merceroura

la rebelión de las palabras


4 comentarios

Un solo corazón


heart-2041866_1280

“No se puede tener un corazón para el amor y otro para el odio” eso leía en voz alta Luís Castellanos dando voz a Svetlana Alexievich el pasado jueves hasta que me saltaron las lágrimas… Nada tan cierto, la vida es tomar decisiones. Decidir si estás aquí para construir o para destruir, si te apuntas a perdonar o a mantener viva esa llama que todo lo devora cuando el rencor te llena… Si quieres ceder o tener la razón en la soledad más absoluta, si te resistes a lo que es o te dejas llevar a ver qué pasa… Me dijo Luís el otro día (tuve la suerte inmensa de comer con él y con otras personas maravillosas) que todo está en la mente. Si tengo que decir la verdad, a pesar de estar muy de acuerdo, yo siempre he creído que hay algo más (tal vez la forma más apropiada de expresarme sería decir que he sentido, porque lo que creo quizás forma parte de esa gran inventora que hay en mi cabeza y que a veces por la noche me cuenta historias para no dormir y me las creo). Y quería hablar de ese algo, de lo que siento, aunque tengo que decir que eso tal vez sea una invención más de mi mente imparable que siempre maquina.

Todo es mente. Si creo que es posible, lo es… Aunque eso no haga que pase, no todo pasa, ya lo dije y ya me da igual que algunas personas se enfaden, les deseo lo mejor incluso si  todavía no lo han pensado o imaginado, igualmente no depende de mí, mis palabras no pueden abrirles o cerrarles puertas, tan sólo lo que ellos hagan con mis palabras lo hará… Aunque para que exista primero hay que imaginarlo, cierto. Hay que hacer los planos y comprar la idea ahí en tu cabeza, hay que creer que somos capaces e ir a por ello. La primera parte de esto es la más importante, la otra, una vez crees, llega casi sola…

Lo que sucede es que todo lo imaginamos desde una mente dormida, una mente que mira y no es capaz de inventar porque se niega a sí misma lo que es, su capacidad para crear, para ver, para imaginar algo más de lo que se sale de la rutina… Dibujamos con el mismo lápiz en nuestra cabeza a pesar de tener todo el estuche de colores… Creas lo que crees, dicen, pero es que crees que hay poco, que está sucio, que no sirve, que es feo, que jamás llegarás… Creas lo que crees a partir de como te ves a ti mismo… Y el mundo que nos rodea se convierte en una imagen fiel de lo que no nos damos ni permitimos. El más cruel y necesario de los espejos…  Uno vive a través de lo que se imagina que es, lo que ve, lo que percibe. Hace un rato decía María Jesús Giménez Caimari en Facebook, de forma acertada, desde mi perspectiva mental y parcial seguramente,“escribes “me gusta la lluvia” y hay gente que piensa que escribes eso porque a ella no le gusta la lluvia. Porque estás ofendida, porque le envidias, porque yo que sé. Hay gente que ve daño en un “no me gusta el café”. Y es verdad, mi verdad, vemos la vida a través del embudo de nuestras creencias y lo que pensamos que es acaba siendo para nosotros… No es que sea, es que así lo percibimos. Cuando sales a la calle ofendido con la vida todas las personas con las que te cruzas te ofenden, aunque te sonrían y atraes toda ofensa posible… Y esto se puede explicar desde la psicología, desde la antropología, desde la física cuántica, desde la espiritualidad y desde las recetas de mi abuela que decía eso de “tú tómatelo todo con buena cara, niña”.

Vamos por la vida sin sentir lo que somos y lo que llevamos almacenado dentro y necesitamos sacar toda esa basura que llevamos agolpada, esperando turno para ser vomitada, quemándonos las garganta, el pecho, el estómago, retorciéndonos los dedos de las manos… Y si no sale, pudre, quema, araña, explota, supura… Y vemos a alguien que sonríe y nos duele su sonrisa porque no es la nuestra… Y vemos a alguien que llora y nos llora porque nos recuerda que tenemos tanto llanto acumulado que ya es insoportable…

