merceroura

la rebelión de las palabras


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Millones de besos


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La vida es ese ejercicio que consiste en aguantar los noes y arrastrar los síes que hemos comprometido. Soportar y sobrellevar que algunas cosas no puedan ser y asumir la responsabilidad de seguir pase lo que pase. Darse cuenta de cuando hay que perseverar y cuando hay que ceder. Un paso atrás es a veces la mejor manera de tomar impulso y carrerilla para encauzar la segunda parte de un camino que se torcía. Asumir nuestras debilidades y errores nos hace más flexibles. Lo flexible se mece con el viento, lo duro se rompe. Saber cuando resistir la embestida y cuando dejarse llevar. Soltarse y contenerse, deslizarse y observar.

Lo importante es aprender a distinguirlo. Saber cuando te toman el pelo y cuando te has pasado tú de rosca. Cuando apretar para sujetar lo que es tuyo y te pertenece por derecho y cuando soltarlo para saber si viene hacia ti. Saber si es por inercia o por decisión propia. Discernir entre una defensa de tus derechos o una imposición tus deseos. Darse cuenta de si eres tú quién genera los conflictos y las frustraciones o de si permites que vengan a ti porque eres incapaz de decir no cuando sabes que cedes sin querer, cuando te dejas pisar y la rabia  hace nido en tu pecho.

La vida es saber distinguir cuando ese impulso que te sale de dentro es una buena intuición o un idea pésima que deberías madurar porque puede traerte problemas. Es saber si debes apartar tus sueños a un lado por un rato para conseguir una comunicación más fluida con otra persona o si debes exigir que se tengan en cuenta. Ver la diferencia entre necesidades y caprichos.

Saber si tienes que disculparte aunque estés convenido de que no te has equivocado porque eso calmará las aguas que han salido de su cauce. O si hacerlo es arrastrarte más y exponerte a ceder libertad y autonomía.

Vivir es decidir. Sin parar. Todo el rato. Decidir si lloras o ríes. Si hablas o te callas. Si ayudas o miras hacia otro lado. Si besas o eludes el beso. Si abrazas o esquivas. Decidir si dices sí o dices no. Si eres víctima o tomas las riendas. Si eres el pastor o el rebaño. Si te lanzas o te quedas rezagado. Si miras o cierras los ojos. Si vives o te dedicas a observar como viven los demás. Si actúas o sólo criticas… Y no hay fórmulas acertadas o equivocadas. Cada momento es único y no sirve de nada lo anterior más que para sujetarse en algo al caer y saber que has podido, que has aprendido a leer el lenguaje de las pequeñas cosas y los guiños de otras personas y puedes saber por donde parar el golpe. Y decidir fiarse o no fiarse, dejarse llevar por las palabras o las miradas. Aprender a darnos cuenta de si el cariño o el amor nos ciegan. Reconocer si aquella persona a la que amamos nos quiere de verdad y luego escoger entre apartarse o insistir…

A veces esas decisiones se tienen que tomar en segundos. Hay momentos que cambian el resto de una vida, que tienen más peso en el cómputo final que algunos años enteros.

Decidir en un instante si giras el volante, si subes al tren, si llamas por teléfono, si giras la cara, si doblas la esquina, si pides perdón, si entierras el hacha, si llegas al final de camino, si subes al ascensor.

Momentos de esos que sabes que lo determinan todo. Y hay que arriesgar, sin saber cuál es la decisión correcta…

Aunque luego, caprichos del azar, a menudo las decisiones incorrectas son las adecuadas. Los errores que necesitábamos para aprender la lección, conocer la moraleja, conocer a alguien que nos cambia la vida… Darnos la bofetada más grande contra nosotros mismos y topar con la certeza de que si no cambiamos nos extinguimos.

Hay personas que debemos conocer para saber cómo amar y otras que nos enseñarán cómo no hacerlo. Algunos nos ayudarán a querernos y otros nos obligarán a aumentar la autoestima para sobrellevar sus exigencias y superar el dolor que nos causan.

Hay cosas que al final son buenas y que cuando llegan a nosotros están vestidas de tragedia, de problema monumental, de laberinto sin salida. Si el riesgo nos lleva a subir al tren equivocado, seguro que en algún vagón hay un mensaje que debíamos conocer. Una mirada que no podremos esquivar, un paisaje que debemos contemplar mientras avanza. A menudo tengo la sensación de que no hay destinos equivocados. Hay un entramado infinito de posibilidades que se mezclan e interrumpen, muchas de ellas llevan al mismo lugar pero por caminos distintos… Cada camino es una experiencia, cada experiencia es una prueba.

En ocasiones es muy complicado distinguir entre si lo que te pasa es bueno o malo, la única solución que nos queda es abrir los ojos, sentir y estar atentos para que no se nos escape nada. Por si resulta que tras la puerta errónea está el amor que buscamos o en la esquina que no íbamos a doblar alguien toca una canción que nos conmueve o dice la frase que necesitábamos oír para modificar el rumbo.

Si al principio era que sí o que no, bueno o malo… Qué más da… Hay millones de formas de encontrarse a uno mismo. Millones de maneras de saber lo que no quieres, lo que te duele, lo que necesitas para seguir. Millones de posibilidades  y millones de rostros con los que cruzarte… Hay millones de besos que no son el beso que buscas. Bienvenidos sean si al final te permiten distinguir al verdadero.


