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la rebelión de las palabras


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Verano


El tiempo es elástico. Se escurre y se estira. El verano se cuela por debajo de la puerta hasta la noche, dilatando las horas de sol hasta extenuar la pupilas y vencer al sueño. Todo es intenso, todo sublima. Todo se expande, todo resucita para quedar agotado al instante buscando aire fresco y encontrando aliento cálido. El viento se empapa de sal y agita las ramas de los pinos para esparcir su aroma. Le invade el olor a mar que se mete por sus orificios y surca su rostro. Se siente ingrávida y al mismo tiempo corpórea. Camina por las dudas hasta llegar a una esquina y doblarla con temor, por si se encuentra a ella misma, con cara de risa y ganas de fiesta. Por si cede al calor y al misterio, por si acaba bailando toda la noche sin parar y sube al tren en la estación equivocada. Por si acaba cometiendo errores imperdonables y purgando penas aún no conclusas.

El fruto está maduro, tiene la sazón templada y necesaria para caer y sucumbir a su destino. Todo llega a su punto álgido, todo se dilata, todo explota, todo se agita. La luz agoniza dando al horizonte un color malva y dibujando relieves oscuros y sombras recortadas. En un momento así, piensa, cualquiera se equivoca y dice sí cuando debería decir no o no dice nada pero acaba cerrando los ojos y soltando la razón para que ruede por el suelo. Y se pierde por el camino…

Aún queda un hilo de luz que le permite distinguir entre el eco y la voz, entre el deseo y la realidad…

A pesar de todo, sabe que se dejará llevar y bailará toda la noche hasta que salga el sol y sus primeros rayos agrestes y tibios le acaricien la cara. Ella estará dormida, exhausta, envuelta en jirones de piel, al otro lado del mapa… Donde no conoce ni la lengua, ni el rezo y donde no recordará como llegó pero sabrá por qué. Abrirá los ojos hasta llenar la habitación de verde con su mirada dormida. Notará el sabor de la noche en sus labios y las horas de baile en los pies. Será verano.

A Ana I Agudo @Superana27 por sus palabras


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Siesta


El sol de esta tarde se cuela en mis pupilas indefensas y hambrientas de luz, cansadas de acumular oscuridad y lamer destellos de vida entre las sombras. Mis ojos tienen ganas de tomar sueño, bajo su mirada omnipresente y rotunda. Buscan cegarse de su vida, necesitan cubrirse de alegrías y tramar sueños que acaben en risa. Que no acaben nunca.

Mi piel busca el calor de esta hora tonta en la que los párpados se cierran y las voluntades se ahogan. Quiere rozar el tacto suave de la sábana y la calidez acuosa de un sueño de amor. Busca retiro y busca placer. Busca mecerse y revolotear. Busca poca cordura y mucha insensatez.

Camino levemente sobre la arena que arde y se prende a mis pies pequeños, mi cuerpo frágil se sumerge en el agua helada aún hasta que la sal me cubre los sentidos. Su marea agita mis sábanas y dibuja en mi boca una sonrisa tímida que termina en suave jadeo al llegar la calma, cuando el corazón se duerme después de latir inquieto y cargado de fantasías. Abandono el mar y casi dormito.

El sol se arrastra en mi diminuta presencia y dibuja mi contorno dormido y exhausto. Me suelto, me dejo… Me presto.

Y sueño. Lo devoro todo soñando y caminando por todos mis deseos. Cruzo las calles a prisa buscando por las esquinas dioses ocultos bajo caras tristes. Bajo miradas de niño distraído y juegos caprichosos. Busco su luz. Su calor. Su fuerza.

Mis pies se precipitan buscando risas, buscando momentos efímeros de felicidad extrema para conseguir que sean eternos, que sean sólidos…

Me precipito calle abajo y calle arriba persiguiendo la sombra, para buscar el sol. Muerta de ganas que me toque y me roce y me haga estallar de vida…

Detengo mi paso y levanto la vista. Lo noto. Y sé que busco algo enorme, lo más grande jamás buscado… tanto que me rodea, me sacude, me engulle… Sus rayos tocan mis cabellos y revuelven todas mis capas de existencia. Noto una punzada de placer al sentir su calor. Caigo agotada de luchar contra el deseo. Sé que no podré jamás ocultarme de él, ni evitar su presencia. Me habita y me ronda los sueños y las venas. Me surca por dentro como si yo fuera su cauce. Sucumbo loca y sin quicio. Me rindo. Ya no resisto. Las ganas de sol me superan.


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Deseo


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Vivía de palabras. Las devoraba, las leía una vez y otra, hasta mutarles el sentido y reconvertirlas. Jugaba a cambiarles el acento y ponerles prefijo, las cambiaba de contexto… las susurraba. Cuando estaba triste, las convertía en llanto o en gemido… cuando estaba alegre, las zarandeaba hasta que eran puras carcajadas…

De tanto perseguir palabras, había dejado un poco de lado los gestos, el roce con las personas… siempre más imperfectas a sus ojos que todo lo que podía encontrar escrito en un poema, en un tuit… en una pared oculta, de una calle oscura, una tarde perdida.

Los ojos se le humedecían al pensar combinaciones de palabras… Las posibilidades eran infinitas, podría estar toda la vida haciéndolas bailar a su gusto… y el día en que muriera, aún le quedarían millones por haber escrito, pronunciado, haber sentido. Se le clavaban como espinas las que nunca podría oír… eran risas perdidas, angustias imperceptibles acumuladas en su interior esperando ser liberadas. Escribirlas la liberaba de miedos y dolores.

Sin embargo, aquella mañana, se levantó saciada de ellas y al mismo tiempo hambrienta. Por un momento, las quiso corpóreas, necesitó tocarlas. Aquel día, al salir de su sueño, despertó en su piel y quiso piel, se sintió carne, quiso ser un verso y cobrar vida… quiso roce, caricia, quiso traspasar el papel y notar el calor, vaciarse del pánico de negro sobre blanco y nacer al temor de buscar abrazos sin encontrarlos. Quería ser cuerpo con todas sus consecuencias.

Estaba tan agitada que siquiera supo encontrar la forma de decírselo a si misma, no articuló sonido, ni encontró vocablo posible que contara su historia. No supo cómo y no supo por qué no sabia cómo. Estaba muda.

Todo su mundo era expresable hasta hoy en unas lineas, estaba ya contado en un manojo de poemas intensos… y hoy, se le rebelaba como un niño travieso, se le burlaba en la cara como si le desmintiera el pasado, como si le negara el haber existido, como si le dijera que lo vivido era falso. Había sido de papel y de sueño. Un volcán dormido.

Una fuerza inconmensurable la asía del pecho hacia fuera, la arrastraba a un remolino gigante, el viento le quemaba el rostro y la mantenía sujeta a dos palmos del suelo… eso parecía. En realidad estaba sentada sobre su cama, estaba sola, se sentía sola. Ahora quería versos de piel y de beso. Y le producía un temor inmenso pensar que no podía saciar ese deseo, más incluso que perder las palabras, que dejar de sentirlas. Podría buscarlas para explicar ese dolor nuevo y casi sólido… y tal vez  haber escrito lo que sentía en un pedazo de papel, pero prefirió salir a la calle y buscar personas. Necesitaba calor.

No era papel, era cuerpo.