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la rebelión de las palabras


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Esas cosas que no nos gusta escuchar


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No te engañes. Las cosas son más sencillas de lo que a veces aparentan. Aunque tú necesites moldearlas y transformarlas en tu cabeza para poder soportar el resultado de tus pensamientos. Para no sentirte tan sola, tan cansada, tan mínima. Las cosas son como son, aunque duela, aunque te arañen el alma y te hagan jirones la ilusión que contienes en el pecho… Aunque sean profundamente injustas y no tengan sentido. Aunque las disfraces de recuerdo y las empañes de lágrimas, aunque las desdibujes con grandes dosis de cariño y perdón. Las personas también son como son y tú no puedes cambiarlas… Las personas, si no quieren, no cambian.

Debes asumir que si no recuerda lo que le pides, es que no le importa lo que necesitas.

Si no sabe lo que te gusta, es que no le gustas.

Si no dice tu nombre, es que no te sueña.

A veces las cosas no tienen sentido. A veces, las cosas no tienen el sentido que tú les buscas y les encuentras. A veces, preferimos cerrar los ojos y vivir en otro mundo inventado, en lugar de intentar cambiar lo que nos rodea y cambiar nuestro interior… Apostamos por otros, el lugar de apostar por nosotros mismos. Vivimos en pequeños agujeros que nosotros hemos cavado y estamos atados a cadenas que nosotros asimos a nuestras muñecas. 

No falsees tu realidad. Si no encuentra momentos para estar contigo, es que no quiere estar contigo.

Si no te escucha, es que no le interesa lo que dices.

Si no te habla, es que no tiene nada que decirte.

Si no te abraza con fuerza, es que no le apetece tanto como a ti. Si no te acaricia, es que no quiere saber cómo es el tacto de tu piel.

Si no te besa, es que no sueña con probar tus labios.

Por más que te duela. Por más que saberlo te destroce por dentro. Por más que repetirlo te desgaste las ganas y te deje sin palabras.

Si no te busca, no te necesita.

Si lo que dice no es del todo cierto, es que es mentira. No te mientas tú, quitándole importancia. La verdad es importante, la sinceridad es básica.

Aunque pensarlo, te derrita. Aunque asumirlo, te haga desvanecer y te de la vuelta por dentro hasta no saber donde empiezas y donde acabas. Aunque sólo imaginarlo te parta en dos pedazos y te haga caer…

Si no te trata como mereces, es que no merece que tú le trates…

Si no te mira, es porque no te ve.

Aunque tú siempre estés ahí, con los ojos hambrientos sin perder detalle, con tus brazos abiertos y tus manos dispuestas, esperando dar aliento y esperanza… Aunque des tanto que se te agoten las energías.

Si no aprecia lo que le das, es que no te valora. Si no sabe ver lo mucho que vales, no te quiere.

Si no te demuestra lo que siente, es que no tiene nada que demostrar.

A veces, nada es justo, es como es. La vida es demasiado corta para perder el tiempo en medias alegrías, para perder amor queriendo a medias y sobrevivir de sonrisas veladas bajo las lágrimas. La vida es demasiado hermosa para sentirse diminuto a los ojos de otros y bajar la cabeza porque crees que no vales, que no mereces, que ya no necesitas. Si no llena, no esperes a quedar vacía…

La vida es demasiado preciada para soñar a medias y limitarse a subsistir.

A veces, las cosas no son como sueñas o deseas, pero puedes cambiar de rumbo, puedes decidir no conformarte con menos y vivir, de verdad, como mereces.

Si no te hace sentir bien, no merece la pena…

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Porque nunca me canso…


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A veces sigo porque existes, porque estás, aunque no sea cerca. Porque mientras camino vienen a mi cabeza cada uno de tus guiños rupestres y tus ojos salvajes, porque saber que respiras me calma y al mismo tiempo acrecienta mi ansia. A veces, camino porque sueño que mis pasos llevan a tu alma. Camino porque deseo llegar y andar en tu niñez dormida y ahondar en tu orgullo hasta encontrar una rendija, una brizna de piedad, una migaja de esperanza. Porque sé que en ti hay un hueco por llenar y quiero habitarlo. Porque nunca me canso de buscarte.

