merceroura

la rebelión de las palabras


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Lidera tu vida


No podemos pasarnos la vida culpando a otros de los que nos pasa. No somos lo que nos pasa, somos la forma en que lo afrontamos y lo vivimos. No somos nuestros miedos, somos la manera en que nos enfrentamos a ellos. Somos las palabras que usamos y todas y cada una de las quejas que nos repetimos cada día. Es la hora de no cerrar nuestra mente y tomar las riendas, gestionar nuestras emociones y sacarles partido, porque todas nos traen algo positivo, aunque duelan o asusten. Ha llegado el momento de responsabilizarnos de nuestra felicidad y nuestra vida y dejar de culpar a las circunstancias. Lidera tu vida porque si no la liderarán otros.

 

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Yo no quiero la culpa


No es culpa de nadie. Nada lo es. La culpa no existe, nos la inventamos para fastidiarnos, porque nos encanta boicotear nuestras vidas e impedirnos ser felices… Porque cuánto más asustados estamos más solidas son las barreras mentales que construimos.

La culpa es sólo un fardo inútil que decidimos cargar en un mal momento. A veces, la cargamos por iniciativa propia, otras porque algunos estaban cansados de llevarla en su equipaje y necesitaban repartir ese peso atroz o eliminarlo y deciden pasárnosla. Aunque la decisión de asumirla o no es siempre cosa nuestra, nadie nos obliga a nada o no debemos pensar que lo es. Muchas veces, nos la pegamos a la espalda y la arrastramos incluso cuando el alma nos pide tregua, a sabiendas de que nos amedranta el ánimo y nos carcome las ilusiones. Aún cuando duele tanto su peso que nos amarga esos momentos hermosos que nos salpican los días…

La culpa es avariciosa, se instala en tu pecho y se va haciendo gorda, rotunda, gigantesca. Se alimenta como el odio de emociones negativas acumuladas, esas que esperan que les demos un vistazo  pero que no queremos recordar, que no queremos mirar a la cara ni estudiar porque duelen.  Devora todo aquello que nos asusta y decidimos no sentir ni racionalizar, lo que no aceptamos ni maduramos, lo que no queremos afrontar… Se cuelga en nuestros ojos y hace que los párpados queden eternamente caídos. Anida en nuestras manos y las deja muertas… Se nos columpia en los brazos y ya no ajustan cuando abrazan. Nos redibuja los labios y los pone mirando al suelo y hace que el asco viva en nuestros pensamientos… Lo impregna todo, lo censura todo, lo invade  todo de ideas lúgubres y pasos perdidos.

La culpa es una correa, una losa atada a una cuerda, un corsé que te oprime el pecho. Es una bocanada de aire sin oxígeno, un habitación oscura de la que nunca crees poder salir… Un universo perfecto en el que jamás puedes equivocarte ni ensuciar nada… Un suelo repleto de raíces que te engullen tus pies…

Y nos culpamos por todo. Por no ser cómo creemos que deberíamos ser. Por no ser cómo otros creen que deberíamos… Por no llegar, por no querer, por querer demasiado… Nos culpamos por decir que no y por decir que sí. Por decidir y por postergar. Nos culpamos por no destacar y por destacar demasiado. Nos culpamos por atacar, por huir y por quedarnos paralizados. Cuando en realidad, lo que nos falta es comprendernos, aceptarnos, conocernos.

Sin embargo, en el fondo, no hay culpa. Es algo inútil. No tiene sentido, ni sirve para nada más que para causar angustia y dolor. Nadie la tiene y nadie la lleva. Cuando decides preguntar por ella y hacer el ejercicio de sentirla para analizarla, se desvanece, se esfuma, se licua y cae sin ver a dónde va.  La culpa no es más que una mala versión de nosotros mismos esperando una colleja, una revisión, una reparación. Basta un simple ejercicio para dejarla sin vida, para fulminar su voraz hambruna por controlar nuestros pensamientos. Basta con nombrarla en voz alta, airearla y ponerle un nombre para que desaparezca.

Cuando llevas el timón de lo que sientes y de lo que te duele, cuando haces revisión y preguntas qué falló y lo aceptas, te aceptas a ti mismo y decides mirar al futuro y notar el presente en lugar de regodearte en el pasado y quedarte encogido por el miedo… La culpa vuela.

No hay culpables, hay personas que se responsabilizan de lo que sienten y de lo que hacen y personas que no saben cómo o deciden esconderse.

