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la rebelión de las palabras


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Amor a ráfagas


LLUVIA PAREJA

A veces estamos tan desesperados por recibir amor que aceptamos sucedáneos. Bajamos el listón y fingimos que lo que nos dan es lo que queremos, que nos basta con poco, que no necesitamos más. Y por dentro, nos desvanecemos a cada minuto que pasa. Miramos al suelo en lugar de levantar la vista porque tememos encontrarnos con alguna mirada que nos cale y se dé cuenta de que estamos viviendo un amor a medias, porque soportamos a duras penas arrastrarlo pero somos incapaces de decirlo en voz alta.

Nos han educado para huir de la soledad, para avergonzarnos de estar solos, como si tuviéramos que demostrar ante los demás que estamos siempre con alguien, que alguien nos ama… Que somos dignos de amor.

Y la amenaza de una soledad rotunda nos obliga a veces (o eso creemos) a aceptar situaciones que nos vacían tanto por dentro que notamos el hueco… Estamos tan solos a veces estando acompañados… Ese es el peor tipo de soledad, la que lleva lastre, te hace sentir cóncavo y aislado. No porque tengas a tu lado a alguien que no te llena, si no porque has bajado tanto tus expectativas que no te reconoces, porque has acotado tanto tus sueños que parecen los de otros, porque son los de otros y no llevan tu nombre ni huelen como huelen tus sueños…

Nos han educado para pensar que si nadie nos ama no valemos nada… Y para evitar ese horror, dejamos que nos amen a medias, que nos amen a ratos, a ráfagas, con prisas… Como si tuviéramos que exhibirnos para ser dignos, como si recibir besos vacíos e inacabados nos hiciera mejores… Como si fuéramos pedazos de carne a la venta.

Nos castigamos y modificamos para atraer a otros. Somos un cebo, una sombra de nosotros mismos esperando que alguien nos dedique una mirada dulce… Cuando en realidad, la única mirada dulce que nos hace falta para empezar a salir de ese dolor autoimpuesto es la nuestra…

Buscamos migas de amor porque tal vez no creemos merecer más y por eso encontramos amores huecos. Amores sin raíces pero con grandes hojas, amores que vuelan pero que nunca caminan a nuestro lado, amores que deslumbran tanto que no nos dejan ver que en realidad llevan un disfraz. Eso no es amor, es un parche, una forma de salir corriendo esperando encontrar un lugar donde sosegarse y descubrirse a uno mismo.

Y el amor es más que eso. Sin más dependencia que la pura necesidad de amar a esa persona y saber que nota tu amor y que ese amor la hace feliz. Amar nunca es limitarse, ni comprimirse, ni rebajarse… Es expandirse, aumentar de tamaño y llegar a pensar que puedes flotar.

No es arrastrarse, es notar que vuelas aunque sea por dentro, ante el sonido de una voz sinuosa o el tacto dulce de una mano tibia.

Amar no es llorar, es reír. No es decir ni que sí ni que no, es escuchar y poderse explicar.

Se ama con palabras y con silencios… Se ama con besos y con miradas.

No es ir detrás ni delante, es estar a su lado.

Se ama con el pensamiento…

El amor no doblega, ni achica, ni regaña, ni encierra, ni mantiene pegado al teléfono esperando una llamada o un emoticono artificial.

El amor acorta distancias.

El amor no te amarra, te suelta. No te pregunta qué haces, te pregunta qué sueñas… No te encuentra, te busca… No te habita, te ronda.

Se ama sin riendas, ni ataduras… Se ama de oído y casi sin normas.

Se empieza a amar amándonos sin peros ni culpas.