A veces puedo levantarme porque sé que en algún lugar del mundo, tú te levantas. Porque a pesar de no verte, noto que me alcanzas. Porque mientras me busco a mi misma, te encuentro. Por si no me buscas, por si deberías buscarme y no lo sabes, por si quieres que deje la luz encendida y no me lo pides. Por si no te quedan palabras a las que aferrarte para continuar con tu ruta y puedo dejarte las que a mí hoy me sobran… Llevo unas cuantas. Mi mundo es enorme pero cabe en unas cuantas palabras… Porque sé que en ti hay un cielo oculto bajo nubes grises y altas montañas… Porque casi siempre acierto cuando buceo en tus temores y te pido que des un paso al vacío mientras sujeto tu mano helada. Porque he visto tus fauces y tus garras y sé que asustan pero no hacen daño… Porque nunca me canso de intentar hacerte feliz.

A veces sé que podré porque sé que crees que puedo. Porque noto tu mano en mi espalda, dándome impulso y acariciándome las alas. Porque cuando ando a tu lado, la lluvia no es tan fría y el camino se hace corto… Porque robo al tiempo cada instante que te veo, intentando fijar en mi memoria de niña tu cara. Porque guardo en mi cabeza, como un tesoro, cada una tus miradas hambrientas y sinceras. Porque cuanto más fiero es el lobo que se aloja en tu esencia sé que más me necesitas… Porque cuánto más aúlla ese lobo, más llora el niño que comparte con él tu sustancia… Porque nunca me canso de quererte.

A veces digo que sí, porque no puedo negarte nada, si no me duele. Porque prefiero arriesgar y perder que quedarme sentada y rota. Porque prefiero caer sin red a nunca saltar o convertirme en piedra y dejar que la hiedra me devore las entrañas. Porque no dejo pasar sin probar, porque si puedo atrapo siempre lo que deseo y soy de un material inflamable que necesita cambiar de forma si quiere seguir, si quiere encontrarte en las esquinas… Porque sé que cuando estás a oscuras, brillas y quiero que el mundo veo ese brillo que yo atisbo cuando abro tus ventanas… Porque nunca me canso de intentarlo.

A veces, bailo en silencio porque la música está en mi cabeza. Porque no importa el reducto que habito, ni el muro que me rodea… Soy libre de memoria, de recuerdo, de compromiso con todo lo que me mueve. Porque me mueves y zarandeas. Porque sé que hay un enorme pedazo de ti que suplica que me quede.

Porque a veces si hay que seguir, se sigue. Si hay que saltar, se salta. Si hay lodo al pisar, se mira al frente. Si hay ramas, se apartan. Mientras haya camino, se camina. Y cuando no lo haya, se dibuja, se imagina, se sueña…

A veces, estoy porque estás, aunque disimule y parezca que no escucho y no vibro. Aunque creas que paso de largo y esquivo tus ojos voraces. Aunque me esfuerce en decir que no importa y cierre las puertas de mi conciencia cuando pasas. Siempre llevo el alma puesta para subir a tu sombra y alcanzarte si te escapas. Porque nunca me canso de rondarte…

A veces, a pesar de mis pies pequeños, doy pasos de gigante… Sólo a veces…Porque si es para ti, nunca me cansa.


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Encerrar al ego en el armario


Cuántas veces nos hemos sentido tan pisados que cuando decidimos que ya no vamos a permitir que jueguen más con nosotros, experimentamos el efecto contrario y nos convertimos en aquello que detestamos. Con todos los ultrajes acumulados en nuestra osamenta, centenares de recuerdos agolpados en nuestras cabezas y millones de palabras llenas de ira esperando salir por nuestros labios… Cuando un día nos levantamos con la fuerza suficiente, la rabia nos vence. Asumimos el papel de depredador porque estamos hartos de ser la víctima.  Ocupamos el papel de tirano, somos el verdugo, el acusica, el que critica, el que tira la piedra y esconde la mano. Pensamos que si mostramos poder y desfachatez nadie nos tocará. Creemos que si no mostramos miedo, no seremos presa. Cierto, somos puro instinto,  aunque debemos recordar que hay muchas maneras de sentirse bien con uno mismo sin tener que demostrar nuestra “falsa fuerza” a cada momento. No nos hace falta marcar territorio, hincar diente ni pisar como antes nos hemos sentido pisados. Por primera vez en mucho tiempo nos sentimos dignos y lo primero que hacemos es traicionar esa emoción… Somos más que eso, podemos estar por encima de ello saliendo de ese círculo vicioso corrupto, esa espiral en movimiento que nunca cesa.

