merceroura

la rebelión de las palabras


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Des-Amor


LLUVIA CRISTAL

Visito tu tarde. Tan plácida, tan quieta, tan triste.

La lluvia se arrastra por tus cristales buscando tus ojos cansados de buscar siluetas.

Puedo caminar por tus sábanas blancas con mi presencia diminuta.

Puedo verter sobre tu espalda la furia de todas mis batallas perdidas.

No eres mi héroe porque ya no necesito héroes ni salvavidas.

No eres mi cielo porque todo el cielo que necesito lo llevo dentro.

Entro en tu cabeza de mapas y bestias. Siempre los mismos, en fila, en bucle, sin tregua, sin posibilidad de cambio, sin remedio para nada.

Veo en tu cara la culpa por no llegar a la esquina donde reparten momentos dulces.

Piso tu frente y busco hueco en tu nuca para susurrarte palabras hermosas, pero reconozco que todavía no me apetecen.

No busco honores ni alabanzas.

No necesito castillos, porque los únicos muros sólidos se construyen con el alma… Los demás son de arena fina y caen cuando caen las ganas.

No quiero más amor que el que me permita mi libertad.

No deseo más refugio que el de mi propia persona.

No sueño más abrigo que el de un cariño sincero y un abrazo sentido.

Visito tu tarde y la lluvia no para.

El agua que cae canta las palabras que nunca dijimos.

El viento calla porque tú no te atreves a pedir…

Tu angustia contenida dibuja la palabra “perdona” pero tu miedo a perder algo que jamás tendrás te incapacita para decirla en voz alta.

Tus ojos dibujan oportunidades que no llegarán nunca, porque tus labios jamás podrán pronunciar súplicas.

Hoy te diré que no, por todas las veces que no fui capaz y me arrancaste las lágrimas.

Hace tanto tiempo que no buscas nada que las pupilas se te han cubierto de escarcha.

Hace tanto tiempo que miras y no ves que te has perdido todas mis cicatrices de guerrera retirada.

Ahora amo tanto el silencio que me aturde incluso recordar todos nuestros gritos pasados…

Escucho tus lamentos sobre el suelo gris mientras la luz ocre de una lámpara que no recuerdo haber visto nunca te dibuja una mueca horrenda en la cara.

No seré tu cómplice en este intento burdo de darme pena para mendigar un amor que ni tan siquiera sueñas.

Me cuentas otra vez cada una de tus batallas.

Ya no me interesa la guerra, te digo, ahora busco silencio y calma.

Y no me entiendes porque hablamos dialectos distintos en esta loca carrera para soltar lastre y vaciarse el alma rota.

Tú quieres que te consuele y yo ando por tus esquinas vencidas porque esta tarde me aburría y vi tu cara en una foto antigua y amarillenta.

Tú eras el personaje sordo que nunca escuchaba y yo la muñeca desmembrada del rincón del armario que nadie mira.

No seremos amantes, porque tú nunca usas el gerundio, estás demasiado dormido para vivir sin guantes y besar sin miedo.

No seremos viejos, porque ya lo somos, cuando callamos lo que sentimos y nos envolvemos en esta capa de miedo y mansedumbre casi obscena.

No seremos ángeles, porque el peso de la culpa nos rompería las alas…

Podemos ser lo que queramos, si somos capaces de abrir las ventanas y unirnos a la lluvia.

Si dejamos el paraguas de la rabia cerrado y salimos a buscar un rayo que nos parta porque tal vez nos devuelva la vida.

Pero… No lo haremos porque yo he superado  tu ausencia y tú ni siquiera te has dado cuenta de que ya no estoy.

No uso besos prestados, ni caricias alquiladas.

No vendo carne fresca esperando calor de segunda mano.

No necesito más compasión que la que regalo a quién la necesita.

No quiero más medalla que este corazón que ocupa mi pecho y late con ganas.

Visito tu tarde y está hueca.

Sé que tú sueñas con que la llene con mis versos sin rima y mis pies pequeños, pero yo no he nacido para suplir ausencias.

Ya no…

Sé que me buscas porque estás triste y cuando te vuelva la risa, me negarás la palabra y preferirás una sirena…

Y yo soy demasiado gigante para ocupar un el diminuto vacío que ha dejado en ti quién sea.

Visito esta tarde contigo y apago las luces para no ver y poder imaginar que nada fue.

Para que el vals sea lento y la noche llegue sin avisar y nos pese el silencio como una losa gigante.

