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la rebelión de las palabras


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No escuches a los cobardes


desafío

Los últimos días algunas personas a las que quiero me han pedido que no escuchara a los cobardes. Que no permitiera que los que no se atreven me dijeran lo que debo o no hacer, que no me dejara arrastrar por los que nunca se dejan arrastrar por la vida cuando la vida les pone delante un reto, un desafío. Que escuchara mi voz, esa voz interior que se deja oír a veces y te sirve de guía para decidir sin brújula en la noche más oscura.

Es tan fácil juzgar a los locos cuando sus locuras fracasan… Hacer ese ejercicio irreal de ponerse en su lugar y decidir, cuando nuestra situación no es la misma ni estamos con ese pálpito que nos apresura a elegir una u otra opción. Qué fácil es reírse de los sueños de otros cuando no tenemos sueños ni nos arriesgamos nunca… Qué fácil apuntarse a una falsa sensatez que en realidad lo que esconde es una falta de valentía que nos deja muertos por dentro.

Y qué fácil es también quitar méritos a esos locos cuando después de lanzarse tocan sus sueños. Cuando después de una carrera de fondo, alcanzan la meta y tocan la campana y están llenos de vida. En ese momento, nuestra mente cansada y acomodada a la rutina inventa excusas y bálsamos para poder conformarnos y decirnos a nosotros mismos que en realidad esos locos saltaron con red, que lo tenían fácil, que se lo han regalado, que no merecen, que no valen, que son amigos de alguien… Excusas rancias y rupestres todas ellas para ocultar nuestro apego a la rutina, a lo fácil, a lo controlado, a lo gris… Para vivir de mirar como otros viven y alimentarse de chismes y rencores para creernos fuertes cuando en realidad somos flojos y tristes.

¿Dónde están los sensatos cuando se les busca? Los que son equilibrio, los que esperas que te ayuden a encontrar respuestas que están en ese ansiado punto medio donde no hace mucho frío, pero tampoco te quemas las puntas de los dedos… ¿Y los valientes? Esas personas que son capaces de ver los riesgos pero que buscan como franquearlos. Que a veces se lanzan. Que a menudo saltan obstáculos pero que otras veces los rodean o encuentran la forma de eliminarnos. Los que ponen valor a las cosas por lo que son capaces de ver en ellas por sí mismos sin obedecer a lo que otros ven… ¿Dónde están lo sabios cuando confundes el norte con el sur y el cielo con el suelo?

Es tan fácil mofarse del resultado cuando lo ves claro, cuando te enfrentas al marcador y sabes cómo acaba el partido… Cuando vas sobre seguro y no tienes que hacer la apuesta a ciegas. Lo duro es escoger cuando todo está oscuras. Cuando apenas palpas las formas e incluso te parece divisar a los lejos las orejas de un lobo que te escruta, medio oculto. Lo difícil es apostar por uno mismo y creerse válido, útil… Dar un  paso al frente y ofrecerse voluntario para intentar llegar a una cima sin conocer del todo el camino. Poner en la balanza el miedo y la ilusión y conseguir que lo segundo gane, que valga la pena, que compense… Confiar en tus habilidades, en tu capacidad de sobrevivir y en tu talento. Decirte que sí, cuando miras al mundo y algunos giran la cara y otros te advierten de que hace frío al otro lado. Y a pesar de todo, saber que puedes, que sabes, tocar casi lo que deseas porque es tuyo, porque te lo ganas, porque te has partido en mil pedazos por acariciarlo… Porque pertenece a los que saltan, a los que dan ese paso al frente.

Confiar en tu capacidad de caminar y calcular peligros, escoger las botas que llevarás puestas y la música que va a acompañarte en esta andadura complicada… Y decidir que pase lo que pase, compensa porque tú destino eres más tú mismo que tu reto.

Escuchar tu propia voz y las voces de aquellos que te entienden. Esos que saben cómo es tu esencia y conocen tu inquietud. Que te han visto muscular emociones y contar lágrimas para que no sean pocas y se te queden dentro, para que no sean demasiadas y te inunden la cara…

La verdad es que no se puede culpar a los “cobardes” porque no estamos en sus conciencias ni habitamos sus vidas. No conocemos a lo que piensan ni podemos juzgar sus sueños, sean o no asequibles. No podemos hacer como hacen quiénes nos llaman locos porque perseguimos aventuras que a ellos, sólo con imaginarlas, les dejan exhaustos.

