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la rebelión de las palabras


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Sé tu aliado, no tu enemigo


¿Sabes cómo comunicas? ¿Te das cuenta de si tus gestos acompañan a tus palabras? ¿gestionas tu lenguaje no verbal o dejas que muestre tus emociones sin trabajar en ellas? la forma es importante. En lo que dura un parpadeo, tu forma de estar  y tu postura dan mucha información a las personas que te rodean y se hacen una idea de quién eres… Si esa imagen no es adecuada o no se ajusta a la realidad, costará mucho borrarla si no tienen trato contigo. El lenguaje no verbal supone el 55% del impacto que causamos en los demás. Vale la pena trabajar en ello, conocerse a uno mismo e invertir en conseguir coherencia a la hora de comunicar… Transmitir naturalidad y hacer que tu marca personal se potencie.
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Si no muestras tu pasión, no comunicas


Para comunicar y seducir debes darles a los que te escuchan una parte de ti mismo, compartir tu pasión y entusiasmo. Dejar que te conozcan y mostrarte seguro.
Cuando comuniques, cuenta historias, a todos nos gustan las historias. Que se note cómo te emociona lo que dices y cómo te implicas en ello. Y escucha, sin escuchar no se puede comunicar…


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¿Sabes encontrar las palabras adecuadas?


Nuestras palabras nos definen, nos acotan, nos dibujan. Limitan la manera cómo vemos el mundo y deciden nuestra actitud y nuestros pensamientos. Con ellas construimos nuestro día a día, son el material que usamos para poner nombre a nuestros sueños y a nuestros miedos… Dibujan nuestro mundo… Somo las palabras que decidimos escuchar y leer. Las que guardamos en la memoria y aún nos arañan. Las palabras generan emociones y las emociones son lo que nos construye… Escojamos bien nuestras palabras.  


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Comunicar e inspirar


El líder inspira, involucra a su equipo, le contagia su entusiasmo y le hace partícipe de su visión. Les recuerda a todos y cada uno de sus colaboradores que pueden, que saben, que confía… Les da la fuerza para convertir los problemas en oportunidades.


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Disfruta de tus errores


Nos comunicamos mejor a medida que evolucionamos como personas. Cuando soltamos lastre y dejamos de avergonzarnos de forma absurda de nosotros mismos. Cada vez que superamos uno de nuestros tabús o saltamos uno de nuestros muros mentales, nuestra capacidad para llegar a los demás aumenta. Madurar nos hace más transparentes, más sencillos, menos retorcidos . La sencillez comunica, conecta, seduce. Y no tiene nada que ver con la simpleza. La sencillez afecta a la forma, la simpleza al contenido. Crecer implica enriquecer nuestros pensamientos pero aprender a ordenarlos de forma sencilla, fácil. Hay mucha belleza en lo sencillo. Las formas hermosas no son retorcidas ni complicadas.

Al fin y al cabo, comunicar es transmitir a los demás lo que llevamos dentro. Conectarnos a ellos y dejarles mirar un poco en nuestras entrañas. Todo lo que no implique ofrecer a los demás una parte de nosotros mismos, no es comunicar. Sólo se conecta a través de la empatía, de encontrar con los demás ese punto de unión, ese nexo que nos lleva a compartir un espacio, un momento… Aunque sea pequeño, aunque sea corto. Si nos escondemos en el fondo de la sala, tras una columna, da igual que dentro llevemos un gran tesoro por compartir, nadie lo verá. Y ser grande por dentro debe forzosamente en algún momento llevarnos a mostrar esa grandeza. Las buenas personas supuran bondad, generosidad, madurez, ternura, energía, ganas de compartir… Lo que llevamos dentro tiene que acabar saliendo por algún lado, en algún momento… Si no tienes ganas de compartir lo que tienes ¿qué tienes?  Si te avergüenzas de lo que puedes ofrecerle al mundo es que no te quieres a ti mismo, no te valoras. Si te privas de ese amor, el más necesario de todos, no comunicas. Te limitas a ponerte ante los demás y repetir palabras. Puede incluso que gusten, puede que te aclamen,  las personas a veces tendemos a valorar los envoltorios brillantes y discriminamos todo aquello que nos cuesta conocer. Si no crees en tu discurso, no emocionas y no llegas. No traspasas esa barrera que todos colocamos cada día y que nos protege y a la vez nos aleja.