¿Sabéis una cosa? A veces, cuando me dicen que estoy guapa me rompo por dentro porque me ofende, me golpea, me aturde… Porque no me siento guapa y creo que no puede ser verdad, que se ríen de mí, que esperan que lo sea y les decepciono … Aunque cuando lo dice un buen amigo, te das cuenta de que eso no puede ser y entonces una marea de lágrimas me sacude por dentro y me siento en una tierra de nadie en la que noto que el mundo ve algo en mí que yo soy por ahora incapaz de percibir… Comos si estuviera desnuda por más que me cubriera, como si nunca hubiera llevado la máscara que hace tiempo me puse para poder sobrellevar mi absoluta imperfección. Como si no tuviera más remedio que enfrentarme ya con la insufrible verdad de que me queda mucho recorrido por hacer en mi interior hasta llegar a mi esencia.

Vemos el mundo tal y como nos han dicho que era, como lo construimos a partir del dolor que almacenamos, a través de las rendijas que nos deja libre nuestra mente asustada y atada a las creencias. Es ella la que hacen que nuestras pupilas se posen en el dolor y no en la belleza y vean la ofensa y no la sonrisa… La que hace que vean mis lágrimas en lugar de las lágrimas de los demás.

Si ignoras tu dolor te conviertes en una ser incapaz de comprender el dolor de los demás. Si no te escuchas, te conviertes en un ser incapaz de escuchar… Si no hurgas en tu basura, cada persona a la que mires te recordará ese trabajo pendiente… Vemos lo que creemos ser y lo que llevamos tiempo escondiéndonos esperando a que no sea, a que desaparezca…

No va a desaparecer. Se hará más grande, más intenso, más omnipresente. Lo invadirá todo hasta que no te quede más remedio que aceptarlo y acurrucarte a su lado y descubrir que no eres eso… Que no hay ofensa sino en tu necesidad de sentirte ofendido porque te crees digno de serlo… Porque no te amas suficiente. Porque llevas demasiado tiempo esperando el momento oportuno para hacer los deberes.

Yo también lo hago. Me aparto para más tarde. Me olvido de mí. Me invado la vida con esa sombra, con esa basura pendiente porque no me siento con fuerzas para enfocarla, para poner luz en esa oscuridad, para abrir la puerta de mi habitación de los recuerdos que arañan y salpican… Y mientras, me arrastro malviviendo sin ser, sin notar, sin ver el amor porque el rencor se me come las buenas ideas… Porque mi basura por revisar y tirar pesa demasiado ya y huele cada vez peor.

Si no sientes lo que tienes pendiente no piensas con claridad.

Si no piensas con claridad no creas nada hermoso.

Piensa sin culpa porque te has liberado de esa culpa. Piensa sin ataduras porque has descubierto que no te las mereces.

Siente lo que tienes pendiente y revisa tus creencias porque necesitas darte la oportunidad de mirar a la vida como lo que es, no como lo que esperas, no como te ves a ti.

Vemos a los demás como nos vemos a nosotros y una vez definimos esa versión de lo que somos, nos limitamos a esperar que no vida nos la ratifique y siempre lo hace, claro, porque el parámetro que usamos para medir su respuesta es el mismo embudo con el que miramos la primera vez…

Y toca decidir. Si somos lo que creemos que vemos o nos permitimos mirar más allá, si nos concedemos el honor de abrir la mente que todo lo crea y nos creamos una puerta grande por la que salir de nuestra oscuridad.

Y creer que cuando te dicen que estás guapa, en algún universo posible, esa persona te ve así y quiere que lo sepas y lo sientas… Y que en algún momento, cuando seas capaz de abrirte a ese universo que no es el que habitas sino el que otro ha imaginado podrás entrar en él y quedarte si quieres.

Y no hará falta que la sonrisa que ves sea para ti, ni ofensa ni reconocimiento, tal vez no sea nada, pero podrás escoger. Y cuando veas a alguien llorar, puesto que habrás encontrado el dolor que llevan impregnado tus propias lágrimas, podrás ver al que llora con la compasión que merece sin que su llanto seas tú… Y podrás elegir si va contigo o no…

Nuestra mente está ahí para que sobrevivamos pero nos juega malas pasadas como una madre superprotectora que no nos deja salir a jugar con el patinete porque el suelo está mojado o la madrastra que no nos permite ir al baile… Pero nosotros no somos nuestra mente y podemos decidir si nos quedamos con esa versión de la historia o nos abrimos a vivir otras versiones… Y eso no se consigue, creo yo desde mi mente que sueña con abrirse, sin sentir lo acumulado y remover lo que tanto nos asusta. La consciencia necesita de todo lo inconsciente para liberarse y permitirse vivir sin ataduras.