Nos queda saltar, aunque nos partamos el alma y descubramos que no era agua sino cieno… Que las pendientes eran muy pronunciadas y las rocas del camino eran afiladas.

Porque pase lo que pase, lo más importante es seguir tu conciencia, buscar tu camino e intentar alcanzar tu techo para superarlo… Y tras ese, otro… Una sucesión de límites superados y sueños vencidos y abrazados. Porque somos una materia que muta y se expande, que se mueve, que gravita y se define por lo que la hace vibrar… Y si no vibramos, morimos. De mil formas, en mil estados. Hay quien muere para siempre y quién muere poco a poco, en vida, amarrado a una realidad ingrata y tóxica, a una necesidad absurda, a un suelo de baldosas que parecen imantadas para controlar sus movimientos y evitar que salga del perímetro acordado… Hay quien muere soñando que sueña y quien lleva siglos muerto sin saberlo.

Hay quien muere atado a una ilusión sin mover un milímetro de su cuerpo ni de su espíritu para conseguirla… Hay quien no para nunca de moverse, pero no va a ninguna parte pero no soporta la sensación de estar quieto y no hacer nada. No escuches a los cobardes porque nunca permitirán que hagas nada que ellos no harían, por temor a que les demuestres que se puede, por envidia al pensar que ellos pueden pero no quieren…

Lo importante no es sólo perseguir tus sueños, es sobrevivir a ellos.


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Un mundo de frikis


Pensamos a lo corto. Imaginamos a lo pequeño. Vivimos a lo reducido. Nuestras ideas se circunscriben a una casilla. No pasamos las líneas rojas, no las pisamos. No sabemos casi por qué, pero nacimos pensando que estaba mal ir más allá, pensar más, imaginar más, soñar a lo grande. Lo supimos al llegar al mundo, nos lo dijeron nuestros padres y todo lo que nos rodea está pensado para que nos quede claro que la divergencia sale cara. Nos pasamos la vida enmendándonos para no pasarnos, para no llamar la atención y tener ideas fuera de nuestra casilla predeterminada, de nuestro rectángulo, más allá de la línea que  separa de lo que está bien de lo que está mal. Nos aterra lo desconocido, lo que no controlamos. Todo lo que es nuevo  y que no va en cajas ni envuelto en papel de regalo nos causa pánico. Los nervios se nos comen las uñas y nos agujerean el pecho si no seguimos el protocolo, si cedemos a la magia, si nos dejamos llevar por la pasión y entonces nos inventamos una marea imaginaria que nos arrasa los castillos de arena que construimos cada noche cuando se nos sueltan el ingenio y el deseo.

Imaginamos castigos divinos y humanos si abandonamos el rectángulo de nuestra existencia limitada. Vivimos en círculo. Nos ponemos la zanahoria ante la cara y la seguimos para no buscar otros caminos ni caer en la tentación de tener ideas propias. Respiramos sin hacer ruido. Lloramos dentro burbujas de pena contenida y reímos a carcajadas calculadas. Controlamos nuestras muecas y abrazos. Amamos a ráfagas. Buceamos en las miserias ajenas y nos vetamos pensar las propias por si no podemos soportarlas. Aunque a veces, decidimos centrarnos en ellas y pasarnos el día en una queja constante. Somos de extremos. Nos pesamos como si sólo fuéramos carne. Nos medimos como si sólo fuéramos la sombra que proyectamos cuando sale el sol. Nos convertimos en números y nos quedamos dormidos esperando la siguiente sacudida que el destino tenga preparada para nosotros. Sin intentar llevar el timón ni saber de dónde sopla el viento para definir una estrategia.

Vivimos sin aspaviento. Nos hacemos viejos sin llegar nunca a ser jóvenes… Gritamos bajito a los que nos dominan, sin escándalo, para que nadie se enfade cuando reclamamos nuestra vidas. Sin embargo, reprochamos a pleno pulmón a los que caminan a nuestro lado no ser perfectos… Somos mezquinos porque nos vendemos fácil y señalamos con el dedo a otros que también lo hacen para aguantar el peso de sus vidas monótonas. Nos enfadamos mucho con nosotros mismos por consentir estas privaciones y nos recortamos las emociones con las que íbamos a desahogarnos y expresar el dolor que tenemos acumulado…