Al primero al que le deben gustar la historias que cuentas es a ti. Nadie recomienda un libro que no pudo acabar de leer y si no te soportas a ti mismo, serás como un libro que aspira a ser leído a medias. Lo digo porque cuando comunicamos no nos limitamos a ofrecer un contenido, vamos siempre más allá, explicamos cómo nos afecta ese contenido a nosotros y los que nos escuchan. Si no conseguimos encontrar ese vínculo, nuestro mensaje se pierde.

Plantarse ante los demás y contar historias nos asusta. Tenemos tanto miedo a que se rían de nosotros que preferimos cerrarnos, ocultarnos y dejar que nuestro valor y nuestro mundo interior se pudran. Y en realidad ¿de qué tenemos miedo? ¿de que se rían? Y si se ríen, ¿qué pasa? ¿qué quedará de esa risa en unas horas o en unos días?

Vamos a ponernos en el peor de los escenarios. ¿Cuál es? ¿hacer un supuesto ridículo ante unas personas que tal vez no nos conocen? Y si eso ocurre, ¿importa?

Nos han educado para no exponernos. Para pasar desapercibidos, para no brillar. Durante siglos nos han dejado claro que destacar era negativo, peligroso… Nos han dicho que es mejor callar y asentir y hemos bajado la cabeza y hemos hecho caso. Ahora, sin embargo, estamos en un momento en el que si no destacas, no llegas. No hay nada garantizado y se busca la originalidad, la autenticidad. Justo en este momento, es más necesario que nunca saber comunicar lo que llevamos dentro, cuál es nuestro talento y por qué merecemos la pena.

El caso es que al final, para aprender a hablar en público de forma efectiva hay que equivocarse y mucho. Hay que asumir que haremos el ridículo y que tendremos que superarlo y seguir. Una, dos, tres veces… Hasta que un día, dejas de temerlo y empiezas a sobrevolar la habitación en la que hablas y fluir. Cada una de las veces que te has equivocado te dan un poso especial de superación que hace que se note que “estás de vuelta” y que estás “por encima” de esos pequeños errores y que ya sólo te importa contar una historia y mostrar cómo te emociona. En ese momento justo en el que te importa más llegar a los demás que hacer el ridículo, comunicas. Y esa fuerza interior hace que incluso cuando te equivocas no sea percibido por los demás como error porque lo superas de tal forma que incluso se pone de tu parte porque demuestras tu humanidad. Los grandes sacan ventaja de sus errores. Los demás se aferran a ellos y no avanzan.

Nuestros errores son nuestro patrimonio, nuestro punto de apoyo para llegar a la meta que deseamos… Conviene afrontarlos como algo maravilloso, algo que mostrar al mundo y de lo que sentirse orgulloso y satisfecho.

Preocuparse malgasta tiempo y neuronas que podrían invertirse en prepararse mejor y disfrutar del momento.

¿Os habéis fijado en la cara que hace alguien que no tiene miedo a equivocarse? Alguien que sabe que puede pasar pero no le preocupa porque tiene claro que él es más fuerte que sus errores y que sabrá sacarles partido… Mirad sus ojos, son los de una persona que sabe, que pase lo que pase, sólo aspira a ganar, a crecer, a superarse… Porque incluso si acaba haciendo el ridículo, tomará esa experiencia y la guardará como un tesoro para aprender de ella. Siempre he pensado que los únicos que hacen el ridículo son los que nunca lo hacen. Aquellos que no se atreven a nada y dejan pasar la vida desde un anonimato triste, desde una mediocridad calculada.

¿Sabéis cuál es la diferencia entre el que comunica y el que no?  El error.

Los errores son nuestra arma más poderosa. Nos hacen grandes, enormes, elásticos. Nos ayudan a conseguir imposibles y nos convierten en expertos. El error hace del alumno un maestro y del que se esconde al final de la sala el héroe de la pista. El error nos modela y nos ayuda a volar. Lo único que necesitamos es decir sí y arriesgarnos a cometerlo.

Lo único que hay entre un gran comunicador y tú es su capacidad para superar el ridículo, la dosis de autoestima necesaria para asumir que va a equivocarse y , a pesar de todo, seguir.