Para pensar hay que sentir.

Y una vez pensamos libremente, podemos decidir con qué corazón vivimos… Porque “no se puede tener un corazón para el amor y otro para el odio”, sólo tenemos un corazón… Tú decides para qué lo usas.

 

¿Estás harta ya de pelearte con la vida? Echa un vistazo a mi libro “Manual de #autoestima para #mujeres guerreras” aquí.

Anuncios


2 comentarios

Si crees que no lo mereces, al final, será cierto


hombre-colgado

Hace un tiempo que le doy vueltas…  Siempre he pensado que todas las personas merecemos lo máximo, que debemos hacer lo imposible para estar bien y que nuestro día a día sea feliz.  Creo firmemente que tenemos que luchar para que nuestros días sean del todo nuestros, propios, maravillosos… Que están llenos de lo que nos hace vibrar y nos llena de vida…

Sin embargo hay situaciones en la vida en las que te pasan cosas que te doblegan y dejan hecho hatillo, algunas de ellas duran sólo un momento, otras se repiten cada día en una especie de rutina dolorosa que nos deja exhaustos y atormentados.

Nuestro cuerpo no está preparado para esta ansiedad continua, ese dolor sin tregua que nos va lacerando por dentro hasta que nos sentimos distintos, pequeños, reducidos…Y puesto que nos sentimos pequeños, acabamos siéndolo.

Tragamos esa amargura día a día, como si fuera una medicina necesaria, como si nos pusiéramos un antifaz para no ver esperando no sentir. Nos abonamos a la tesis de que sufrir es normal, que no importa… Porque nos han educado para sentirnos mal por vivir, por disfrutar, como si cuando nos sentimos bien y soñamos con más, un castigo terrible fuera a enviarnos un rayo que nos parta en dos… Nos han hecho creer que debemos sentirnos culpables por no sentirnos culpables por algo… Y vamos por la vida buscando razones para apenarnos y, como la vida ya nos trae algunas por sí sola, a las que nos vienen dadas se añaden las que hemos atraído mientras nos sentíamos mal por existir, por desear tener una vida plena.

Lo que me lleva a darme cuenta de algo, que es a lo que le doy vueltas.  Al final, si vives una situación muy dolorosa que podrías evitar tomando decisiones y no lo haces… Es duro pero acabas mereciéndotela. Lo digo con cariño y pienso que no es irreversible. Creo que todos merecemos lo mejor, pero también pienso que cuando aceptas cosas que rebajan tu dignidad porque el esfuerzo por cambiarlas te da pereza o miedo o te supone cambiar demasiado, acabas tan reducido, tan vacío, tan agotado, que consigues merecerlas.

Tu cuerpo cambia para merecerlas…

Tu alma cambia para merecerlas…

Tu sustancia cambia para merecerlas…

Se te cambia la cara, el gesto, se te amarga el día a día. Te transformas. Igual que tus sueños más maravillosos te transforman y cambian, igual que tus metas y tu lucha por conseguirlas te hacen grande, inmenso… Tus pesadillas entran en ti y hacen un agujero en tus entrañas, se te instalan en ellas y empiezas a obedecer sus leyes.

Pienso que tus sueños te hacen más capaz de conseguirlos… Y en consecuencia, tu resignación también obra en ti los cambios necesarios para que vivas con ella. Te reduce la capacidad de darte cuenta de lo mucho que vales y a lo que puedes aspirar, para que te adaptes… Y luego te recubre de ignorancia para que puedas soportalo…

Somos también lo que aceptamos. Lo que tragamos. Cuando nos encerramos en un reducto oscuro, nos encogemos. Cuando decidimos que vamos a salir al mundo a mostrarnos, nos expandimos, nos dilatamos, nos convertimos en seres enormes y sin medida.