Nos odiamos por no ser y no tener… Y enfermamos de asco, de miedo, de rabia, de envidia… Nos puede el apego, la necesidad de ostentación máxima de algo que ni siquiera es mérito nuestro… Nos vence el duende criticón que llevamos dentro y que hace guardia esperando a que otros bailen sin miedo, a que otros triunfen y sonrían… Porque siempre hay a nuestro lado  alguien que sueña más grande, que vive más intensamente, que camina hasta llegar más lejos y piensa más allá de la casilla asignada. Y nos reímos de él, le ponemos motes y le colgamos una etiqueta. Los que abandonan el rectángulo asignado son raros, frikis… Algunas cosas de su forma de vivir nos gustan, pero no lo decimos en voz alta para no tener que llevar prendida la misma etiqueta que ellos. Admiramos su valentía, pero nuestra cobardía cómoda nos resulta más gratificante, porque no estamos dispuestos a asumir la responsabilidad de intentar seguir sus pasos y vencer la adversidad que ellos han tenido que soportar.

Nosotros le ignoramos, le despreciamos y, mientras, el supuesto friki,  maquinando sin parar y con entusiasmo,  descubre algo nuevo, porque es capaz de cambiar las normas y borrar lo que creía saber por lo que ignoraba y construir algo diferente… Se expone al mundo y acepta las miradas críticas y los abucheos.

Y tal vez cura a miles de personas, inventa un artilugio que hace ganar miles de millones, pone en marcha una iniciativa que cambia el mundo o sencillamente hace que ese mundo caiga a sus pies porque crea belleza.

Nuestro friki es capaz de imaginar una realidad paralela y defender su forma de ver la vida. Se traga insultos y se arranca las etiquetas. Asume las risas y levanta la cabeza… Piensa en grande e imagina barbaridades, locuras… Reivindica sus diferencias y las convierte en su marca, en su forma de llegar a los demás, en su bandera.  Mientras, nosotros nos reímos de alguien que es capaz de dar la cara por lo que cree y siente.

Él hace tiempo que pasó la línea y dejó su casilla para atreverse a entrar en la zona desconocida. Y cuando la primera marea arrastró su primer castillo de arena, sonrió y volvió a construirlo, porque supo que aquello era sólo un prueba más.

Los frikis sueñan y eso les hace más tolerantes al fracaso, al desaliento, al desengaño… Resultan inasequibles a la pereza, a la modorra. Por eso triunfan, como nuestro presunto friki que mientras yo escribo, ya está pensando en algo mejor que lo que ha creado antes… Y entonces, los demás, le miramos y decidimos ponerle la etiqueta de genio. Su genialidad nos fascina, nos abruma, nos provoca envidia… Aunque tampoco estamos dispuestos a abandonar nuestra cobardía cómoda y mullida para crear nuestra propia realidad  y convertirnos en genios como él. Demasiado esfuerzo y compromiso. Preferimos mirar y criticar…

A veces, después de tanta hipocresía, nos duele el estómago o notamos una presión nos oprime el pecho y nos acelera el corazón. Lo llamamos ansiedad, estrés, agobio, pero en realidad son rabia y cobardía concentradas y acumuladas de tanto fingir y disimular.

Al final, quién se ríe es él, pero no por burlarse de nosotros, se ríe de alegría. Ojalá el mundo estuviera repleto de frikis…

 

friki

(Del ingl. freaky).

1. adj. coloq. Extravagante, raro o excéntrico.

2. com. coloq. Persona pintoresca y extravagante.

3. com. coloq. Persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición.


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Método infalible para no llegar nunca a ser feliz


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No te cuestiones nada.

No preguntes. Calla. Espera.

Dí siempre que sí. Incluso cuando no quieras. Cuando el sí sea la carga más pesada que arrastras.

Traga, siempre. Aunque no tenga sentido. Aunque no sepas la razón y te des cuenta de que mereces mejor trato.

Intenta gustarle a todo el mundo. Cree firmemente que hay espacios de gloria que te están vetados porque sí. Porque eres tú. Como si en tu ADN hubiera un gen repelente a la dicha, a la fortuna, a la capacidad de conseguir lo que anhelas. Como si el mundo se dividiera en ganadores y perdedores y tú estuvieras enjaulado en el segundo grupo.

Esconde tus ideas por si ofenden.

Procura no destacar por si te miran y critican. No opines. No brilles por si a alguien le molesta.

No arriesgues por si te equivocas y eres el blanco de las burlas.

Procura no hacer nunca el ridículo. Ríele las gracias a todos. Siéntete común, vulgar. No te diferencies. 

Esconde tus sentimientos y emociones. Piensa que mostrar lo que sientes te hace débil, que tener miedo es de cobardes y que las dudas no son necesarias.

