar mucho la contraria antes de darte cuenta de que ceder te da poderes.

Porque no todo tiene que ser perfecto. No tiene porque ser cada día una página redonda de tu historia, aunque sea hermosa, aunque esté repleta de momentos preciosos. Lo que importa es que al acostarte, al pasar revista a tu día, te des cuenta de que has hecho algo que te acerca a tus sueños, por pequeño que sea… Hay detalles diminutos que son el detonante de algo grande, por las ganas que le pones, por el empeño… A menudo, algunas de las zancadas más largas no te acercan a la meta y es un pequeño paso, ese día que estás cansado pero decides no rendirte, que te deja alcanzar un nuevo tramo y conseguir un reto enorme… Hay instantes de tu existencia que son una transición, pero incluso entonces, si pones el alma en ellos, estás dando pasos y subiendo los peldaños de esa escalera que te lleva a crecer. Todo cuenta… Una punzada que te lleva a hacerte preguntas hasta la impertinencia para poder descubrir qué te escondes a ti mismo… Un dolor extraño que te dice que no estás dónde quieres, que no caminas por dónde necesitas caminar. Una ilusión óptica que te hace creer que nunca llegas, que nunca te llenas, que nunca encuentras lo que buscas y te interpela para que busques nuevos caminos.

A veces, lo roto te sirve para zurcirte a ti mismo. Los pedazos están ahí para que pegues las cosas de otro modo y leas el mensaje oculto que llevaban escrito y que nunca podrías descubrir si no las rompes. Los imprevistos, a veces, son la magia que lo precipita todo… Que lo propicia todo… Que te da la pieza del rompecabezas que te falta para llegar al final, que es otro comienzo. El contratiempo es el estímulo, el reverso maravilloso de ese mapa donde puedes encontrar la ruta que buscas. El rodeo que necesitas dar para encontrar un nuevo compañero de viaje o darte cuenta de algo que no ves porque no llevas puesta la mirada de las oportunidades.

El camino erróneo es el maestro necesario. La lluvia inesperada que parece arruinar la tarde limpia los cristales que te dejarán ver el camino… El viento que todo lo arrastra deja al descubierto la montaña que debes subir.

A veces, en los días más oscuros damos los pasos más grandes. Para que así los días luminosos, podamos balancearnos mirando al cielo y al suelo… Para existir sin pedir y sentir el calor y el frío. Para contemplar lo que a menudo se nos escapa y notar las hormigas que deambulan por los dedos de tus pies cuando pisas la hierba mojada.

Lo imperfecto es un maravilloso bálsamo para que busques nuevas respuestas. Para que llames a más puertas. Para que inventes más formas de llegar a ti, a ese tú de verdad que te espera y que sueña con salir a la luz y dejar de esconderse.

Lo lejano es un estímulo para que empieces ya tu carrera.

Lo complicado es una ventaja que va a obligarte a rendir el doble.

Tus supuestos defectos son el punto de apoyo para encontrar las pistas que necesitas al dibujar tu mapa. Las catapultas que te impulsarán hasta tu meta.

Aunque ahora duela. Aunque ahora mires a horizonte y no veas nada. Aunque no sepas por dónde empezar a construir tu futuro. Aunque el presente sea escandalosamente turbio, deliberadamente agotador… Aunque no tengas nada en los bolsillos y empieces a dudar de si te queda algo dentro, muy dentro… Allí donde se desdibuja tu cara.

No importa que hoy te salpique el desánimo. No importa que no veas salida. Respira hondo y mira alrededor. Busca belleza, por salvaje que sea, por sucia que esté, por cansada que parezca, y almacénala en tu interior. Guárdala para cuando no sepas verla porque lloras, porque tienes miedo, porque crees que ya no puedes… Y agárrate a ella para seguir. Agárrate a ti para continuar este camino.

Y siente. Siéntelo todo tanto que valga la pena quedarse siempre en el presente, en el ahora… Que este momento sea tan maravilloso que quieras eternizarlo, dilatarlo, convertirlo en algo elástico que dure siempre y que se te quede prendido en el pecho, refugiado en ti… Ama tanto este momento que no te importe el destino. Siéntete tan bien contigo que no necesites huir de ti nunca más.