Para que no me importe si vas o vienes, porque ya no tengo que esperar tus caricias ni leer tus miradas.

La lluvia me recuerda que somos sólo un episodio en una serie que ya no ve nadie. Y ahora noto que ya no tengo miedo a ser nada que te moleste.

Te visito de recuerdo y te encuentro tan roto que me doy cuenta de que la entera ahora soy yo.

¿Sabes? El desamor no es tan amargo cuando se toma conciencia y se elige comprender.

Y las bestias no son tan terribles cuando descubres que estás de tu parte cuando se ponen fieras y buscan tu cuello.

No eres mi amigo porque no sabes guardar secretos ni contener tempestades.

No eres mi héroe porque ya hace tiempo que la que ostenta los superpoderes soy yo…

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Viviendo en alma ajena…


Sabes amiga, has perdido demasiadas noches imaginando si pensaba en ti o te soñaba. Has vivido sin notar que vivías con la mirada perdida en el paso de las horas esperando un mensaje o una llamada…

Atada a una idea, a un sueño, a una angustia que te comprimía la garganta. Sujeta a la necesidad constante de estar perfecta para que surja el milagro, para superar un listón absurdo, para llegar a una meta efímera… Para poder soportar habitar un cuerpo que a veces crees que no te pertenece.

Te has encogido por dentro como una hoja seca, te ha quedado el alma hidrofilizada… Te has contenido tanto porque no te sentías cómoda en ningún sitio, que ahora que te das cuenta de que ya no lo soportas no sabes encontrar la puerta para salir de tu destierro voluntario.

Quemaste tus sueños y los reemplazaste por otros, más asequibles, casi prestados, más adecuados para alguien como tú, que se creía pequeño y frágil. Que se sentía cobarde y sin brillo… Que se moría por ser otra cada mañana al despertarse y acababa topando con la mujer del espejo a la que no sabía amar.

Y ahora, cuando te echas a volar y descubres que eres fuerte y puedes con todo, revisas tus metas y te parecen diminutas. Y miras a esa mujer y quieres abrazarla.

Has vivido en alma ajena. Esperando señales absurdas para pensar en ellas durante mil horas y darles la vuelta cien veces hasta que perdían el sentido, hasta que te arañaban las entrañas y hacían jirones tus momentos dulces.

Has aceptado que te colgaran etiquetas y te llamaran por otros nombres que no son el tuyo. Has aceptado un amor a medias y has dicho sí a quedar colgada de una cuerda imaginaria para ser migaja cuando en realidad eres el banquete.

Amiga, has vendido tus ojos enormes a precio de pequeñas canicas y tu sonrisa deliciosa por una tarde de besos presurosos. Te dieron rocío por lluvia y abrigo por promesa de amor. Te pidieron el mundo y a cambio te regalaron un vacío enorme que se alojó entre tu pecho y tu espalda y ahí sigue sin calmar cuando hace viento y estás cansada.

Caminaste por la cuerda floja porque pensabas que te seguirían y a medio camino descubriste que te habías quedado sola… Aullaste a la luna llena, como una loba parda, esperando una respuesta que nunca llegaba.

Soltaste el paraguas y desnudaste tu alma y luego te diste cuenta de que otros estaban bajo techo y con la ropa puesta. Compraste un cuento chino y lo quisiste transformar en una esperanza.

Tragaste promesas que no eran promesas, pero se parecían tanto y sonaban tan bien que necesitabas quedártelas y abrazarlas.

Trazaste un mapa y llevaste el equipaje más pesado y luego descubriste que estabas sola.

Te volviste loca por una camisa blanca…

Lloraste tanto que se te cayeron todas las hojas y se te cerraron todas la ventanas.

La hiedra se enredó en tus pies y creíste que estabas atrapada en ese mar de angustia esperando un beso falso y una risa congelada. Una de esas risas que se usan para no sellar las promesas con palabras, no aguantar la mirada ni reconocer la cobardía.

Amiga, te has cansado de esperar a que te vean maravillosa. Y ahora te das cuenta de que eres demasiado grande para meterte en una caja… Que pisas con demasiada fuerza para transitar un camino de barro…

Que vuelas demasiado alto como para que te preocupen las nubes y las miradas que buscan socavar tu esencia.

Que te sobra calor como para rechazar abrazos vacíos y noches amargas… Que no necesitas guardar ninguna ausencia ni esperar a nada que no lleve a nada.

Sin embargo, cuando la tarde es fría, recuerdas. Los pensamientos no pueden atarse, ni amarrarse y las emociones maravillosas y desbocadas son a veces nuestras enemigas más bárbaras y crueles.