Cree firmemente que llegará un día en que serás feliz. Que todo estará controlado entonces, como por arte de magia. Que tendrás el hogar perfecto, la familia perfecta, el aspecto perfecto, el trabajo perfecto… Que podrás anotar esa fecha en el calendario como el primer día del resto de tu vida. Y decide esperar sentado a que llegue.

Cree que la felicidad viene desde fuera y no desde dentro. Que es absoluta y que llega del tirón. No escuches a otros. Lleva tu pena en silencio y convéncete de que eres el único que lo pasa mal.

Que no te importe sufrir mientras esperas que llegue ese momento de perfección. Aguanta malas caras y baja la vista. Pásalo mal, que el rencor te carcoma, arrastra una carga esperando que todo cambie por azar. No vivas esperando vivir. No ames si no ves un atisbo previo de amor en los demás.

Siéntete gusano y procura esquivar las pisadas de quienes crees que están destinados a ser mariposas. No confies en nadie.

Posterga el momento de parar y cerrar la puerta al asco que te da todo esto. Postérgalo todo hasta que pierda sentido.

Déjalo para mañana o para nunca. No te esfuerces, piensa que no merece la pena.

Sé altamente desdichado y no te rebeles. Aguanta situaciones injustas porque no hay más remedio que sobrellevarlas. Decide que no puedes cambiar nada. Que el destino está escrito. Que sentir dolor es habitual y necesario. Que encajar golpes forma parte de tu día a día. Que no mereces más.

Piensa que lo pequeño nunca será grande. No imagines. No sueñes.

Cree que no hay elección. Compádecete de ti mismo.

Decide que todo esto no es responsabilidad tuya. Que eres una víctima. Que nada está en tus manos. Que tu vida no es tuya, que no la diriges y que no puedes escoger a dónde va.

Laméntate y quéjate por todo y propaga tu desdicha. Que lo sepan todos, que lo compartan.

Etiquétate como el desgraciado. Que todos lo sepan. Que todos lo digan, el primero tú.

Lleva tu etiqueta con el mayor pesar posible. Regodéate en tu miseria, en tu imposibilidad de dar la vuelta a la situación.

Ah… Más todavía… Busca una excusa convincente para no haber sabido cambiarlo todo, por no haber tenido ganas de frenar a tiempo tu frustración y resignación vital. Y si no la encuentras, acarrea también la culpa y la rabia por no saber cómo llegar a la salida de este sucedáneo de vida. Y si te duelen demasiado estas emociones corrosivas, busca a alguien ajeno que parezca que lucha por vivir a su modo y que se esfuerza por encontrar respuestas. Alguien a quién descargarle tu ira. Sé injusto con él, pisa su dignidad, humíllale, critícale hasta la saciedad como si fuera lo más importante de tu vida, tu único tema de conversación… Y envidia su felicidad si no eres capaz de quebrar sus defensas, si no puedes derrotar su entusiasmo.

Ódiale a él por tu cobardía. Cúlpale y nota los efectos nefastos de este sentimiento en tu propia esencia y tu cuerpo cansado. Pasa de presa a depredador. De cordero sumiso a lobo voraz.

Y cuando termines, prepárate para volver a empezar. Esto es un círculo vicioso que no acaba nunca.

¿O no?

 

AMARSE ES UN REGALO PARA TI MISMO, UN FIN Y NO UN MEDIO, UN LUGAR EN EL QUE TE SIENTES COMPLETO Y A SALVO.

Acompaño a personas y organizaciones a a desarrollar su #InteligenciaEmocional con formación, conferencias y #coaching

Escritora y apasionada de las #palabras

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Algunas pasiones huecas


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Algunos mares son charcos. Algunos afectos son necesidades. Algunos abrazos son soledades concentradas que toman cuerpo y se agarran. Algunos amigos son titiriteros. Algunos desesperados son títeres sin cabeza. A menudo, algunos amores son trampas y algunas farsas acaban en la realidad más pura. A veces, hay historias que parecen fugaces  y están destinadas a ser eternas. Algunas eternidades son impulsos.

Los ojos nos engañan. Nos dejamos engañar porque no soportamos algunas realidades. Porque confiamos en que nuestra ignorancia sea un alivio para las heridas, porque queremos apaciguar nuestras inquietudes. Porque preferimos desconocer a afrontar.

A veces no es juego, es vida. A veces, no es vida es subsistencia.