Si antes éramos el cordero y ahora el lobo, algo falla. Nuestro cambio no calma el dolor, lo reubica. Nos da una ligera sensación de alivio, pero es pasajero. Fastidiar a otros nos nos hace grandes, nos empequeñece. El verdadero cambio no es ponerse la piel del lobo y atacar primero para que no te ataquen. Lo realmente difícil es ser el cordero más listo, el más feliz. El cordero que mantiene la calma y no deja que otros le involucren en sus batallas sin sentido, ni en sus guerras absurdas por dedicir quién es el más fuerte. No le hace falta, porque lo que quiere es ser un cordero sabio y no un guerrero que va de golpe en golpe sin más afán que el de demostrar algo que nadie le pide, tan sólo quizás él mismo… El cordero sabio no sigue ciegamente al rebaño pero es capaz de integrarse en él e incluso conducirlo…

Madurar no es tranformarse en un ser insensible para no sufrir. Es aprender a sobrellevar lo que sentimos, mantener el rumbo y los ideales a pesar de lo que digan, no perder las raíces y permitir que nuestras ramas crezcan hasta donde ni siquiera imaginamos. Madurar es tener la piel incluso más porosa y permeable que antes y sentir el arañazo, el sablazo, el dolor de las dentelladas de otros en nuestra carne y saber continuar, saber relativizar, saber pensar en lo que realmente importa y seguir. Darle a todo su justa medida e importancia, tener claro que somos lo que somos y lo que valemos como seres humanos. Madurar no es ser de corcho, es ser más de piel que nunca y adaptarse. Tomar las riendas de tu vida y luchar lo necesario para cambiar lo que te duele y vivir intensamente, aunque a veces el cielo se caiga a pedazos y te falte el aire.

A menudo estamos tan cansados, tan asqueados de recibir golpes y palabras lacerantes, que devolvemos la munición multiplicada por mil. El cuerpo lo pide, cierto. Es tan fácil responder… Cuesta no dejarse llevar por las ganas de una supuesta justicia, que en realidad es venganza, y genera una cadena de sucesos asqueantes que acaba salpicándonos a nosotros. Generamos  complicados mecanismos basados en intrigas que acaban volviendo a nuestra cara en forma de verdad cruda y rotunda. Incluso en ocasiones, ante personas que no son responsables de nada de lo que nos sucede. Necesitamos títeres a los que culpar, en lugar de asumir que nosotros nos dejamos, que permitimos, que casi sin saber asumimos que no éramos lo suficientemente buenos para considerarnos válidos y amarnos. Estábamos equivocados. Lo hemos sido siempre, aunque no lo percibamos.

Despertamos de nuestra era de frustración y decidimos que no volverá a pasar. Y como tenemos la autoestima poco acostumbrada a grandes retos, pillamos lo que tenemos más a mano para subir el ánimo, el ego. Ese ente facilón que ocupa su lugar, a menudo, y que se hincha hasta reventar y lo salpica todo.

Un gran ego es fruto de una autoestima mínima o de una inconsciencia máxima sobre todo lo que nos rodea. Nos lleva a pasar de creernos una mota de polvo a un océano . Y no somos ninguna de las dos cosas.

El ego pisa, la autoestima comparte, difunde, tiende de la mano. El ego corta raíces y se dedica a ir levantando muros a los que le rodean para que no lleguen a la meta, porque tiene tanto miedo de medirse con ellos que no soporta tenerlos a su lado… Y cuando lo hace es por inconsciencia.

La autoestima es valiente, el ego temerario. La autoestima te permite ayudar a otros porque no los considera rivales sino compañeros, porque les quiere en la misma carrera para aprender de ellos. No teme que demuestren en algunos aspectos ser mejores porque lo asume, porque sabe que va quererse igual y será un estímulo para crecer.

La autoestima valora el esfuerzo tanto como el resultado. El ego justifica todos los medios porque quiere la foto, la gloria, aunque sea pintada, aunque sea falsa y pertenezca a otro. La autoestima nunca plagia, ni roba, ni destruye. Crea, engendra, ama. Comparte su brillo alrededor sin escatimar. El ego se bebe lo que queda en las copas de sus invitados y les obliga a traer un vino caro para sentarse a la mesa. La autoestima monta una fiesta y nunca regatea.