Confía tanto en ti que cuando parezca que el mundo te da la espalda en uno de esos días… Sepas que tienes al mejor aliado de tu parte.

Y cuando eso pase, mirarás al horizonte y verás el camino.

Cuando te tengas a ti mismo, no importará que no todo sea perfecto.

Y al llegar al final, te darás cuenta. Lo que buscabas ya era tuyo. Lo que necesitabas ya estaba ahí. Lo bueno te ronda siempre…

Tu sueño ya te pertenecía.
Y no es tuyo porque lo poseas, sino porque lo llevas dentro.

 


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La llave


Nos metemos a veces en una especie de cadena de acontecimientos, sin saberlo, e ignoramos que en un instante podemos sacudir un mundo o echar por tierra un castillo de arena. Andamos buscando algo y estamos inquietos. Ese algo que nos falta, aunque puede que incluso no sepamos qué es. De lo que estamos seguros, sin darnos cuenta casi, es de que ese “algo” es un detonante que nos permitirá acceder a un nuevo nivel. Una señal, una llave que nos dejará abrir una puerta. Al otro lado, entenderemos más cosas o tal vez no, pero encontraremos una pieza más del rompecabezas, nos sentiremos de tal forma que sabremos cuál es el siguiente paso y nos conoceremos más. Hay llaves que abren puertas que llevan al pasado, son puertas nuevas que abrir para cerrar puertas viejas, que quedaron entreabiertas.

Siempre pensamos que cuando no cierras una herida, sigues notando su punzada desde el pasado. A veces, no la notas porque te acostumbras a ese dolor, esa quemazón constante, esa espina clavada que en cierto momento dejas de percibir… Quedas anestesiado, pero sigue clavada, sigue ahí, como los arpones que llevan algunas ballenas. No consiguieron matarlas pero siguen hundidos en ellas, sin dejarles cicatrizar y olvidar.

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Mientras sigues en la búsqueda de llaves para abrir puertas y verlo todo de otra forma, a menudo, tienes la sensación de que vas dando portazos y encontrando ventanas, escotillas, callejuelas sin salida, túneles que llevan al otro lado de realidades que no son la tuya… Como si cada vez que te lanzaran un salvavidas, descubrieras que no flota o no tiene un agujero por el que se cuela el agua.

Como nunca sabes qué forma tendrá esa puerta, no sabes cómo es la llave qué buscas. Puede ser una frase escrita en una pared que ves cada día al pasar caminando y a la que nunca prestas atención, puede que se pronuncie en un discurso o en un anuncio de la tele, en un libro, en un tuit… Puede ser una palabra, sólo una, que la diga alguien, que no tiene por qué ser ni amable ni demasiado lúcido. Puede ser una imagen, una foto, unos ojos que se cruzan contigo en el tren, una escena en una película…

No tiene porque ser ni siquiera algo hermoso, de hecho, puede ser horrible pero conllevar una reflexión que permita extraer algo bueno. Puede ser un golpe en el codo, un escalón clavado en la espinilla, un charco de lluvia mojando tu falda, un desconocido riéndose en tu cara… El azar hace que la llave adopte formas grotescas, inesperadas, absurdas, irreverentes… Es a veces tan complicado entramar este mundo de idas y venidas de mensajes ocultos que nos dan acceso a un cambio que, seguramente, el supuesto destino echa mano de lo que puede acercarte la llave…

Y luego, claro está, hay una segunda fase que a veces falla… A menudo, no nos damos cuenta de que tenemos la llave ante nuestros ojos. Aunque, al final, siempre, cuando buscas, encuentras. Tal vez no donde estás excavando, sino justo al lado, donde hurga otro o una ráfaga de viento deja al descubierto una inscripción o muestra la verdadera forma de algo.

A veces, es todo tan rocambolesco, que pensamos en nuestra vida no está sucediendo nada especial, nada “mágico” desde hace tiempo y en realidad pasa todo lo contrario.