No es amor, es deseo. No es deseo, es calor. No es cariño, es aburrimiento…

Algunas verdades son recortes de periódicos. Algunas súplicas acaban siendo consignas. Hay algunas consignas que se quedan en nada. Algunos grandes gestos son sólo fotografías. Muchas zancadillas son estímulos y algunas manos tendidas son garfios. Hay pececillos que son pirañas…

Algunas bestias pardas tienen también un lado amable. Algunos refugios son jaulas. A veces, las montañas son cúmulos de pensamientos negros. Y algunos héroes son villanos con capa. A menudo, el que calla es porque escucha y el que habla no dice nada.

A veces un beso es oro… Y el oro es pura chatarra.

No es miedo a veces, es ignorancia. No es menosprecio, es envidia. No es risa, es sarcasmo, es amargura. A veces, no es una pérdida sino una concesión necesaria. No es azar sino empeño. No es suerte sino esfuerzo. A menudo, algunas cosas no son lo que parecen. Tienes que darles la vuelta. Vulnerar los límites. Derribar los muros que han construido tus sentidos. Dejarte llevar por lo que percibe tu instinto.

En ocasiones no es belleza, es sólo perfecta y fría simetría. No es misterio, es distancia. No es atracción, es tedio.

Algunas ideas absurdas brillan. Algunas locuras son sensatas. Algunas obviedades engañan. A veces, las mentiras arañan la superficie y encuentran verdades ocultas. Por desgracia, muchos sueños caducan si no se intentan. Algunos recuerdos mueren si no se reavivan.

Algunos “te quiero” son rutina. Algunos pequeños gestos de cariño esconden grandes pasiones. Algunas pasiones están huecas. Muchas pasiones huecas cansan.

A menudo no es impedimento, ni dificultad sino excusa. No es cansancio, es pereza. No es fracaso ni error, es oportunidad. No es obstáculo, es reto. No es final, es principio.

No es torpeza, es desgana. No es destreza, es ilusión. A veces no es silencio, es cobardía. No es rebeldía, es juventud. No es maldad, es miedo. No es valentía, es inconsciencia. No es fidelidad, es seguidismo ciego. No es sólo dolor, es rabia… A veces no es rareza, es diferencia, originalidad, criterio.

Algunas sentencias absolutas están vacías. Algunos dogmas son casi adivinanzas. Algunas lealtades nacen rotas. Muchas carcajadas son amargas. Las lágrimas a veces son gozo, la lluvia es vida y el remedio mata. El amor también se viste de indiferencia, el odio de compasión y la alegría de calma.


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El centinela cobarde


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Cuando nos encontramos a nosotros mismos. Cuando estamos a punto de sacar de dentro esa persona que somos al sentirnos acordes con lo que tenemos y buscamos. Cuando tenemos la sensación de que vamos por el camino correcto para conseguir lo que deseamos… El centinela absurdo y cobarde que habita en nosotros se despierta. Es un guardián celoso de todo lo oscuro, lo triste, lo retorcido. Todo lo que nos asusta y nos reprime. Lo cómodo, lo que te permite lamentarte y despreocuparte de seguir, de luchar, de coger el timón de tu vida. Lo que no requiere esfuerzo y te permite observar sin mojarte, sin caer, sin saltar, sin decidir. Todo lo que te hace sentir pequeño y torpe, lo que te hace callar y tragar, lo que te obliga a permanecer quieto y soñar pequeño.

Llevas largo tiempo intentando llegar a tu primera meta. Ya la acaricias. Es un primer lugar donde ser más tú, donde te has permitido soñar y pedir, un espacio donde esa persona que lucha por salir y no tener miedo puede pensar y crecer, donde arriesga y gana… Donde arriesga y pierde pero asume la pérdida como una parte importante de una inmensa ganancia llamada aprendizaje. Un lugar interior al que llegas después de topar contra muros mentales y conseguir descubrir qué quieres y adónde vas, qué buscas y qué clase de persona quieres ser el resto de tu vida. En esa primera meta del camino eres un poco más parecido a esa persona ilimitada, aún no eres ella del todo pero empiezas a notar que puedes, que te transformas, que llegado el momento sabrás cómo. Es un lugar donde el acierto es sólo un paso más y el error es un material extremadamente valioso.