No sirve nada cargar culpas ni cargárselas a otros.  No sirve de nada acrecentar nuestra rabia por lo que otros han hecho y cargarles el peso de nuestro dolor. A veces, las personas hacen cosas que nos perjudican porque no saben más, no pueden o creen que no pueden, porque no están preparados para hacerlo mejor… Algunos atacan porque tienen miedo otros porque no conocen las palabras suficientes para dialogar…

Mejor soltar esa carga, aligerar el paso, pensar cómo resolverlo, cómo arreglarlo, cómo vivir con lo que hemos aprendido y respirar. Dejar de castigarse, ser responsables de nuestras vidas… Los culpables arrastran su culpa. Los responsables escogen el camino. Deciden cómo reponer su falta, cómo superar el bache y asumir lo que conlleva… Cómo responder y dar la cara, saltar el obstáculo y crecer con él.

Cuando culpas a otras persona de lo que te pasa le das riendas de tu vida, le concedes poder sobre tus emociones y sentimientos… Le permites decidir qué te molesta y qué no, qué te duele y qué te hace feliz. Cuando te culpas a ti, permites que tu pasado aniquile tu futuro y corrompa tu presente. Te privas de escoger, de sentir, se vivir, te condicionas, te atas.

Afloja las correas que tú mismo te ciñes a la conciencia.  Disculpa tus errores y construye con ellos una balsa que te permita salir de este pantano cenagoso.

No hay culpas, hay posibilidades, hay oportunidades, hay responsabilidades. No hay culpables, hay quién mira adelante y quién se obsesiona con mirar atrás. Hay quién vive atado y quién vive libre…

Hay quién decide arrastrarse para siempre y llevar un estigma y quién sabe perdonarse y perdonar.


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Soy culpable de la crisis


Lo ignoraba hasta ahora, pero una compañera de trabajo me lo dijo el otro día. Es culpa mía casi todo. El número de parados, el despilfarro de la gestión pública, el cierre de empresas… y todo porque me compré un piso y tengo una hipoteca. Según parece me tenía que haber conformado con un alquiler pero mis ansias de consumismo feroz me llevaron por el mal camino. A mí y a algunos de vosotros, que os llegasteis a creer con el derecho de ser propietarios, que andábais por ahí comprando queso Brie y teníais seis pares de zapatos. Vuestras ínfulas de grandeza y las mías nos han llevado a la quiebra absoluta. ¿Os pensábais que érais casi clase media? ¿hasta dónde creíais que íbais a llegar cenando una vez al mes fuera de casa?… por si no os ha quedado claro, seguro que sí a estas alturas de la crisis, se acabó la broma.

Vuestra fiesta duró poco. Ya nada va a ser lo que era. Incluso cuando esta crisis eterna termine, nada será lo mismo. Las cosas volverán a su sitio. Los ricos continuaran en el suyo y nosotros en el nuestro, bastante más abajo de donde nos creíamos que estábamos.

Mi compañera dice que nos dejamos cegar por los bancos. Nos pensamos que podríamos pagar y ahora nos han puesto en nuestro sitio. Poco importa que su alquiler mensual sea más caro que mi hipoteca y que yo, como muchos, nunca me pasara consumiendo… hemos pecado de inocentes, de ignorantes y de pobretones venidos a más con aires de clase media.

He oído ese discurso muchas veces. Esta mañana en la radio un tertuliano con la vida resuelta criticaba a las mamás que iban a buscar “hasta hace cuatro días” al nene al cole con un Golf. ¡Qué barbaridad! ¿qué se creían? Y los que aprovechando el cambio euro-dolar hace pocos años había ido a New York y se habían comprado unos cuantos jeans… ¿pero esto qué es?

Según el tertuliano los cosas no estaban en su sitio y esta crisis las está colocando. Teníamos demasiados derechos y los pobres habíamos creído que todo el monte era orégano. Estos años de reprimenda colectiva nos servirán para recapacitar y darnos cuenta de que nos habíamos pasado de rosca, estábamos a punto de cruzar la linea roja que separa las clases… volvemos al otro lado de la barrera, nunca debimos abandonar nuestro puesto… ahora nos quedaremos en casa viendo telebasura y como mucho iremos al pueblo en vacaciones a exprimir a la familia… pagaremos penas usando el transporte público que va de pena porque el dinero para mejorarlo se invirtió en kilómetros de AVE y aeropuertos desiertos y nada transitados. Rebuscaremos en el bolsillo para darnos el festín de tomar un café en el bar de la esquina tentando a la suerte… si nos pilla nos deja un mes más sin probar Coca Cola (el único vicio que nos queda que no es de marca blanca) a purgar culpa!

Un poco más y casi nos creemos que somos alguien.

Me han abierto los ojos. Mientras escribo esto, me flagelo… Además debe de ser cierto porque los que me lo dicen son progres… aunque cobran mucha, mucha pasta cada mes, son lo que yo llamo pijos de izquierdas. Poseen la verdad absoluta y si te descuidas, te dan lecciones de solidaridad e ideología.

¿Los partidos de izquierdas han abandonado al pueblo? Ufff! No sé por qué pregunto, la culpa me corroe y no tengo ya ganas de nada.