Hay que ser valiente para mostrar una parte de ti cuando hablas, cuando comunicas. Dar a conocer tus emociones y decir en voz alta “soy vulnerable” y que no pase nada, que al contrario de lo que pueda parecer, los que te escuchan no se rían sino que te den la mano y te agradezcan la sinceridad. Para conseguir ser honesto cuando comunicas, hay que ser honesto contigo mismo y tener tu interior a punto de revista.

Si no nos atrevemos a mostrar lo que llevamos dentro es que pensamos que no somos lo suficientemente buenos . Cuanto más crezcamos como seres humanos, mejor nos expresaremos y más conexión conseguiremos con los demás.

Si no nos atrevemos a compartir con los demás nuestros conocimientos, si nos cuesta expresar lo que sentimos, es que tenemos una asignatura pendiente :  nosotros mismos.

Y  se trata de una asignatura básica, la más importante, la que no podemos dejar pasar nunca.

La gran noticia es que cuanto mejores personas somos, mejor comunicadores llegamos ser. Y cada vez que subimos a la tarima y nos esforzamos somos mejores…

Por eso, no cabe duda. Si vemos a alguien que convence, seduce y triunfa comunicando, podemos estar seguros de que lo único que dista entre él y nosotros es que hace tiempo asumió el reto de equivocarse, se lanzó y disfruta con ello.

Eso implica saltar obstáculos, vencer miedos y  renunciar a llevar escudos. Eso nos reclama un ejercicio de desnudez virtual, una ceremonia de reconciliación con uno mismo…

La gran ventaja de aprender a comunicar y hablar en público es que también se aprende a vivir. Comunicar mejor, nos hace mejores personas.

Dedico estas líneas a los alumnos del IES Cartuja de Granada con los que estos días he tenido el placer de interactuar y charlar sobre comunicación esta semana.  No tengáis miedo, tenéis demasiado que ofrecer como para no atreveros… Vuestros errores son un material precioso para aprender ¡Disfrutad ellos, os conducirán al éxito!


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No seas un fraude


Uno de los aspectos que me parecen más fascinantes en el mundo de la comunicación es cómo somos capaces de crear estados anímicos en los demás. Con sólo entrar en una habitación podemos mejorar el ambiente o empobrecerlo. Podemos generar ansiedad, calmar, sosegar, dar confianza , alegrar, entristecer…  Somos portadores de emociones y tenemos el poder de trasladarlas a los demás. Aunque, a menudo, no somos conscientes de ese poder. No lo somos porque no nos miramos con perspectiva ni analizamos lo suficiente cómo nos sentimos. No tomamos la distancia necesaria para darnos cuenta de que estamos ansiosos o almacenamos rabia y, aún menos, que proyectamos esas sensaciones. No percibimos la viga en nuestro ojo y para mitigar la angustia que nos supone asumir una conversación abrupta mientras estamos alterados, nos limitamos a señalar la paja en el ojo ajeno.

Comunicamos estados de ánimo que se contagian.

Quienes nos rodean acaban respondiendo de la misma forma, usando el mismo patrón. Seguramente porque conectamos con esa parte que hay en ellos que también necesita desahogarse y soltar adrenalina, desatar la furia o esconder todas las lágrimas acumuladas esperando el momento adecuado. Las personas reaccionan cómo esperamos que reaccionen. Vayamos donde vayamos encontramos siempre lo que esperamos encontrar. En gran parte, porque lo dibujamos nosotros y graduamos nuestra percepción de las situaciones para responder a nuestras perspectivas.

Nos predestinamos a vivir lo que a menudo nos asusta, nos acercamos sin querer a aquello de lo que queremos huir, porque nos focalizamos en ello.

Cuando vamos por la calle con esa sensación de ingravidez porque tenemos un día maravilloso, parece que todos sonríen y, los que no lo hacen, están excusados de antemano. Cuántas veces nos acercamos a un lugar y ya sabemos qué tipo de situación nos vamos a encontrar y presumimos cómo  van a responder a nuestras demandas… Porque notamos que estamos agresivos, malhumorados, con ganas de pisotear y lanzar algo por la ventana. Y luego, el resultado de nuestras conversaciones sigue el patrón que teníamos marcado y las personas obedecen como si se hubieran aprendido ese papel que le reservábamos.