Y cuando más satisfecho te sientes por el esfuerzo, por el cambio y el camino recorrido, más inquieto tienes al centinela. Está enfadado. Se agita, se pone nervioso y te contagia su ansiedad. Te recuerda lo fácil que era ser tú cuando no soñabas con librarte de él. Te pasa la película de tus tardes de lamento y tus excusas sin freno. Te pide pista para quedarte dormido, te pide sueños asequibles y noches plácidas. Te cubre la mirada de lágrimas y te eriza la piel para que tengas presente que fuera de sus fronteras hace frío. Que sin él, tal vez estés solo… Te invade de dudas, te arrolla con pensamientos oscuros y te reclama pánico. A veces, incluso te baja las defensas y te mete en la cama.

El centinela cobarde que controla que vivas a medias te busca sueños alternativos, diminutos, facilones. Te trae a la cabeza, agotada de ideas funestas, los nombres de otros cuyos centinelas cobardes han ganado la batalla. Te muestra lo felices que son con sus vidas asequibles y limitadas, con sus parodias de ilusión programada, sus miradas congeladas, sus risas de lata… Con sus existencias de plástico y sus pasiones colocadas en el horario a modo de receta. Los martes toca caricia, los jueves beso… El fin de semana tal vez incluso conversación. Sin desbordarse demasiado, sin pensar en exceso, sin plantearse nada incómodo.

El centinela está asustado. Sabe que en este momento, aún puede tenerte en sus manos, pero también sabe que si no lo consigue, corre un gran riesgo de perderte. Sabe que cada vez te domina menos, que ese tú asustadizo que piensa que no lo conseguirá está quedando en evidencia cada vez que el tú que se dibuja de nuevo sale cada día a la calle y logra vencer miedos. Cada vez que descubre que hay otra forma de ver las cosas, que lo que creía que era un obstáculo es una plataforma para lanzarse, que si miras con atención hay más barandillas a las que agarrarse… Que más veces de las que crees, cuando saltas caes de pie, porque hay riesgos necesarios, errores necesarios, dolores ineludibles y tramos estrechos del camino por los que debes pasar aunque los arbustos te arañen las piernas.

El centinela sufre. Se le acaba el tiempo y decide embestirte. Te tiene calado. Sabe qué hacer para frenar tu ansia de ser libre, de sentirte pleno, de escoger el camino. Hace salir a la fiera de dentro, al esclavo de sí mismo, al amargado, al envidioso, al perfeccionista enfermizo, al que siempre dice sí aunque no quiera, al que siempre dice no aunque se muera de ganas… Al que pone en cuarentena los deseos, al que siempre está cansado y dolorido. Al receloso, al susceptible que cree que el mundo urde tramas en su contra, al inseguro que no se atreve a existir, al de la autoestima baja que se pisa antes de que le pisen por no osar a vivir… Al que araña antes de ser arañado por si acaso, al que llora por adelantado…

Todos esos personajes que habitan en ti y en todos, en mayor o menor medida, y que se van apagando cuando les muestras que su forma de ver la vida ya no te sirve. Que su desdicha no te alimenta.

Y después de tanto trabajo por reconstruirte y dejarles atrás, el centinela es más duro, más agresivo. Parece a veces que arranque de cuajo todo lo que llevas tiempo cambiando, que el trecho andado hasta el nuevo tú se achique… Que haya vuelto a construir el hotel de los horrores que derribaste en el precioso campo de amapolas que quedó libre donde te tumbas a imaginar imposibles…

Sin embargo, no ha construido nada, no sabe, no es capaz porque sólo se construye con esfuerzo y con ganas y el centinela cobarde no los posee. Tan sólo dibuja formas, espejismos alimentados a ráfagas de pánico y momentos de debilidad. Le pone filtros a la realidad para deformarla y hacer que parezca terrorífica. Crea vacíos, arrastra tempestades a lugares donde reina la calma.

No sabe más, tiene miedo de desaparecer, de despertar de su sueño incapaz, de descubrir que ha vivido engañado y engañando.

Casi te vence, está apunto. Su triunfo es tu propia desesperación, tu rendición, tu mirada atrás pensando que no vale la pena, que no lo conseguirás. Sin embargo, su lucha, su asedio a tu nueva forma de vivir es a la vez la muestra más evidente de tu victoria. Porque sabe que te has dado cuenta de que ya no te intimida, ya no te importa lo que piensa, porque sabe que pierde la batalla. Su miedo es la evidencia de tu cambio. Su cobardía es la muestra de tu valentía. Cuánto más apenado y asustado está el centinela cobarde, más cerca estás de ti mismo… Si le ves atacar ahora, mira adelante, toma impulso y no aflojes, es que vas ganando.