El amor es, a veces, un silencio y otras un grito, pero siempre, hay un momento en el que estalla…

Y no caben en ese amor todas las formas de amar pequeñas, reducidas, estancadas… Todas esas formas de amar que no curan, que no calman, que desesperan….  Que atan, que amargan, que caducan en dos días, que se adulteran…

El amor siempre es el antídoto, no la enfermedad… Es la causa, no la consecuencia. Es la fuerza necesaria para seguir andando, no es el camino… No es la pócima mágica que hará que nos amemos a nosotros mismos, sino el bálsamo que llegará a nosotros cuando hayamos aprendido a amarnos…

El amor es demasiado grande como para encerrarlo, enjaularlo, someterlo y vivirlo por etapas a tropiezos. No acepta parches ni remiendos. No tolera verdades a medias ni cambios de baraja.

El amor no se entiende, se vive. No se descifra, se surca. No es una batalla, es una fiesta. No es la solución, es la ilusión que te da energía para encontrarla…

El amor no es el remedio para la soledad, todo lo contrario… Es la soledad bien aprendida que nos educa para saber reconocer el amor de verdad cuando llega. Porque  cuando aprendes a estar solo contigo mismo, es cuando dejas de correr el riesgo de estar mal acompañado…


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No hay amor tan grande…


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El verdadero amor es el que ama lo que eres y quiere para ti lo que tú quieres. El que hace que te quieras a ti mismo. El amor más intenso no es aquel que durante su ausencia te deja frío, sino el que te permite sentir aún su calor cuando no está presente. No es un amor sometido sino independiente. No es un amor absorbente sino elástico.

No dura siempre, sencillamente parece que te haya acompañado toda tu vida…

No hay amor tan grande como el que propicia tus sueños y tus pasiones…

El amor sincero te deja escoger y sentir. No busca resultados sino encuentros. No se mide por meses sino por momentos.

El amor grande no idealiza, realiza. No te deja con hambre sino con sueño. No contamina tu vida, la comparte. No acelera tus pasos sino tu pulso. No rinde cuentas, cuenta ilusiones y dibuja sueños.

No hay amor tan grande como el que te acaricia el alma… Como el que se ilusiona con lo que te ilusionas.

El mejor amor es el que te permite cultivar tu soledad. El que te deja rincones perdidos y ventanas que abrir para que pase el aire y no pierdas el ritmo. El mejor amor es el que inspira a subir las montañas más altas sin reparar en el esfuerzo.

El amor sano no cierra, abre. No esconde, muestra. No ata, libera. No responde, pregunta.

No dice siempre que sí.

No dice siempre que no.

No espera que bailes si no quieres baile, no espera que te reces, si tú no rezas.

No hay amor tan grande como el que suelta las correas que llevabas atadas…

El amor sano no se encoge, se expande. No se contiene, se derrama. El amor más sano es el que te mejora y te potencia. El que nunca te mira esperando que calles, el que nunca te mira esperando que desaparezcas.

No hay amor tan grande como el que comparte tus rarezas… El que encuentra belleza en tu rostro cansado y te desea. El que te recuerda quién eres cuando tú no lo recuerdas.

No hay amor tan grande como el que no es ciego porque se da cuenta de tus errores, pero los comprende y respeta… No hay amor tan grande como el que te conoce las flaquezas y te ayuda a superarlas, sin reprenderte por ellas. El que no busca en ti lo que no tienes, el que no espera que llegues donde no llega. El que no desea que vivas una vida que no quieres y que él no es capaz de sobrellevar.

El amor puro es el que no pide, da. No reclama, siente… No reprocha, transpira. No grita, habla, explica, dialoga… El amor puro consiente no ser tu amor primero, ni el segundo, ni el más grande.

No hay amor tan grande como el que no termina, tan sólo se transforma…

El amor más fuerte es el que cede. El que si hace falta, se aparta. El que se apasiona, pero no hostiga. El que abraza, pero no atenaza.

El amor más fuerte es el que más se adapta sin perder su forma, el que más se dilata sin perder su esencia… El que sabe a dónde va, pero permite que otros le muestren parte del camino o le inviten a detenerse y notar la vida.