Entonces, imaginas, hueles, recuerdas, saboreas y luego rechazas medio loca.

Ya no lo necesitas, pero crees que sería maravilloso tenerlo, sentirlo, notarlo…

Y esa mujer que eres ahora te coge por los hombros y te dice que ya basta… Que te sobran fuerzas para hermosear tu vida, que te sobran alegrías para bailarla… Que te sobran sueños a tu medida para llenarla y que tú misma fabricas tus días…Que el príncipe azul que esperabas eres tú…

Ya no te escondes porque no lo necesitas y porque no cabes ya en tus viejos refugios de lágrimas y quejas.

Tus ojos enormes valen un reino entero con sus ríos y sus montañas. Tu sonrisa deliciosa es carísima para los que quieran ahogarla.

Ya no habrá más hojas secas, ni ventanas cerradas, ni hiedra que te sujete los pies cuando quieras avanzar.

Callará la loba parda que aullaba desesperada a una luna ausente.

No habrás más noches buscando excusas para seguir encadenada a un amor de porexpan.

Nunca más vivirás de sombras, ni de sobras.

En tu mundo ya no caben los besos falsos ni las risas congeladas.


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Sola


mujer-otono

Estaba tan sola, que sólo la miraban los cerrojos de las puertas y la acompañaban los búhos imantados de la nevera.

Tan sola que notaba los bocados del viento frío en sus piernas cuando se quedaba dormida ante la ventana y sus ojos tristes atraían a las hojas secas del otoño que flotaban perdidas en el aire…

Tan sola que la niebla se le había metido en los pliegues y era capaz de percibir en su piel el olor fresco de la hierba mojada.

Soñaba que conversaba, que reía, que alguien curioseaba en su nuca esbozando un beso dulce, una mañana de domingo… Que alguien la miraba mientras cruzaba el parque surcado de hojas ocres un martes por la tarde cuando el sol se ponía y su mente volaba.

Soñaba que corría apartándose las ramas de los árboles y que tomaba aliento ante una fuente de piedra donde una madre le acariciaba la cara a su hija y apartaba de su frente un mechón de cabellos amarillos. Soñaba que podía retenerlas en su memoria para echar mano de ellas y de su felicidad inmensa cuando volviera a esconderse en ese zulo interior donde todo es siniestro o está marchito…

Soñaba que alguien se quedaba para poder ver su rostro cuando llegara la mañana y encontrarla despeinada.

Aunque era sueño, era bruma… Porque estaba tan sola que notaba el vaivén de las olas de un mar antiguo que hacía eternidades que no pisaba.

Era tan fuerte que sólo podía romperse desde dentro.

Era tan frágil que podría desvanecerse si una ráfaga de viento le trajera a la memoria un nombre inadecuado, proscrito, oscuro, sombrío…

Eran tan hermosa, que su belleza era un secreto y su beso un rezo que susurrar a oscuras.

Acumulaba una pena dulce en su boca amarga.

El otoño entraba en su pecho y el lecho de hojas rojas y ocres inundaba su cama solitaria…

Con ganas de salir aunque sea para entrar en otro marasmo.

Con ganas de romper aunque le suponga romperse…

Con ganas de cambiar aunque sea para mal, aunque acabe dándose un golpe de realidad y le queden los dientes en una carretera imaginaria y deba pagar un peaje inasumible.

Con ganas de rumba, aunque no suene nunca rumba. Con deseo de furia para liberar toda la rabia contenida en su garganta silenciosa y abnegada…

Con ganas de probar aunque el sabor sea acerbo y la textura áspera.

Estaba tan sola que podía oír el eco de su respiración… Tan sola que sólo la abrazan las sillas y la acarician las sábanas. Sus labios de flor común no buscan más besos que las palabras y bailan tristes suplicando plegarias repetidas y gastadas.

Tan cansada que le pesan las pupilas. Tan triste que ya no le quedan lágrimas.

Tan helada que sólo la traen a la vida las tazas de café.

Abre la ventana. Un hilo de aire helado de este otoño amarillo se cuela en su blusa y dibuja un escalofrío en su espalda… Tan suave como una mano soñada, tan lúgubre como una tarde de lluvia eterna ante una historia triste en una novela que no se acaba…

Tan sola como una playa desierta o una rosa roja entre un puñado de rosas blancas… Tan desgajada del mundo como una nube perdida en una cumbre  o una encina centenaria.