Cuando aceptamos dolor a cambio de nuestra sonrisa nos convertimos en seres opacos y tristes. Cuando no nos conformamos y luchamos por lo que realmente merecemos, brillamos con fuerza… Cuando agradecemos lo que tenemos y hemos conseguido volamos. Cuando maldecimos lo hermoso que hay en nosotros y no vemos nuestro talento vamos a ras de suelo.

Nos acostumbramos a todo, incluso al dolor. Nos acomodamos a él y nos deformamos física y emocionalmente para soportarlo. A veces, fingimos que no lo sentimos, pero siempre está si no decidimos apartarnos de él cuando podemos.

Un día dije que si soñamos algo es porque lo merecemos. Ahora pienso, es duro la verdad, que cuando dejamos de soñarlo y creemos que no lo merecemos, algo en nosotros capta el mensaje y nos hace diminutos como seres humanos… Algo hace que bajemos escalones en nuestra evolución personal y acabamos creyendo que no merecemos nada… O peor aún, que merecemos sufrir.

Si de pequeños nos hubieran metido en una caja, hubiéramos crecido dentro de ella, nos hubiéramos adaptado a su forma, a sus huecos, nos hubiéramos transformado por dentro para permanecer en ella…  Seríamos dignos de la caja cuando, en realidad, somos enormes, y podríamos crecer hasta superar nuestros límites.

Cada vez que nos resignamos, menguamos. No es que nos convirtamos en seres inferiores, eso nunca, es que perdemos el brillo, perdemos el hilo que nos une a esa parte maravillosa que tenemos y que nos ayudaría a salir de la caja… Nos olvidamos de nosotros mismos y perdemos el mapa para encontrar el camino de vuelta.

Cada vez que decidimos que no merecemos más, nuestro cuerpo se adapta a ello. Nuestra neuronas se adaptan a la nueva situación, nuestras emociones nos punzan el pecho y nos encogemos.

Cada vez que nos decimos que no, que nos vetamos, que nos limitamos, cortamos el camino, levantamos un muro, derribamos un puente, nos aislamos de nosotros mismos…

Cada vez que pensamos que no lo merecemos nos convertimos en una versión básica de nosotros mismos . Un nuevo yo que no lo merece porque no lo entiende, porque no lo sueña, porque no lo busca… Como ser humano sigue siendo maravilloso, pero ya no lo sabe ni se acuerda  porque sus pensamientos han modelado su vida y ya no recuerda quién era ni para qué vivía.

Cada vez que crees que no lo mereces estás más cerca de no merecerlo…

Aunque el remedio es no bajar el listón, recordar quién eres, sentirte entero pase lo que pase, creer que eres digno y decirte cada día a ti mismo que vales mucho y mereces lo mejor… Esas palabras irán abriendo camino de nuevo para que vuelvas a tu estado natural y brilles como realmente mereces.

No le abras la puerta a tus pesadillas, porque siempre deciden entrar y quedarse. Porque anidan en ti y les crecen las alas enseguida antes de que te des cuenta de que están y dominan tus pensamientos.

Y no bajes peldaños en tu escalera personal de ascenso a ti mismo, a ese tú que sabe que no puede escatimar en sueños y alegrías y no está dispuesto a ceder su vida…

Cada pensamiento que creas, genera un nuevo camino y lo condiciona… Si no nos apartamos del dolor, acabamos convirtiéndonos en lo que detestamos.

Al final, somos lo que toleramos, lo que consentimos, lo que aguantamos. Estamos creando nuestra vida a cada momento partir de lo que estamos dispuestos a aceptar, sea maravilloso o terrible. Si lo crees, al final, se hará realidad.

Ya decía Henry Ford que “tanto si piensas que puedes, como si piensas que no puedes, estás en lo cierto”… Cuando creemos, creamos.

 


20 comentarios

Quiero creer


Todos decepcionamos alguna vez y nos decepcionan. Hay momentos en los que aquellas personas en las que más te has sujetado para no caer, te sueltan al vacío. Y te rompes. Tus pedazos se dispersan y no sabes cómo recomponerte. No voy a analizar sus razones, ellos sabrán… Supervivencia, falta de empatía, hartazgo, miedo, vergüenza… Hay un amasijo de factores que nos ponen a prueba y no siempre la superamos, porque no siempre somos nuestra mejor versión. No estamos a la altura de lo que deseamos ser y los demás merecen.