Basta un tono alto, una mirada desafiante, una boca arqueada hacia abajo o simplemente un gesto retraído. Nuestros gestos nos delatan, comunicamos lo que sentimos y somos los más fieles transmisores de nuestras emociones.

Seguramente, visto así, es como si estuviéramos abocados a ser traicionados por nosotros mismos cada día, a cada palabra y cada gesto, cada una de nuestras conversaciones puede verse malograda si tenemos un mal momento. Aunque siempre he considerado este aspecto de la comunicación como algo maravilloso… Sólo es necesario revertir el proceso.

Primero porque aprender sobre ello  y esforzarnos en comunicar mejor, sin agredir, sin poner a otros en situaciones desagradables e incómodas, es un buen ejercicio de auto-conocimiento y de control. Para aprender a sentir cada una de nuestras emociones y hacer que nos sirvan de punto de partida para curar nuestros miedos y acabar con nuestras barreras mentales.  No se trata de reprimirlas sino de conocerlas, dejarlas fluir y aprender de ellas. Saber cómo sacarlas de dentro y transformarlas, no esconderlas, hacer que salgan y sirvan para construir y no para destruir.

Segundo porque eso significa que somos auténticos. Aquellas personas que no son herméticas y pueden transmitir emociones tienen un gran don en sus manos aunque no lo sepan. Parece complicado pero es extraordinario que no tenemos trampa ni cartón, que no finjamos, que nuestras emociones tenga un papel importante en nuestra vida. Porque la emoción es lo que realmente comunica, siempre. No llegan los datos, ni las enseñanzas vacías, ni las caras bonitas… Quienes escuchan necesitan ver al ser humano que comunica y saber que siente. Aunque que para que eso sea positivo, debemos hacer un trabajo previo. Si somos capaces de modular la ira y transformarla y, a cambio, mostrar la ilusión, el cariño o  la pasión que sentimos por algo al comunicar, podemos llegar a  muchas personas y ser grandes comunicadores. Seremos capaces de transmitir nuestra esencia y nuestro valor.

Por último, lo que me parece más importante, el poder de contagiar ese entusiasmo. Siempre he pensado que si podemos entrar en una habitación y ponerla emocionalmente patas arriba, eso nos confiere un gran poder para hacer todo lo contrario. Podemos transmitir seguridad, paz, cariño, consuelo… En lugar de ser portadores de inquietud podemos transmitir felicidad, optimismo, sensación de novedad o de que algo bueno está a punto de pasar.

Hay personas así. Se ponen a tu lado y te dan fuerza y vitalidad. Entran en una sala y la llenan de luz y serenidad. Te dicen esa palabra que hoy justo te hacía falta escuchar. Te dedican la mirada que buscabas en el momento oportuno.

En el fondo, se trata del mismo poder, pero tiene dos caras. La misma energía usada para dos fines distintos. 

Para comunicar y llegar a otros dejando una estela de entusiasmo debemos aprender de nosotros mismos y de cada una de nuestras emociones porque las transmitimos. Debemos educar nuestro lenguaje verbal y no verbal  y, una vez aprendido, darle rienda suelta a nuestra imaginación y necesidad de comunicar.

De lo contrario, de poco servirá lo que nos esforcemos en nuestra marca personal, lo que escribimos en el blog, lo que pone en nuestro curriculum o lo que nos esmeremos en resaltar en nuestra biografía. Seremos una “marca blanca” de nosotros mismos y una “marca blanca” como comunicadores, un híbrido falso y hueco. 

Debemos buscar la coherencia entre nuestros valores y nuestro mensaje, tanto verbal como gestual, debemos conocer nuestras posibilidades de contagiar nuestras emociones y escoger cuáles y hasta qué punto queremos incidir. Debemos vender honestidad y autenticidad. No podemos ofrecer a los demás algo que no tenemos y no llevamos dentro… Debemos conocer y saber usar nuestros poderes (todos los tenemos) y transmitir de forma eficaz quiénes somos y qué nos mueve en la vida…

Siempre he pensado que los buenos comunicadores tienen que hacer un importante trabajo interior para poder conectar con los demás sin interferencias. Para dejar que tu talento fluya, se comparta y propague.

