merceroura

la rebelión de las palabras


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Cicatrices


Tengo una nueva cicatriz. Tiene forma de sonrisa cansada. Surca mi piel y mi pasado. Posee la belleza de lo roto, de lo cosido y de lo remendado. Sé que estará ahí para siempre para recordarme que es el final de una batalla ganada. Para que cuando la mire y siga su cauce con mi dedo índice recuerde que pude, que supe, que tuve el valor, que cuando confío soy un ser mejor, capaz de todo. Para que sepa que los momentos más oscuros preceden a la luz más intensa, que sé manejarlos porque aprendí cómo hacerlo andando a tientas, con un miedo atroz pero con ganas infinitas de arrancármelo de dentro y buscando la manera de poder continuar sin parar… Para que me vengan a la cabeza de repente todas las palabras que he tenido que usar para sobreponerme y sobrellevar la situación. Para que no me pierda, cuando el pánico me invada los sentidos y la noche sea muy larga… Las noches largas están llenas de momentos en los que ese tú más cobarde te roba los sueños y las ganas y los sustituye por pesadillas y desesperanza.

Esta cicatriz será un refugio, un hatillo de palabras y pensamientos amables, destinados a confiar en mí y en mi capacidad de encontrar la moraleja que subyace en las cosas, el lado bueno, el chiste malo que te ayuda a limar las aristas que se clavan en ti cuando algo va mal…  Será un amuleto para alejar la tristeza y cauterizar el dolor… Será un antídoto contra la desgana y el miedo de afrontar, de seguir… Será el espejo en el que mirarme cuando me caiga, un espejo donde mi imagen siempre estará de pie, con cara de victoria y dignidad infinita.

Será  como una medalla que recuerda la carrera luchada. Una barandilla en la que sujetarse para no caer y mirar al mar y al mundo con unos ojos renovados. Para ahuyentar a los fantasmas que a veces nos rondan y buscan nuestras rendijas para colarse dentro y decirnos que no podemos, que no sabremos, que no llegaremos…

Mi cicatriz será el punto de partida de un mapa nuevo en mi cuerpo, un mapa que lleva a mí misma, sin más cimas que las que yo dibuje, sin más mares que los que me atreva a surcar para llegar a mi sueño. Y cada vez que la mire, sabré que he llegado. Más cansada, más dolorida, más gastada por el uso de mis días, pero infinitamente orgullosa de haber soportado la presión y ganado la batalla.

Me recordará cómo he cambiado para soportarlo. Cómo he tenido que inventar historias hermosas para llegar sin partirme en dos, cómo me he sujetado a mí misma para no caer en un marasmo de angustia y perder mi norte… Me recordará que yo tengo la brújula y marco el camino. Que cuando quiero soy grande, enorme, increíble… Que todos los somos si queremos y lo creemos.

Y le daré las gracias. Por estar. Por existir. Por encontrar en mí la prueba definitiva de que estoy viva y a punto para continuar.  Por marcar un punto y parte en mi camino, una cordillera que separa lo vivido, un antes y un después en mi aprendizaje, en la necesidad de conocerme y amarme. Daré las gracias por la oportunidad de darme cuenta de cómo cambia el mundo cuando tú cambias para poder estar a la altura, para no caer al vacío. Por todo lo que aprendí mientras luchaba por no dejarme llevar por el miedo en un camino oscuro y largo… Daré las gracias por la vida, por notar el sol y al aire y el peso de mis pies en la arena de esa playa que me busca cuando no la visito.

Aquí estoy, me diré, zurcida como un calcetín, remendada como las redes de pesca para salir al mar… Para poder seguir dando gracias, asida a la vida con ganas porque es el material más precioso y deseado. Con rendijas y recovecos, más fuerte, más suelta que nunca… Más sólida y a la vez más ingrávida… Más yo que nunca.

Y ya nada será igual. Y si en algún momento flaqueó y se me olvida lo bella que es la vida, surcaré mi cuerpo menudo para buscarla. Será mi remedio contra la estupidez pasajera, contra la bobada máxima, contra todos los domingos por la tarde de ñoña y desgana… Para que me cuente cómo pasó, para que me recuerde cómo lo conseguí, para que me ate a la vida y me quite a golpe de realidad todas la tonterías que acumulo en la cabeza.

Para que no vuelva sobre mis pasos y pierda fuerza.

Para que no pierda la confianza…

Para que nunca más corra el riesgo de olvidar quién soy.