También puede que nosotros les hayamos decepcionado tanto como ellos nos han dejado helados con sus ausencias y respuestas. Tal vez hayan sido incapaces de decirnos a tiempo lo que no les gusta o les duele de nosotros o sencillamente es posible que hayan cambiado de opinión e incluso de vida y nuestra forma de ser les estorbe o no entre en sus nuevas circunstancias. En tal caso, puesto que todos somos libres, de lo único que podemos pedirles explicaciones es de hacerlo de forma abrupta, de ser incapaces de mirarte a los ojos y expresarlo, de no tener valor de sincerarse y de haberte tratado como a un mueble viejo. No es pedir demasiado ¿verdad? Alguien que ha compartido contigo momentos duros y que ha pedido tu hombro para llorar y también lo ha puesto para que llores tú tendría que honrar esos momentos compartidos con un adiós y un por qué. Enfrentarse a tus pupilas y decir lo que toca decir, aunque sea vergonzoso y duela, aunque a veces no haya más explicación que un “me sobras, me limitas, no quiero perder más el tiempo contigo porque no me aporta nada o ya no me reconozco en ti”. Incluso podría servir con un “he cambiado y ya no tengo tanto en común contigo”. Aunque sea sólo por los momentos hermosos o difíciles compartidos, las personas podrían ser más leales al cariño recibido, al dolor compartido, a los sueños esbozados en voz alta y no pisotear el recuerdo. A veces, te despiertas un día y descubres que llevabas dormido una década y que en ese tiempo has relegado tus fantasías y te has convertido en otra persona para poder sobrevivir. Miras a los lados y las personas que te acompañan no te quieren a ti sino a ese ser en letargo que ha narcotizado sus sueños para poder seguir… ¿cómo se explica eso?… ¿No eres tú, soy yo?

A menudo, este tipo de desaires no llegan solos. Las decepciones van por puñados, por manojos, como si se compraran en un mercado. Tal vez porque pasas un momento complicado y a muchos no les gusta la gente que vive en el ojo del huracán o quiere que los demás sólo les sonrían o solucionen sus problemas y no al revés. Es lógico, todos tenemos nuestras propias miserias y cuando uno termina un duro día, contestar al teléfono y oír las penas de otros no es agradable. Algunos ni siquiera contestan, por si la voz del otro lado no trae buenas nuevas. A menudo, pedimos a los demás que salten muros que nosotros nunca saltamos.

Tal vez seamos nosotros que debemos hacer un esfuerzo por entender y tragarnos ese dolor. Callar y buscar hoy entre nuestros pliegues una palabra de consuelo para otro, incluso cuando somos nosotros quién más la necesita. Es un buen ejercicio de cariño que nos ayudará a darnos cuenta de que no somos los únicos que sufrimos. Y esperar que mañana se invierta el camino y nos llegue la caricia y el consuelo y que nuestro dolor esté ya agotado.

La gran decepción llega cuando esas personas que son tu centro, tu apoyo, tu estabilidad, te dan la espalda. Cuando cortan el hilo que os une o sueltan la cuerda y te sientes solo. No porque te falte alguien con quién compartir, si no porque con ello crees que te demuestran que no hay nada infalible, nada que aguante mil años,  que no hay fidelidad posible ni lealtad que dure. Te dan un golpe seco que te hace despertar por unos instantes en un mundo donde nada es sagrado. Si alguien con quién compartes alegrías y tristezas durante años es capaz de traicionarte, venderte, soltarte, dejarte sin dar la cara, ocultar vuestra amistad porque no le convienes… ¿Qué podemos esperar de otras personas? ¿qué nos espera de alguien a quién conocimos hace un año y está ocupando una posición importante en nuestra vida?

¿Por qué ha sucedido?¿era falso todo? ¿qué parte de responsabilidad tengo yo en ello? ¿Soy yo capaz de algo así? ¿nada es sólido? ¿nada puede ser eterno? quiero creer que sí, pero el mundo no lo pone fácil…

El desconcierto es aún mayor si la persona que te da el empujón al vacío es una persona intachable, alguien que nunca hubieras pensado que lo haría, que sería capaz de no tener en cuenta tus sentimientos. Alguien que no te esperabas que fuera maleable ante otras opiniones contrarias a ti, alguien que tenía criterio y te quería, que no te ha avisado de lo que no le gusta cuando haces algo que no le gusta, que ni tan solo te pide explicaciones…

Si los que te quieren actúan así ¿qué esperar de los que no te quieren? ¿Qué esperar de este marasmo de caras que van y vienen? ¿no hay nada que aguante tu peso y tu integridad?

