merceroura

la rebelión de las palabras


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La primera de mil locuras pendientes


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¡Venga, hazlo!

No lo pienses. Suéltate. Lánzate. Si es necesario, golpéate contra el muro si no aciertas. Trágate el miedo. Que te quede la cara casi rota, el alma hecha jirones, el cuerpo revuelto. Queda en suspenso por el susto. Cae, haz el ridículo más espantoso que imaginas. Que se rían en tu cara, si quieren. Que cuenten la historia de tu desdicha y mala suerte hasta que revienten. Que se convierta en leyenda urbana tu osadía, tu cara de pez al chocar con la realidad más cruda, tu batacazo supremo… Que repitan una y otra vez que lo intentaste. Que no pudo ser. Que al otro lado no había red, que el paracaídas mental que creías llevar no existía, no había nadie tras la puerta y lo imaginabas. Que no servías para lo que pensabas que estaba destinado para ti. Que fuiste demasiado inocente, demasiado crédulo, que te venció la ilusión y te dejaste llevar por tu entusiasmo de niño.

Que te duela. Que durante semanas creas que deberás esconderte en las catacumbas de tu alma para no salir al mundo que aún se cachondea. Que desees huir y no lo consigas. Que las comisuras de tus labios se cierren, que tus ojos se queden secos de tanta lágrima. Que te lleguen mensajes de “ya te lo dije” “¿En qué pensabas?” o “¿cómo haces esas locuras?…Debes ser más previsor”.

Que te miren de soslayo y murmuren. Que te arrastren las pupilas por la cara como quién escoge armas para un duelo. Que te claven las palabras en la nuca y esquiven tu saludo al cruzar tu camino.

Sabes que te pondrán mote y corregirán y aumentarán tu desatino. Que buscarás amarre para tu pena y todo será mar abierto. Y navegarás contra viento hasta encontrar un faro y una vez allí descubrirás que el único faro eres tú.

Y que tengas claro que pensarán que eres idiota, pero que sólo lo hacen porque está programados por su propia cobardía para pensarlo. No ven más allá de su ignorancia. No se lo tengas en cuenta.

Ten presente también, sin embargo, que se comerán las uñas pensando cómo pudiste y de dónde sacaste la fuerza y las ganas. Se escudriñarán esos sesos vagos y perezosos que pueblan su cabeza jibarizada imaginando cómo conseguiste aguantar el momento y el ridículo. No sabrán cómo, ni por qué. No entenderán tu necesidad de equivocarte y fracasar. No pueden o eso creen. Ellos no. Viven de seguros. Viven de perfecciones. Sólo prueban cuando el nivel marca el cien por cien de posibilidades y arriesgan cuando la ganancia está asegurada. Y su riesgo, no es riesgo, es rutina.

Si además supieran que tú ya sabías todo lo que podías perder cuando lo intentaste, morirían sólo con imaginarlo. Sus mentes tediosas no pueden concebir que saltes al vacío sin saber qué hay en el fondo y arriesgues tu seguridad para tocar el cielo.

No lo admiten ni admitirán, pero te admiran. No lo saben pero te envidian. Ellos no saben que pueden, aún. Sueñan con el precinto de garantía puesto. Tienen sueños asequibles, accesibles, profilácticos. No les duelen las vísceras después de soñar porque lo soñado se compra en grandes almacenes.

Por eso ríen de otros porque no sabrían cómo llorar por ellos. Por eso se mofan de sueños ajenos, porque no tienen sueños propios… Sueños de esos que hacen que un día te levantes y sepas que vas a fracasar, pero decidas lanzarte. Y que el fracaso sea dulce porque también lo era el deseo y el sueño. Porque sabes que no te puedes permitir no ir a por todas. Porque no eres de los que siempre imaginan, eres de los que hacen. Porque eres verbo y tu vida es tuya. Porque necesitas saber que has hecho todo cuanto estaba a tu alcance para tener lo que quieres. Porque nunca te quedas corto y crees que es mejor el exceso que el defecto. Porque pasarse la vida pensando qué podría pasar no es cordura sino estupidez. Cordura es cierta dosis de locura controlada, sabiendo con qué curarás las heridas y pensando que la alternativa a la acción es casi la muerte. Loco es el que no se lanza y no vive. Loco es el que no sueña y vive en un metro cuadrado de monotonía.