El ego araña, la autoestima acaricia.

El ego manda, la autoestima lidera.

El ego es solitario, la autoestima solidaria y empática.

La autoestima busca el respeto en los demás. El ego desea infundir miedo para controlarles.

La autoestima se acepta y acepta a los que la rodean. El ego ni siquiera se mira a la cara porque no soporta sus contradicciones y usa a los demás como fichas que mover en un tablero y conseguir ganar una partida que ya tiene perdida de antemano. El ego pierde siempre porque no sabe lo que busca. La autoestima gana incluso cuando pierde porque no busca gloria. El ego es insaciable.

Una crea. Otro devora, destruye. El ego grita. La autoestima explica, susurra, canta. A veces, cuando decidimos cambiar, optamos por lo fácil. Hinchar un ego es como hinchar un globo. Aprender a quererse, aceptarse y desear ser mejor cada día es una carrera de fondo que nunca acaba y no admite despistes. Es demasiado fácil pisar y ponerse por encima de los demás, lo realmente complicado caminar a su lado y compartir… No necesitamos demostrar nada, sólo ser nosotros mismos. Acumulemos cariño, no rabia. Perdamos la memoria y encerremos al ego en el armario. Puestos a cambiar, no nos quedemos a medias, aspiremos a lo máximo, subamos el listón y seamos humildes.

 


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Cuando la intención se queda corta


Ser la noche que te espera tras la puerta de una tarde casi rota, despedazada por un momento turbio, una mirada esquiva, una respuesta lacerante.

Ser la sal y la cuerda que te ate al presente. Sin más amarre que tus ganas. Sin más imposición que la de tus pupilas saltando en mis pecas diminutas. Sin más empuje que el deseo…

Y nunca soltarte.

Buscar el verso y el rincón. Repetir el rezo hasta que parezca una canción monótona, un mantra necesario, una risa apagada. Pedir por ti, porque sepas llegar hasta mi noche sin perderte, sin asustarte al ver que mi cabeza torpe da vueltas a todo y busca sentido donde sólo hay laguna y encuentra arena donde había agua. Para que dejes de temer meterte en mi mundo de porqués y te sumerjas en mi silueta retorcida.

Ser la percha donde colgar tus miedos y desvelos. La escalera por la que subas a mi cielo templado, mi mar salado, mi alma agitada y las cortinas de mis ojos cansados que piden sol pero que lloran al encontrarlo.

Y nunca dejar de soñarte.

Ser el fuego con que quemar lentamente tus pensamientos agrios, las sacudidas de conciencia que te pega este camino que nunca será recto. Ser el zarandeo que te recuerda que estás vivo, el golpe que te hace darte cuenta de que el dolor te sobra siempre… El vaivén que mece tu sueño.

Ser la rotonda en la que gires siempre buscando la señal y el beso que te llegue antes de que abras la boca sin saber qué palabra pronunciar.

Y nunca, nunca dejar de buscarte.

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Enloquecer sabiendo que la sábana no llega a cubrirnos la cabeza para poder mirarnos a los ojos y contar secretos, desnudar mentiras y encontrar adjetivos nuevos para describir nuestras caras… Después de cada baile, después de cada salto, de sortear cada piedra del camino y recibir cada bofetada.

Ser la esquina de la cama que habitas, el pomo de puerta traviesa que muestra tu hombro desnudo, el espejo donde retener tu cara mojada y tu mirada tosca.

Ser la calle que se achica a tu paso lento y el aire espeso que cruza tu rostro recién lavado. Ser todas las luces y las sirenas que brillan y suenan. Todas las gotas de lluvia que caben en una tormenta que llega a ti sin avisar, las ráfagas de viento que arrastran esta noche que hemos dibujado lenta pero que pasa a ritmo de suspiro.

Nunca dejar de tocarte.

Andar por tu conciencia y quedarme en tu memoria. Esculpir mi sombra en tu recuerdo. Y que me busques hasta más no poder pensando que debiste sondearme más y revolverme menos. Que persigas mi sombra después de despreciarla y te des cuenta de que estoy tan metida en tu esencia que es imposible borrarme sin vaciar una parte de la tuya.