En ocasiones, nosotros somos la llave. Una mirada de cariño, una frase oportuna, una mueca desagradable cuando estamos malhumorados o cansados, un libro olvidado… Con un gesto, podríamos haber levantado y hacer caer imperios. Con la sacudida de un pestañeo podríamos despertar una ilusión o un recuerdo… Despertar a alguien al otro lado del mundo y hacer que alguien descanse esta noche a nuestra vera después meses sin pegar ojo. No hace falta poner intención, ni desearlo, no hace falta ni llegar a saberlo… A veces hacemos bien a otras personas sin querer, igual que otras veces hacemos daño intentando ayudar.

A veces, sin saberlo, tenemos mucho poder. Somos la llave.

Suena bien, aunque cuando estás desesperado intentado aferrarte a “algo” para salir de un infierno, un mal momento o superar una etapa de tu vida, no parece que compense.

Sin embargo, eso nos da una idea de que lo que buscas existe. Lo que necesitas está dentro de ti y sólo requieres de una chispa para que salga… Seguro que llega. Tal vez, está justo ante ti y no la ves… Puede que tenga forma de libro, de velada insufrible escuchando a alguien que no te interesa para nada, de recorrido por la playa, de compañero estúpido que hace chistes sin gracia… De nube, de lluvia, de mirada, de multitud, de soledad, de frío, de canción que suena en una emisora de radio que jamás escuchas.

No sufras. Abre los ojos y respira hondo. Y sé la llave para otros. Tal vez incluso siendo tú la llave para otros puedes encontrar la tuya.

Hay oportunidades y señales en cada esquina, sólo hay que mirar con ojos hambrientos. En el fondo, tú siempre eres la llave para todo. 

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Cuando sopla el viento


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Pones el freno, levantas el muro, coses las costuras de tu piel para no salir de ti mismo… Cierras puertas y ventanas, te quedas callado en una esquina… No importa, no puedes hacer nada. Lo que debe pasar, pasa. Lo que no buscas viene a ti esquivando montañas, bailando por los meandros de los ríos, surcando la noche más oscura, llamando a tu puerta.

Si es bueno o malo, ¿quién sabe? Habrá que sumergirse en ello hasta poder sacar la cabeza y flotar, hasta respirar y poder saber qué dirección seguir. Hasta decidir si te vacía o te llena. Hasta tocarte la cara y saber si ríes o lloras…

No es el destino, no está escrito. Es un cruce de caminos que nos lleva de un lado a otro, ahora nos atrae al precipicio, nos cita en el fondo de un valle desde donde sólo se ve poco más que cuatro nubes y algunos rayos de sol… Y mañana nos lleva a la cima para contemplar la vista. Entonces sabes dónde estás y ves lo que quieres, lo que buscas. Puedes seguir con tus ojos el sendero dibujado hasta llegar, el curso de tus días hasta fabricarte una vida… Puedes respirar y decidir si bajas y sigues dejándote llevar, si permaneces esperando en tu rincón escondido, para que no te pillen las circunstancias… Si estás más de cinco minutos en la cima, mirando, el viento llega, sopla fuerte… Cambia de sentido. El viento te aleja, te acerca. Juega contigo, te enreda para que sigas tu camino, te mete arena en los bolsillos para que te quedes o te da alas para que llegues a dónde necesitas llegar. A veces es dónde quieres llegar, por tu insistencia máxima, tu testarudez maravillosa. Otras, te conduce a un lugar desconocido que jamás has visto y te da una sacudida que te costará olvidar…

A veces el viento te lleva a dónde tú deseas para que te des cuenta de que estás equivocado. A veces, te lleva al lado opuesto de tus sueños porque es allí donde realmente moran tus deseos y no lo sabes. En ocasiones te acompaña, te da pequeños empujones y zarandeos para que no te pierdas, cuando te flaquean las fuerzas, cuando de tanto pisar valle oscuro pierdes el norte…

Aunque otras veces, el viento cierra las puertas de golpe y barra las ventanas. Cambia el curso de un río e inunda el paso que te lleva a tu anhelo, estruja las nubes, volca los árboles para que tengas que cambiar de camino… Y en el nuevo camino a veces está lo que buscas y quién buscas, que también ha tenido que dar un rodeo… Otras veces hay algo que trae una moraleja oculta, una experiencia distinta, una aventura necesaria, un tránsito que puede golpearte o darte la vuelta para que sepas que tu mundo no es firme y tu valores flojean.

