merceroura

la rebelión de las palabras


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Debate de marionetas tristes


Vi ayer un debate insulso, de cinco marionetas; muy toscas, muy tristonas, muy aburridas.

Intentaban venderse, muy barato por cierto,  pero no lo conseguían.

Repetían frases que llevaban escritas por personas que se dedican a preparar sentencias impactantes, de esas que te tocan y conmueven. Las frases eran buenas. Hay asesores de marionetas muy buenos, mucho.

Sin embargo, la marionetas están desgastadas, cansadas, con las junturas endurecidas. Salen poco de la caja, sólo en ocasiones especiales. No pisan suelo, no ven casi calle… calle de la nuestra, donde se corren riesgos y se ensucian los pies… siempre pisan sobre alfombra roja y han perdido el paso. Se les han quedado los ojos vítreos y el gesto avinagrado en las comisuras de los labios y el maquillaje espeso potencia sus caras de pánico.

No transmiten. No callan, pero no dicen nada. No parece que tenga alma, su cuerpo talludo y artificial no tiene gracia. Intuyo que sus ojos sin vida buscan los míos. Intentan arañarme el alma y dejar huella en mí, de forma burda. Dicen que me quieren, que les importo, que van a ayudarme si les mantengo en escena… pero noto que no se lo creen o que no saben cómo hacerlo.

Alguna de las marionetas no me disgusta del todo. Lo reconozco. Fue humana, lo sé. Tiene algún destello de vida, de vez en cuando, pregona un remanente de algún tiempo en el que se dejó llevar por la pasión y creía en aquel discurso. La miro, pero el atisbo de vida en sus ojos se funde hacia un gris decadente y sus pupilas se convierten en botones.

Las frases son las mismas siempre. Muy buenas, sí, pero repetidas hasta saciarse de ellas. Las oí ayer cuando las marionetas visitaban distintos lugares de la geografía española. Las dicen con la misma cadencia y poniendo énfasis en las mismas palabras y, aún así, no se las creen. Lo huelo. Es un hedor falso. El fieltro agarra mucho polvo y se endurece con el tiempo.

Noto que ya no se creen nada y notan que lo noto.

Y sus gestos estudiados y mecánicos denotan nerviosismo, desesperación… podrían dejar su lugar en el teatrillo.

Lo veo, sufren. Y, a pesar de todo, no transmiten nada, siguen sin ser humanos.

No sufren por mí, sufren por su estatus de marioneta triste.

Son marionetas cansadas y asustadas. Su mundo se agrieta, se rompe.

Acaba la función y caen bajo una trampilla. Quien maneja los hilos las guarda. Mañana cambian de escenario, el guión es el mismo.