Nuestras cicatrices están ahí para recordarnos el camino vivido, el recorrido de la evolución que hicimos en nuestras horas más bajas… Para que sepamos para siempre que saltamos, que fuimos capaces de agarrarnos con fuerza a nosotros mismos y vencer al gigante. Con miedo, con recelo, con los ojos llorosos y el corazón casi encogido, tal vez, pero lo que cuenta es el gesto, el ánimo, el salir de la cueva para ver el mundo aunque sepamos que en el mundo nos aguardan momentos duros… Saltar sin saber con certeza si hay suelo… Andar hasta quedar agotado sin conocer cuántos kilómetros quedan para la meta. Confiar…

Ahí estoy ahora. Con un nuevo trofeo de vida que me surca y me dibuja de nuevo… Yo misma, un kintsugi humano, una muestra de ese arte japonés que repara lo roto y agrietado con polvo de oro porque cree que así es más hermoso… Porque le da valor a todo lo que te marca y te deja huella. No hay duda, soy más hermosa, porque nada hay más hermoso que estar vivo…

Gracias.

GRIETA

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Amanece


Escribo cada semana, en ocasiones varias veces… Y no conozco vuestras caras, ni vuestras vidas. A veces, intuyo algunos de vuestros sueños y quebraderos de cabeza, comparto vuestras angustias y os transmito muchas de las mías a través de mis palabras. A veces, las palabras son lo único que me queda para sacar de dentro lo que arde y corroe. Como si fuera arrancando pequeñas espinas clavadas y suturando heridas.

A menudo, siento que tengo que soltar ese lastre que quema dentro, dejarlo marchar para que se aleje un poco de mí y mi pecho quede quieto un rato para encontrar un poco de silencio y oírme la voz y saber que existo más allá de la desidia de mis penas, que a veces todo lo inundan… Aún siendo medio ficticias y creadas por un corazón asustadizo y agotado de librar batallas consigo mismo. Y durante un rato, me siento en calma. Me noto el cuerpo, me reconcilio con mi esencia, me ilusiono… Hasta que mi cabeza, siempre revuelta y acelerada, vuelve a meterme dentro cada una de esas palabras y vuelvo a rebosar de ansia, de necesidad de compartir mis ideas locas, mis pensamientos confusos, mis deseos, mis pequeñas manías absurdas… Nuestros pensamientos a menudo obran en nuestra contra, son nuestros más crueles enemigos, ejercen la más cruda de las tiranías contra su propia naturaleza… Nos invaden de quejas y nos niegan sosiego.

Os cuento mis reflexiones. Compongo una realidad paralela con pedazos de vida, algunos míos, otros prestados, pero todos ciertos, vividos, intensos. Os explico lo que busco, lo que siento, casi casi desnudo mi alma… Nunca del todo, quizás… Nunca hasta quedar tan expuesta que las miradas pudieran arañarme… Aunque bajando mucho la guardia, mostrando más las cicatrices que las heridas, los sueños que los desengaños, las miradas que las pupilas… Enseñando más a la mujer que a la niña, a la loca que a la cuerda… A la que esconde, que busca, la que sobrevive de emociones y es capaz de dar la vuelta a cualquier situación.

A veces os busco y estoy cansada, descompuesta, desencajada, revuelta. A veces estoy tan desdibujada que solo me noto a medida que escribo y veo como el dolor se escapa por la ventana. A veces, no mentiré, siquiera os escribo a vosotros, me escribo a mi misma. Tengo tantas verdades que decirme a la cara, tantas cosas de las que no me doy cuenta hasta que les pongo nombre, hasta que las digo en voz alta…

Otras veces, le escribo a aquellos que no me escuchan, entes sin cara o con cara difusa, personas sin oídos a las que tomaría de la mano y les mostraría las paredes desnudas de mi conciencia, de mi casa, de mi pecho y les pediría que entraran en mi historia para que por fin oyeran mis súplicas. Y les diría que la indiferencia es el peor de los venenos…

No las he visto, pero puedo imaginar vuestras miradas y vuestras muecas y quiero que lo que cuento sea compartido… Que alguna de mis palabras os sirva para liberar también vuestras angustias, para solapar vuestras risas con mis risas y vaciar desaires y lágrimas contenidas. Ser la puerta que se abre de un dique lleno que necesita soltar materia… Liberar miseria…

Y le escribo al mundo, también. Tal vez, sólo a mi mundo, para que no se rompa. Para que se puedan pegar sus trozos esparcidos vayan a parar a donde vayan a parar una vez estalle…

Espero que mis palabras sean el pegamento. Que sean como esas migas que todos dejamos para no perdernos, que sirvan para sujetarnos y saber que una vez han salido de nuestras cabezas, el miedo afloja y amanece.

Gracias