A veces el viento es cálido y te empapa de aromas traídos de lejos que te invitan a bailar cuando tus pies aún están cansados.

A veces el viento es helado y te despierta de repente para recordarte que estás vivo…

Para bien o para mal ¿quién sabe?

No todo es ese viento azaroso, tú empeño cuenta, el hambre que tienes por lo que deseas dibuja tu camino. La sangre que toca tambores en tus venas lleva un mensaje que puedes escuchar si callas, cada noche y observas el cielo… Desde el valle o desde la cima. No hay viento malo porque el viento no manda…

Hay quién se encierra ante el viento y quién aprende a usarlo para propulsarse… Quién se traga las lágrimas y quién las llora todas para no dejar ni una brizna de pena en su cuerpo. Tú decides si te rindes o plantas cara. Tú eres quién dicta tus leyes. Quién busca la barca para pasar el río o cuando amaina la tormenta, lo intenta de nuevo. Tú eres quién sujeta su pasión con todas sus fuerzas y espera a momentos mejores para seguir luchando. 

El viento no siempre te susurra que cambies de opinión ni sentido. A veces, te pone a prueba para que sepas si tus convicciones son firmes, si tu propósito vale la pena el esfuerzo, si tu ilusión persiste… Si tu sueño sigue vivo a pesar de altibajos y golpes…

No todos los sueños se consiguen caminando el linea recta. A veces es necesario dar mil vueltas para volver al inicio y tomar la senda que nos lleva a nuestro cielo… No hay caminos correctos. No siempre hay que evitar las curvas… No todo lo desconocido asusta. No todo lo que ya conoces es bueno. Como las semillas o las hojas secas.

Cuando sopla el viento, el alma queda muda, el mundo calla…

No sirven de nada las murallas, ni los candados en las puertas forjadas… No hay excusas posibles, ni escondites seguros, ni pies demasiado cansados… No hay lugar donde ocultarse del viento cuando sopla. Mejor dejarse llevar y estar atento.

¿Oyes? se acerca… 


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Verano


El tiempo es elástico. Se escurre y se estira. El verano se cuela por debajo de la puerta hasta la noche, dilatando las horas de sol hasta extenuar la pupilas y vencer al sueño. Todo es intenso, todo sublima. Todo se expande, todo resucita para quedar agotado al instante buscando aire fresco y encontrando aliento cálido. El viento se empapa de sal y agita las ramas de los pinos para esparcir su aroma. Le invade el olor a mar que se mete por sus orificios y surca su rostro. Se siente ingrávida y al mismo tiempo corpórea. Camina por las dudas hasta llegar a una esquina y doblarla con temor, por si se encuentra a ella misma, con cara de risa y ganas de fiesta. Por si cede al calor y al misterio, por si acaba bailando toda la noche sin parar y sube al tren en la estación equivocada. Por si acaba cometiendo errores imperdonables y purgando penas aún no conclusas.

El fruto está maduro, tiene la sazón templada y necesaria para caer y sucumbir a su destino. Todo llega a su punto álgido, todo se dilata, todo explota, todo se agita. La luz agoniza dando al horizonte un color malva y dibujando relieves oscuros y sombras recortadas. En un momento así, piensa, cualquiera se equivoca y dice sí cuando debería decir no o no dice nada pero acaba cerrando los ojos y soltando la razón para que ruede por el suelo. Y se pierde por el camino…

Aún queda un hilo de luz que le permite distinguir entre el eco y la voz, entre el deseo y la realidad…

A pesar de todo, sabe que se dejará llevar y bailará toda la noche hasta que salga el sol y sus primeros rayos agrestes y tibios le acaricien la cara. Ella estará dormida, exhausta, envuelta en jirones de piel, al otro lado del mapa… Donde no conoce ni la lengua, ni el rezo y donde no recordará como llegó pero sabrá por qué. Abrirá los ojos hasta llenar la habitación de verde con su mirada dormida. Notará el sabor de la noche en sus labios y las horas de baile en los pies. Será verano.