No hay amor tan grande como el que te mueve y conmueve, como el que haces que brilles …

El amor más sereno sosiega, acaricia, redime.

El amor más profundo envuelve pero afloja. Cobija, refugia, ampara. Nunca te suelta si caes, nunca te sujeta si necesitas marcharte. Si quieres cielo, te da cielo. Si quieres baile, va contigo y baila. Si persigues un sueño lo alienta, si tienes miedo lo apacigua y calma.

No hay amor tan grande como el que crece contigo.

No hay amor tan grande como el que te hace grande…

Porque te permite reconocer tu grandeza.

 

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Cuando la intención se queda corta


Ser la noche que te espera tras la puerta de una tarde casi rota, despedazada por un momento turbio, una mirada esquiva, una respuesta lacerante.

Ser la sal y la cuerda que te ate al presente. Sin más amarre que tus ganas. Sin más imposición que la de tus pupilas saltando en mis pecas diminutas. Sin más empuje que el deseo…

Y nunca soltarte.

Buscar el verso y el rincón. Repetir el rezo hasta que parezca una canción monótona, un mantra necesario, una risa apagada. Pedir por ti, porque sepas llegar hasta mi noche sin perderte, sin asustarte al ver que mi cabeza torpe da vueltas a todo y busca sentido donde sólo hay laguna y encuentra arena donde había agua. Para que dejes de temer meterte en mi mundo de porqués y te sumerjas en mi silueta retorcida.

Ser la percha donde colgar tus miedos y desvelos. La escalera por la que subas a mi cielo templado, mi mar salado, mi alma agitada y las cortinas de mis ojos cansados que piden sol pero que lloran al encontrarlo.

Y nunca dejar de soñarte.

Ser el fuego con que quemar lentamente tus pensamientos agrios, las sacudidas de conciencia que te pega este camino que nunca será recto. Ser el zarandeo que te recuerda que estás vivo, el golpe que te hace darte cuenta de que el dolor te sobra siempre… El vaivén que mece tu sueño.

Ser la rotonda en la que gires siempre buscando la señal y el beso que te llegue antes de que abras la boca sin saber qué palabra pronunciar.

Y nunca, nunca dejar de buscarte.

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Enloquecer sabiendo que la sábana no llega a cubrirnos la cabeza para poder mirarnos a los ojos y contar secretos, desnudar mentiras y encontrar adjetivos nuevos para describir nuestras caras… Después de cada baile, después de cada salto, de sortear cada piedra del camino y recibir cada bofetada.

Ser la esquina de la cama que habitas, el pomo de puerta traviesa que muestra tu hombro desnudo, el espejo donde retener tu cara mojada y tu mirada tosca.

Ser la calle que se achica a tu paso lento y el aire espeso que cruza tu rostro recién lavado. Ser todas las luces y las sirenas que brillan y suenan. Todas las gotas de lluvia que caben en una tormenta que llega a ti sin avisar, las ráfagas de viento que arrastran esta noche que hemos dibujado lenta pero que pasa a ritmo de suspiro.

Nunca dejar de tocarte.

Andar por tu conciencia y quedarme en tu memoria. Esculpir mi sombra en tu recuerdo. Y que me busques hasta más no poder pensando que debiste sondearme más y revolverme menos. Que persigas mi sombra después de despreciarla y te des cuenta de que estoy tan metida en tu esencia que es imposible borrarme sin vaciar una parte de la tuya.

Ser el cielo que te mira sin parar y te ve pequeño, humano, que te podría tomar entre sus manos y mecerte, acariciarte…

Nunca perderte…

Ser el canto rodado de tu lecho de guijarros. La espina necesaria que te recuerde que muerdes y arañas… Ser la risa y la monotonía de un silencio que buscas y esquivas. Tenerte cerca, tocarte, masticar tu esencia… Enloquecer por notar tu presencia y asimilar tus latidos porque con la intención ya no basta y el sueño se queda corto.

Nunca dejar de bucearte… ¡Nunca!