Los que critican tu afán y tu locura, envidian tu deseo, tu valor para salir del metro cuadrado asfixiante que te encoje las emociones y las aventuras. Ellos no tienen tus heridas ni notan el dolor de tu golpe, pero les falta la repuesta que tú tienes. Viven con la incógnita eterna de si ellos podrían conseguirlo. Sueñan, a veces, en la lejanía de su escaso apego a la ilusión, con ser tú y vencer el murmullo, saltar, arriesgarse, vencer el pánico y vivir. Su miedo se mastica.

Si supieran que ya sabías que saldría mal de antemano, llorarían por no tener tu valor.

Si supieran que a pesar de todo consideras que tu fracaso es un triunfo, que volverías a hacerlo de nuevo aún sabiendo que tendrías en mismo resultado… Se les acabaría el aire.

Si supieran que ya preparas la próxima y que un día lo conseguirás, se quedarían mudos.

En el fondo, tu caída les duele más a ellos que a ti, porque es la muestra más evidente de su incompetencia para vivir.

Hazlo… No tienes nada que perder. Soñar es gratis. Vivir es urgente.

Que sea la primera de mil locuras pendientes.

 

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Sería una condena


Lo reconozco, la ilusión me gana… Vivo de ella, es mi alimento básico, mi frontera, mi punto de apoyo para mover este mundo rebelde y descastado. Contamina el aire que respiro y se filtra por mis grietas, me cala los huesos, me llega a cada una de las fibras… Me da el aliento. Me inspira.

A veces, se me pasa. Un poco, un poco muy pequeño. La pierdo de vista unos días, la sustituyo por un dosis de miedo y de rabia, de perplejidad, de cansancio. Se esconde después de esquivar una mirada impertinente, de ver un mal gesto… de oír una palabra de esas que arañan por placer o dolor. Se me acumula en la garganta, deseando decir que sí. En la cabeza, ansiando dejar de pensar. En el pecho, suplicando dejar de sentir y, a la vez, sabiendo que desea sentir aún más.

No puedo, no quiero evitarlo. Me transporta, me revive. Es como luchar contra las mareas o el devenir de los días. Como negar la evidencia o querer detener la rotación de la tierra.

La ilusión altera el estado y el orden de las cosas. Les da la vuelta, la invade… las inunda. Despoja de miedos, aparta las miserias y abre las ventanas para que entre la luz. Lo impregna todo. Convierte lo inútil en necesario, lo trágico en cómico, lo ridículo en adecuado. Embellece lo que afea y escribe sus consignas en paredes blancas para que no puedas dejar de prestarles atención. Le pone sal a las pasiones insulsas y desata a los amantes esclavos que suplican cordura. La ilusión desborda cauces, desborda mentes, desborda leyes… gesta revoluciones. Se te introduce en la arterias, se reproduce, te aniquila los temores más absurdos y te suelta la lengua. Te hace decir esas palabras que creías impronunciables y andar aquellos caminos que considerabas imposibles. Te hace creer que puedes vivir del aire y que el mundo entero te cabe en el pecho.

Lo reconozco, la ilusión me lleva a menudo a tropezar y caer, a pasarme de lista, a quedar como un tonta, a hacer un ridículo sonoro… a sentirme absurda. Aunque prefiero mil veces esa sensación a quedarme vacía, inmóvil, a ser una muñeca hueca, sin alma, sin ansia… sin sentido… sin búsqueda, sin luz.

Porque sé que volveré a levantarme y sentir. Volveré a caer, a bucear en las sombras… y rápidamente fijaré la vista en un punto y las ganas me volverán a invadir. Y todo empezará de nuevo. Y seré otra vez esa chispa, esa marioneta suspendida en el aire, zarandeada por una necesidad inmensa de seguir y sentir… ávida de emociones y con la mirada brillante, agitada y satisfecha. Porque la ilusión genera ilusión… y genera vida. Y eso lo compensa todo.

No sentir eso sería una condena.