Nadie quiere ser un fraude, ni vender humo. Nadie quiere ir por la vida contagiando ansiedad y negatividad… Y la gente huye de quién lo hace. Es necesario encontrar la coherencia, ya no sólo por el hecho de ser honestos a la hora  de comunicar y por no perder oportunidades profesionales, sino por un tema de dignidad personal.  No seas un fraude, trabaja tus emociones para poder comunicar.

 


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¿Qué te convierte en un gran comunicador?


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¿Qué te convierte en un gran comunicador?

Una pregunta básica, de respuesta complicada. Siempre he considerado que no hay buenos ni malos comunicadores, porque cuando comunicamos mal, sencillamente no comunicamos  y el hilo invisible que nos une con nuestro público se corta. Lo que sí ocurre es que con nuestra “no comunicación” informamos a los demás de muchas cosas que tal vez no quisiéramos compartir. Falta de rigor, falta de preparación, falta de conocimientos, falta de valor… Seguramente, mucho de esto no es cierto, pero es lo que transmiten nuestra cara de pánico y nuestros titubeos.

Cuando pregunto a veces en un aula qué creen los alumnos que hace de alguien un gran comunicador, en la mayoría de ocasiones, se dedican a enumerar una serie de aptitudes o puntos fuertes.

La verdad es que el talento innato ayuda, pero se puede aprender a comunicar con esfuerzo y empeño si se le ponen ganas y se hacen ejercicios para superarse con ayuda de profesionales, tal vez.

Si se pude conseguir con aptitud y con esfuerzo, entonces, ¿por qué no hay por ahí grandes comunicadores en las esquinas? ¿lo puede hacer cualquiera?

Este cóctel de esfuerzo y  talento es una fórmula de éxito que muchos de los grandes aplican, sin duda. Aunque yo siempre he creído que no hay mucho secreto, si intentas algo cien veces tienes más posibilidades de conseguirlo que si lo intentas una vez. Si no lo intentas, tal vez te caiga un día de cielo sin haber hecho nada por ello pero seguramente no sabrás gestionarlo.

Lo que nos cuesta conseguir se convierte en oro. Y no sólo cuando ya lo tenemos y tocamos, ya es oro para nosotros durante el esfuerzo porque nos está ayudando a cambiar y evolucionar.

Hay, sin embargo, tantas personas con talento que se esfuerzan y no lo consiguen (hecho que no significa que no consigan nada, seguramente encuentran mil retos mejores en ese camino que les hacen grandes y sabios).

¿Qué te ayuda a comunicar?

¿Una hermosa voz? Os pondría mil ejemplos de personas que tienen voces desgarradoras y estresantes y son grandes comunicadores. Algunos incluso tartamudean y, a pesar de ello, llegan a nosotros cuando hablan.

No me molestaré en citar la buena presencia. Claro que todos preferimos ver en el atril a alguien agraciado físicamente, pero la mayoría de mis referentes en comunicación son personas que no destacan por ello.

¿Es lo que dices? ¿hace el mensaje que seas un gran comunicador? No lo creo, pienso que un gran comunicador puede trasladar cualquier mensaje mientras crea en él y sepa que lo que está contando es algo valioso que puede ayudar a quiénes le escuchan.

¿Son las técnicas aprendidas y los cursos de oratoria? Seguramente son de gran apoyo y te permiten mejorar, te dan recursos para explorar y te ayudan a encontrar esa parte de ti que conecta con tu público… Pero ¿qué te hace conectar con tu público? ¿qué puedes ofrecer tú que no ofrecen otros y que hará que tu audiencia se quede con tus palabras y tus gestos?

Si talento y esfuerzo son necesarios pero tal vez no bastan, ¿qué más hace falta para comunicar?