Tan mustia como el tallo desnudo de lo que fue una flor en un jarrón olvidado.

Tan rotunda como una luna eclipsada y roja… Tan desesperada, que no tendría reparos en tomar sonrisas prestadas.

Tan encogida, que nadie le habla por si no existe. Aunque suplique ser bendecida por las palabras…

Y justo cuando ya no lo soporta,  mira a lo lejos, en esta tarde que acaba… El último rayo de sol dibuja una sombra y le devuelve una brizna de esperanza… Tan amarilla como este otoño amarillo y caprichoso. Tan tenue que se abalanza para agarrarla por si desaparece.

Entonces, lo sabe… Vive porque imagina, porque sueña, porque es capaz de sentir intensamente y volar de recuerdo. Porque no deja la mente quieta ni se da por vencida nunca, aunque la arena se convierta en piedra y el agua sea plata… Porque después de llorar, se lava la cara y esboza una sonrisa falsa para tomar aliento… Por si el gesto llama a la alegría… Porque está segura de que encontrará al forma de salir de este acertijo…

Sabe que no puede controlar el otoño, ni las hojas que bailan. No puede convertir la indiferencia de otros en cariño, ni llenar su habitación vacía. Todo lo que excede de su perímetro, escapa a sus deseos… Aunque, a partir de ahí,  en su reino, en su cabeza y en su pecho, ella es la que manda… No puede cambiar sus ojos pero si decidir cómo son sus miradas y a qué las dedica.

Lo sabe. Sabe que, a veces, sobrevive porque tiene un mundo interior enorme donde todo es posible si lo sueña e imagina. Porque sabe inventarse momentos felices de la nada y tragarse realidades crudas con un pedazo de pan y una pizca de magia…

Porque un día de estos encontrará la manera de darle la vuelta a todo y conseguir que la marea que ahora la arrastra la empuje a la orilla, y tomará toda su tristeza acumulada para fabricarse un paracaídas.

 

 

 


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La bestia ya no soñaba


Estaba la bella y estaba la bestia. Ambas eran hermosas. Se acariciaban con palabras pero no se tocaban jamás. Pertenecían a dos mundos separados. La bella se debía a su circunstancia, su hermosura extrema, su elegancia… Su mundo perfecto. La bestia era parda y legañosa, tenía la beldad de las bestias, una fiereza enérgica que le daba presteza y fuerza… Pero era animal. Era pelaje y furia. Era un pedazo de naturaleza contenido en forma difusa. Adoraba a la bella. La quería tomar entre sus garras y notar como la sangre le sondeaba las venas, el calor de su piel dulce y suave… Sus labios mojados. Quería decirle que era suya por entero, que le pertenecía toda su casi humanidad y sentimiento, pero no podía. La bella hubiera huido despavorida, hubiera gritado de pánico al soñar mecerse en sus fauces. La bella era otra materia, otro sueño, otra atmósfera. La bestia era inmunda. Era grandiosa, majestuosa, pero bestia. Y sin embargo, la bella apreciaba su ingenio y calidez, su risa loca, sus ideas… pero no nos engañemos… Era bestia, eso se paga, con la indiferencia. La bella era etérea, era pura pero sabía poco de corazón y mucho de risa. Vivía en un mundo aparente, selecto. Dormía en lecho de rosas y perfumaba el aire a su paso. Era fruta deliciosa sujeta a un árbol gigante, era presa suculenta pero inalcanzable. La bestia la miraba con ojos de cachorro triste. Olisqueaba sus cabellos casi blancos y brillantes y procuraba respirarle cerca para compartir un poco de su aire. La bestia adoraba a la bella y la bella, no lo sabía, pero necesitaba a la bestia. Necesitaba su abrazo tosco, su ademán sincero y su corazón caliente. En sus garras afiladas, que jamás podrían dañarla, era feliz. La bestia la completaba. Era aire fresco en un reducto de aire viciado. Era nada apariencia y todo fondo. Esencia pura, amor real, amor básico. Fuego y arena. Cobijo y sustancia. La bestia lo notaba. Podía adivinar un pequeño atisbo de amor en los ojos de la bella, cuando le hablaba. A pesar de sus desaires y sus indiferencias, en algún momento, al cruzar las pupilas, le había parecido que su mirada le decía “no me importa que seas bestia, bestia” y a su vez la bestia le correspondía diciendo “a tu lado casi no me importa ser bestia, bella”. O lo había soñado…

La bestia ya no soñaba. Algunos sueños duelen.