Una gran persona me dijo el otro día que cuando te sientes totalmente solo ante el abismo, cuando tienes que tomar decisiones y no sabes si aciertas o no, tienes que aferrarte a tus valores. Me recordó aquello que yo siempre tengo presente de “actuar a conciencia”. Si actúas así, aunque no aciertes y pierdas, sabes que no te has traicionado a ti mismo y que todo tenía un sentido. No puedes reprocharte nada porque no podías actuar de otra forma distinta a como lo has hecho, que tú eres “eso” y si por ello los demás te dan la espalda o no te aceptan, tampoco tendría sentido cambiar para que te abrieran los brazos de nuevo. “Eso”no serías tú, sería un sucedáneo de ti.

Y toda esta reflexión, nos preguntamos al final ¿de qué nos sirve ante la soledad más absoluta? Cuando todo nuestro mundo se tambalea, los pilares a los que no sujetábamos caen, nuestras raíces salen de la tierra y nuestras ramas se retuercen buscando un sol que no brilla… Cuando llegas a tu refugio esperando estar a salvo en plena tormenta y está lleno de goteras, la puerta no cierra y las ventanas son de harapos hechos trizas… ¿Qué te queda?

La respuesta me la dijo anoche otra persona que lleva a sus espaldas muchos desengaños… Tú. Lo que eres, lo que buscas, lo que sueñas, lo que has dado y lo que mereces recibir y lo que no. Tus principios, lo que nunca perderías, lo que nunca venderías, lo que no cabe en tu alma y lo que más amas. Aquellas personas a las que nunca traicionarás aunque ellas te cuestionen, aquellas ideas de cómo tiene que ser tu vida que no están en juicio. Esa sensación de no poder ser feliz si no compartes la felicidad. La imagen que tenías de lo que ibas a ser de mayor cuando eras niño y la que esperas sea tu legado. Lo que te viene a la cabeza cuando piensas en ti y no querrías borrar.

Y mientras te sujetas a ti mismo con un vértigo atroz y una cara de espanto que a ráfagas dibuja una sonrisa de superación, descubres que “para siempre” a veces son cinco minutos, a veces diez años y otras una vida entera. Que mientras bostezas cae un imperio y mientras duermes se construye otro y se seca un río. Que a veces abonas la tierra, la cuidas y la siembras y no nace nada. Otras sale una buena cosecha que se malogra por una plaga o una tormenta de granizo. Y en unos días descubres que es un campo de flores de todos los colores nacidas del desastre. A veces no siembras nada y el viento caprichoso ha traido semillas y te sorprende con algo inesperado…

Hay personas que comparten el camino de tu vida durante un largo trecho y luego se apean. Las hay que van entrando y saliendo de él. Algunas entran y lo revolucionan, le dan la vuelta y cambian tu camino y tu forma de andar por él. Otras te obligan constantemente a superar obstáculos. Muchas te tienden la mano cuando está oscuro y estás cansado o el tambaleo te hace caer… Sólo hay alguien que está siempre, eres tú y tu capacidad de amar y meter en el camino a quién amas. La capacidad de saber perder y afrontar, saber decir adiós y soltar a los que ya no desean estar en tu camino. La capacidad de ver que hay otros que también están solos y te necesitan. La capacidad de reírte de esta broma pesada y maravillosa y seguir. Quizás no se trata de preguntarnos a quién tenemos sino quién nos tiene o necesita… Puede que no se trata de buscar sino de encontrar.

Y continuar. Adaptarte sin dejar de ser tú. Seguir y agarrarte a veces solo a ti mismo y tus convicciones a falta de cariño o barandilla. Y de repente, mientras te lames las heridas y recompones tus vísceras, en un recodo del camino, te llevas una sorpresa y alguien te espera y te escucha. Si será un momento o un siglo, nadie lo sabe. Tal vez siquiera él. Dure lo que dure, será mejor aprovecharlo. Quiero creer en esto. Quiero confiar…