Ser el cielo que te mira sin parar y te ve pequeño, humano, que te podría tomar entre sus manos y mecerte, acariciarte…

Nunca perderte…

Ser el canto rodado de tu lecho de guijarros. La espina necesaria que te recuerde que muerdes y arañas… Ser la risa y la monotonía de un silencio que buscas y esquivas. Tenerte cerca, tocarte, masticar tu esencia… Enloquecer por notar tu presencia y asimilar tus latidos porque con la intención ya no basta y el sueño se queda corto.

Nunca dejar de bucearte… ¡Nunca!


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Cosas que debí decirte hace cien años


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No soy plegable, ni me escondo en el bolsillo a la espera de que me llamen.

Cuando me necesitan acudo, aunque mejor no abusar porque puedo desvanecerme si tengo la sensación de que se me utiliza. 

Por mucho que me ignoren no desaparezco. Al contrario, me impaciento, me pongo de mal humor y me siento triste porque creo injusto que los que ahora me piden, luego sean incapaces de dar.

Tengo sueños y son tan importantes como los tuyos.

No tengo sentimientos intermitentes que me permitan recibir cariño por ráfagas. Me gusta recibir una cantidad de amor constante. Sin exigencias, con respeto. Y esta parte no es negociable. La dignidad no se regatea.

Me gusta que me escuchen y me miren cuando hablo. Y espero ser capaz de hacer lo propio.

Me equivoco, lo sé. Si algún día dejo de admitirlo, espero que me lo digas y que seas capaz de escucharlo mismo de mis labios sin echar a correr o poner esa cara de niño triste.

Decido yo si me complico la vida. Es bueno hacerlo por lo que merece la pena. Si mereces la pena, me la complicaré por ti, mucho si hace falta… Lo sabes, lo he demostrado. Lo haré hasta saciarme de problemas… Hasta meterme en el lodo y arrastrar el carro más pesado colina arriba. No escatimo en lealtad y me gusta que la gente por la que doy la cara tampoco lo haga.

Aunque, la verdad, estoy convencida de que gran parte de lo bueno en la vida es sencillo, básico y se explica con una mirada.

Me gustan las aventuras, pero pregúntame antes de meterme en ellas y poner la otra mejilla. El trayecto es corto y quiero decidir yo si quiero pasillo o ventanilla. El tren se escapa… No discutamos por memeces.

Yo escojo mis retos. Yo decido qué me define, qué me llena, qué ocupa mis pensamientos y qué me mueve. Vivo mi vida y no espero que nadie lo haga por mí, pero si lo necesitas, sé ponerme en tu lugar para comprender tus miedos.

Creo que puedes reírte de todo en la vida, sobre todo de ti mismo, pero hay algunas cosas y personas que son sagradas. Que están por encima de cualquier moda, mal momento, crisis o vapuleo que te da la vida.

Pienso que hay momentos en los que uno tiene que estar donde tiene que estar y no hay matices en eso, los hay en todo lo demás. Creo en la libertad, pero también en el compromiso. Creo que si das palabra, tienes que cumplir. Las dudas, los peros, los porqués se plantean antes de darla… Entonces eres libre de meterte en esta historia o dar la vuelta. Si cuentan contigo, no puedes ir por la vida a medias porque eres una persona entera.

Me gustan la palabras. Son la mejor terapia que hemos inventado desde que pisamos este pedazo de tierra salvaje. Me gustan y creo en ellas. A veces pienso que nos van a salvar de nosotros mismos… He aprendido que a veces con una sola palabra se puede curar el dolor de siglos. Aunque, lo sé, también puede desatar una gran batalla si no sabes usarla. Me paso la vida buscando palabras nuevas y repitiendo las antiguas.  Las adoro. Necesito las adecuadas para saber cuando pronunciarlas y conseguir el efecto deseado. Al final, son vivificantes, sedantes al mismo tiempo… Como la risa, como el amor.

Necesito mi espacio, mi tiempo. Hay momentos en los que quiero mirarme y ver que soy la misma aunque esté mutando, aunque me de la vuelta y no me reconozca.