Tú. Tu esencia y tu forma de ver la vida. Después de dar mil vueltas, he llegado a la conclusión que comunicar es una cuestión de actitud. De ser capaz de ponerse ante un auditorio y contar tu propia versión. Desgranar una parte de ti, hasta donde quieras o necesites, y mostrarte sin temor. Por eso siempre insisto en que para comunicar es necesario haber hecho bastante el ridículo. Cuando digo esto, no me refiero a quedar en evidencia porque sí, me refiero a defender tu versión de la vida hasta donde haga falta sin avergonzarte de ella. Mirar al mundo a la cara sin bajar la vista. Ser tú sin esconderte porque sabes que eres digno y puedes ofrecer mucho a los demás y a ti mismo. Ser valiente cada día, con tus palabras, con tus gestos, con cada una de tus miradas… Plantar cara sin herir, no arrugarse… Cuando alguien ha superado unos cuantos ridículos y malas caras por defender su manera de vivir, está preparado para deslumbrar al mundo con el tesoro que ha conseguido. Cada golpe superado te hace más capaz de comunicar. Cada peldaño que subes hacia ti mismo y tu plenitud te hace crecer lo suficiente como para ser que otros puedan aprender de ti y tú de ellos. Cada vez que sales de una habitación con la cara bien alta después de haber lidiado con una situación adversa te impregnas de algo que te hace más atractivo como ser humano y más interesante. ¿El gran comunicador es el que ha tenido más tropiezos? en gran parte, seguramente, sobre todo si de cada uno de ellos ha salido airoso, no por ganar si no por aprender.

Tú eres la respuesta que buscas. Ofrecer a los demás un poco de esa emoción que te recorre el cuerpo cuando expones tu discurso. Disfrutar de ese momento y hacer que ellos disfruten y compartan tu entusiasmo. Acercar el discurso a los demás y contar tu historia… Los grandes comunicadores siempre cuentan historias. Ahora lo llamamos storytelling pero hace siglos que se practica. No hemos inventado nada, lo hemos catalogado y redescubierto, le hemos dado valor a lo que se ha hecho siempre y lo hemos divulgado y sistematizado…

¿O es que ninguna de vuestras abuelas practicaba networking cuando iba al mercado? O cuando nuestros padres o nosotros mismos nos apuntábamos a una entidad para hacer actividades extra escolares no nos comportábamos como en una red social compartiendo conocimiento y haciendo relaciones públicas? ¿No llegábamos y nos dábamos a conocer poco a poco hasta integrarnos en el grupo?

Lo que hace de alguien un gran comunicador es que deje a su público entrar en una pequeña parcela de su alma para que hurgue en ella. Mostrar desde la honestidad una parte de sus experiencias, rendirse ante ellos y mostrar la yugular para decir “no tengo miedo, soy así, tengo mucho que ofrecer y ganas de escucharte”.

Para comunicar hay que soltarse sin dejar de llevar el timón. Para soltarse hay que sentirse bien con uno mismo y saber que has saltado algunos muros que te hacen superar el perímetro de tus miedos. Ser vulnerable no es negativo. Nada seduce tanto como ser capaz de mostrar tus debilidades sin temor, porque al hacerlo, empiezan a ser tus fortalezas… Y es entonces cuando controlas la situación y no pierdes el timón.

¿Qué hace de ti un gran comunicador? La confianza, la autoestima, la emoción.

Nada te acerca tanto a tu público como ser capaz de emocionarle porque consigues transmitir tu propia emoción… Para emocionar es necesario exponerte y correr el riesgo de dar algo que forma parte de ti… Algo que, por otro lado, nadie puede robar ni perder porque es tuyo, conseguido fracaso o fracaso, golpe a golpe y día a día de ganas de infinitas de ser mejor. Tu marca personal…  Tu coherencia contigo mismo y con el resto del mundo. Se habla tanto de este increíble  y casi indefinible concepto ¿a caso no es tu forma de ver la vida y todo lo que has aprendido? ¿no es una especie de amasijo entre tus sueños, tu esfuerzo, tus logros y tu forma de enfrentarte a las adversidades? Lo que dejas tras de ti cuando marchas y hace que los demás te recuerden. Tu necesidad de compartir conocimiento…

Querer ser mejor te hace un gran comunicador también… Si eres capaz de decirlo en voz alta y acompañarlo de tus miradas y gestos. Cuenta tu historia, que sepan quién eres y qué te mueve en la vida, qué buscas y qué has encontrado por el camino mientras buscabas… Qué te ha dejado marca.

Porque al final, comunicar es ser persona… Cierto, pero sobre todo, saber mostrarlo… Ser capaz de abrirse en canal y compartir tu esencia.