A Ana I Agudo @Superana27 por sus palabras


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Mientras ella dormía


Primero fue el bostezo. Luego, una sensación de languidez que le aflojó la mandíbula, le cerró casi casi los ojos… le tendió las manos dormidas. Y cuando estaba a punto de caer rendida, cuando ya no se notaba los dedos ni era capaz de regir su cuerpo… una fuerza intensa hizo que despertara. Abrió los ojos de manera súbita. Un hilo de terror le cosió la espalda. Un escalofrío, que al final, quemaba. Se dio cuenta de que casi se había sumido en un sueño profundo, una fuerza avasalladora e inmisericorde. Había sido un pedazo de vida largo, sin conexión, sin sonido, sin nada. Nada, esa era la palabra. La nada lo definía todo y lo vaciaba.

Mientras ella dormía no se había dado cuenta que la vida se le escapaba. Ante si habían desfilado caras tristes, caras enrojecidas, caras atomizadas… caras hinchadas… miles de caras con mensajes escritos en la mirada, suplicando sus respuestas, sus palabras… pero ella dormía o casi, casi parecía muerta. Estaba en una vigilia arrebatadora, sumida en una especie de sopor que todo lo engulle… que todo lo devora… y cansada, exhausta, cubierta de capas de aburrimiento, desgana, cubierta de escamas de miedo… como un pez minúsculo perdido en la arena, rendido a un sol enorme y saciado de sal, después de haber dejado de suplicar agua. Ya no suplicaba.

Había acumulado desánimo en cada uno de sus pliegues, en sus cicatrices, en todo su pequeño cuerpo abatido por la rutina.

Ahora se encontraba. Se notaba. Se oía, pero no se reconocía ni la cara, ni la voz, ni los arañazos de las manos pálidas y mórbidas. Se daba cuenta, estaba despierta y estaba viva.

Mientras dormía, habían pasado trenes con destinos distintos. Algunos llevaban muy lejos, otros demasiado cerca. Otros parecían tener un destino pero estaba equivocado… cada uno cargaba una historia, una elección, una moraleja.

Mientras dormía, se le había acabado la risa y la había sustituido por una mueca tonta, acompañada de un sonido gris y casi metálico que ahora recuerda como algo ridículo…

Mientras dormía, su piel suave y fina, se había enmohecido, estaba apagada y sin brillo. Y sus ojos de gata salvaje, parecían ahora de los de un roedor huidizo y remolón… dos puntos oscuros y diminutos. Con una mirada vítrea y escarchada. La mirada que tendría alguien que fuera de fieltro y tuviera emociones secuestradas, un muñeco.

Mientras dormía, su entorno había cambiado el rostro. Su casa estaba más vacía y su ciudad era ahora más grande. Cuando caminaba por sus calles buscando miradas amigas, encontraba agujeros vacíos y sin vida, máscaras tristes, bocas retorcidas… Había perdido abrazos y besos, muchos besos, y palabras… mientras dormía. Le dolía mucho haber perdido palabras mientras había durado ese letargo voraz, porque ella las adoraba, las necesitaba. Había vaciado memoria, borrado recuerdos…

Se encogía ahora en un rincón, con el peso de la pérdida sobre las espaldas… mira alrededor y gemía, lloraba.

Un zumbido atronador le quemaba los oídos y notaba como todo su cuerpo de oruguita cansada despertaba. Muda la piel.

Ahora poco importa dónde fue a parar la risa perdida y las historias olvidadas. Se da cuenta de que es capaz de escribir historias nuevas y encontrar nuevas carcajadas… si se toca la cara, en ella ya se dibuja lo que podría convertirse en el arco de una sonrisa. Nota el calor en las mejillas y un destello de vida atraviesa sus ojos de ámbar. Se siente los dedos de los pies. El cabello en la nuca.

Ahora se escucha la voz y grita. El pez diminuto, quemado en la arena, ha sido recuperado por una ola y se arquea en el agua.

Poco importa que durmiera tanto, si ahora está despierta y ha sido capaz de volver a la vida, después de permanecer casi fosilizada.