Muerdo. Aunque contigo he guardado mucho los caninos y he soltado demasiado la lengua. He subido el tono, me ha dado por hablar más alto en lugar de más claro. Y sí, clavo poco pero cuando me decido no suelto la presa. Soy de ideas fijas yo también ¿o creías que las poseías tú todas? Sé lo que quiero, sólo tienes que preguntármelo, si te interesa…

Supongo que ya te has dado cuenta de que guardaba mucho, de que tenía mucho pendiente por contarte…

Prometo que no volverán a pasar cien años sin recordarte que existo y que también tengo sueños y necesidades. Para que no se te olvide…


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Te pido la luna


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La relaciones son muy complicadas porque las personas lo son más. Para entender a los demás necesitaríamos una brújula que nos indicara en todo momento cuál es su norte y qué puesto ocupamos entre sus prioridades. Si nuestras brújulas no coinciden, tenemos un problema, alguno de los dos está derrochando un cariño que el otro da en forma de migajas… Incluso cuando las brújulas llevan senderos parecidos, a las personas nos gusta dar demasiadas vueltas, hacer piruetas sobre nuestras frustraciones y proyectarlas, retorcer la imagen que tenemos de nosotros mismos y la de los demás. A menudo, idealizamos a las personas a las que queremos. Les aislamos del mundo con un halo de perfección, una burbuja que les aleja de todo lo que enturbia su imagen, les concedemos poderes casi divinos y luego les pedimos que obedezcan a ese icono irreal, que sean dignos de tan alta consideración… Que sean humanos sin bajar del pedestal. Tanta perfección es asfixiante. Queremos que sean como hemos decidido y soñado que eran. Y no lo hacen. Algunos lo intentan, se vuelven locos para satisfacernos, para ser dignos de la etiqueta que les hemos colocado, porque ellos también se han enamorado de esa imagen que nosotros tenemos de su forma de ser. Acabamos siendo con ellos unos tiranos porque nunca nos satisfacen, siempre se quedan cortos y les exigimos más y más. Algunas personas parecen que no quieran amigos sino mascotas… Otros, salen huyendo, ven el listón tan alto que hemos colocado y se asustan o sencillamente, se dan cuenta de que a quién buscamos no es a ellos sino a nosotros mismos… 

En ocasiones, somos muy exigentes, demasiado de hecho, en algunos aspectos superfluos y poco en otros primordiales. Los amigos son para cuando te ríes pero sobre todo para cuando lloras y debe ser recíproco. Sí sólo te buscan cuando estás arriba, no son amigos, son vampiros.

Al final, un amigo es aquella persona que escucha y pide que le escuches, que te quiere y hace que te quieras… Al que no hace falta decirle nada cuando estás revuelto o tienes el corazón doblado… Lo sabe, lo intuye al verte, te sondea con la mirada. Sencillamente, te acercas y con la expresión de tu cara ya sabe que necesitas saber que está ahí, aunque sea para darte silencio… Para que notes que hay un pequeño reducto donde puedes estar tranquilo y yacer sin contar nada, ni responder a preguntas incómodas. Un pedazo de cielo… Eso ya es el cielo.

Alguien que te será leal cuando el resto se sumen a la marea de críticas por miedo, por ignorancia o por tendencia. La gente se apunta a todo, incluso a sabotear a los demás, sin razón aparente porque tienen pánico a dejar oír su voz o sentirse diferentes.

Un amigo es aquel que no teme ser diferente por estar a tu lado. Aquel que no teme que le señalen por estar contigo. Si tienes una relación así, no pidas más, lo es todo… Eso ya es la perfección.

Las relaciones son como los puentes, estructuras pesadas sobre un río caudaloso cuya solidez depende del ímpetu del agua, del paso de los transeúntes y de los materiales con que se ha construido. Las falsedades y engaños son materiales vagos, flojos, no aguantan los embates propios de los malos momentos… Y siempre hay malos momentos porque todo pone a prueba nuestro cariño. Momentos sordos, momentos de pánico y tensión. Tomamos una cuerda frágil, a veces y cada uno la tensa, hasta que sangran las manos y se pierde el sentido de todo… Hasta que te obcecas más por vencer que por reconciliarte. Hasta que ya no sabes qué defiendes y vas a aniquilar al contrario, que hace unos minutos era parte de ti. Aunque… Bajamos tanto el listón a veces para no quedarnos solos, para que nos quieran… Parece que pidamos limosna de cariño y acabamos aceptando, comprando una idea de amigo que parece un regateo. Los amigos no juegan contigo para aumentar su ego. No te hunden para sentirse por encima. Un amigo es alguien que se plantea siempre si con sus actos puede hacerte daño y busca la manera de hacerte bien… Que respeta tus silencios y tus palabras, que sabe que vas a equivocarte, pero tiene claro que te perdonará. Y que espera lo mismo por tu parte.

No se trata de que nuestros amigos sean de esas personas capaces de conseguirnos la luna, sino que sean de esos que sin saber cómo harán lo imposible para traérnosla… Aunque al final no puedan. Eso ya es la luna…


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Alma gigante


Navego en la arena caliente y me encojo en un caparazón demasiado blando para cobijarme. Escojo mal mis lealtades… Oigo que me silban un par de cuerdos para llamarme loca, mientras yo me busco en los espejos y me encuentro en las lagunas que tengo en la memoria. Ahora me veo distinta, más remota. Como una araña que trepa por la pared y mira al mundo desde lo más alto. Descubriendo que todo es minúsculo y relativo. Como una diosa diminuta en un mundo de hombres gigantes. Sin ganas de aparentar y dibujarme una sonrisa forzada en la boca. Si no me deseáis, no me toquéis. No pido limosna de cariño con objeción de conciencia. No busco caricias faltas de deseo, ni besos a oscuras. Merezco la luna. No voy a tolerar menos. Incluso voy a pedir más…

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Soy una niña que mete los dedos en los agujeros de las sillas viejas y que se calma la sed de historias observando a la gente en los ascensores. Todos tienen sabor amargo en la boca y disimulan el pánico encogiéndose de hombros.

Me miran algunos que no se encuentran a ellos mismos con cara de congoja y se creen que no tengo consciencia de mi forma y mi esencia. Me sonríen sin ganas, lo noto, y me dan pena. Y yo lamento volver a excusarme por habitar mi substancia, por ser tan mental como corpórea, por pertenecer sólo a unos pocos y seguir protegiendo a la niña que reside en mis lagunas. No volveré a detestar mi naturaleza efímera. Se dónde empiezo y dónde acabo, pero aún no he descubierto hasta dónde puedo llegar. El dolor y el tiempo me han hecho infinita, cíclica, rotunda. Soy más que este cuerpo que habito. Mi yo enorme ya no se detiene en las costuras, se expande, se derrite y circula calle abajo en busca de más fantasía.

Soy un pájaro incómodo que sueña, la boca de un pez pegada al cristal de un acuario, un gato que camina sobre una muralla estrecha. No caigo, no tengáis miedo, y si pasa, sobreviviré. Me escurro entre unas manos enormes y sueño que un día mi pecho estará en calma.

Hay quien se cree que por las noches aúllo, mientras yo, pliegue sobre pliegue, me convierto en una mujer de bolsillo y les miro sin piedad y sin abrir la boca les recuerdo que no existo. Para ellos no existo… Eso alivia. Sé que cada vez que me obvian pierden una de mis ironías más finas, una de mis risas salvajes.

Anhelo un alma gigante. No deseo volver a decir en voz alta que me perdono, mientras me busco, ni quedar afónica de nuevo persiguiéndome el eco.

La niña callada está delirante y juega otra vez a meter los dedos en los agujeros de las sillas viejas. Se disculpa de nuevo, revienta de excusas por existir sin darse cuenta de que debería callar. Es una niña diminuta. Tiene los ojos salpicados de verde y destellos rojos en el cabello castaño. Es casi guapa, casi feliz… Está casi rota, pero se aguanta asida a la vida porque ella misma es el pegamento. Es fuerte y elástica. No lo sabe aún pero los próximos años tendrá que cambiar mil veces de forma. Tiene miedo, pero le dará la vuelta hasta convertirlo en escudo… Y eso la ayudará a vencer, pero la aislará del mundo. Hasta que un día, estará sola. Tremendamente sola. Sola a rabiar. Y tendrá que salir y hacerse enorme. Saldrá de la crisálida y su tamaño aumentará hasta invadir su mundo. ¡Pobre niña triste e ingenua! Ignora todos los pasos que le quedan hasta que pueda vencerse a si misma. La tengo perdida en mi cabeza mientras aplasto la cara en el cristal de este acuario repleto de peces que resbalan al tocarse.