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Iba a ser un compendio de quejas y se quedó en un presunto poema de amor


Ella, presa dulce. Siempre subida al trapecio, haciendo equilibrios para no caer ni decantarse. Tan frágil y a la vez tan elástica. Tan viva y a la vez tan cansada. Un cuerpo pequeño, mitad mujer y mitad piraña. Siempre deseosa de tragarse al mundo y quedar oronda y satisfecha… Siempre deseosa de encontrar una montaña más alta, un amor más dulce para contar la historia y que todo el mundo sepa que ha sido amada… Por si alguien lo duda, por si alguien cree que no es digna y el amor sólo le llega de esperar migajas bajo la mesa o arañar besos equivocados a oscuras. Ahora está bastante harta de esperar y quedarse quieta, de recordar que antes bailaba…

Ella siempre siendo lo que otros piensan que sueña, lo que otros dibujan en un papel doblado. Siendo el personaje, la rima fácil, el sueño tangible… Cambiando de rostro y esperando que le des tu aprobación para que todas sus moléculas sean tuyas y exista a través de tus suspiros y se esculpa a través de tus ojos. Deseando robarte una caricia, esclavizada a tus pupilas… Suplicando que la sigan y no la pierdan de vista, anhelando que la suelten para bajar del trapecio y volver a ser bailarina.

Ella, bailando este vals perverso a tu son, cubierta de escamas de tanto esperarte, de esconderse tras tus cortinas y enredarse en tus pliegues de hipocresía buscando encaramarse en tus brazos y morar tras tus oídos… Vivir en tus pestañas… ¿No la ves llorar porque no la miras? ¿No la ves penar mientras no te inquieta nada más que afilar tus zarpas y capturar otra presa más silenciosa, más sumisa, más arrastrada?

Ella, colmada de suspiros y repleta de llantos contenidos. Sueña con ser otra y satisfacer tus pensamientos, colmar tus encías… Pero se queda a medio camino, porque es tan lista que sabe que los días de fiera amaestrada se le acaban, que toca recoger las lágrimas y dejar de arrastrar la falda… Sabe que las hojas caídas se amontonan en su entrada creando un tapiz ocre que le recuerda que el otoño está entrando en su vida imparable y que la puerta se abre y va a salir al mundo a buscar lo que no encuentra en ese hueco que le dejan tus miradas burlonas. Ella que ha sido loba y ahora está petrificada, ella que surcaba las noches en busca de batalla y presa fresca y ahora caza de oído, con la vista y el olfato casi muerto le recuerda que en su interior habita una bestia dormida… Una bestia hermosa.

Ella y sus quejidos dulces, viviendo de acumular lamentos. Con los cajones del alma siempre revueltos y las noches en vigilia imaginando que se decide, que deja de inspirar en la habitación buscando tu olor y esencia y desesperándose por notar que la roza, que la abraza. Necesitaba contar una historia y subir una montaña. Necesitaba devorar un sueño y quedar harta… Y se metió hasta las rodillas en un fango cenagoso y quedó atrapada… Tus manos la dejaron prendida porque dibujaron caricias que nunca llegaron… Porque inventaste palabras que ella jamás había escuchado y se las susurraste al oído mientras inventabas un tú distinto que la colmaba de miradas y besos a distancia. Una seducción amarga, una teleraña inmensa…

 Ella sabe que sus días de correa y rincón han terminado. Las bestias son bestias y ella no es mansa.

Sigue cansada en un rincón y te mira con ojos llorosos y hocico mojado. Te busca con las esquinas de su boca roja y agotada de rondarte el beso… Te huele para saber cómo estás hoy de sabroso por si se decide a hincarte el diente… Sin pedir permiso, sin que sepas de dónde viene el bocado… ¿No te das cuenta de que tienes a un fiera atada? ¿No ves que si no la miras se ofende y si se ofende va por ti y te devora el alma?

Ella, que lo ha dejado todo por dorar tu rincón, subir en tu trapecio y morar en tu jaula… Se va, está lista y se desliza hasta el suelo, con sus pies pequeños y su mirada de plata.

Este vals perverso entre dos bailarines locos se acaba.

¿No lo veías venir? ¿No prefieres darle la llave de la jaula y suplicar que se quede?


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Todavía


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Muta. Salta. Bucea.

Sal de la pecera y lánzate al mar. Agita las alas y cae, cae sin motor y sin freno. Deslízate por el precipicio, pon un pie en la arena y rueda por las dunas calientes… Nota como todos tus sentidos pierden el control, como dejas de saber quién eres y qué pasará por unos momentos. Aprende a sentir que no llevas las riendas o que las llevas pero las cedes al viento, para experimentar, para volar, para saber qué pasa cuando se agota este mundo en el que vives encerrado y tienes que mudarte al de tu imaginación. Recuerda que el día es noche y la noche es día. Todo es posible. Todo está por dibujar, todavía.

Piensa al revés. Vuelve a reconsiderarlo todo, esta vez sin encogerte de hombros, sin más limite que el infinito.

Recuerda que puedes cambiar a media partida, mientras escojas lo que te llena, lo que te mueve, lo que hace que cuando lo sueñas salten chispas.

La felicidad está en ese atajo que nunca tomas para ir al trabajo. Tus sueños están en esa esquina que nunca pisas justo ante la tienda en la que nunca entras porque no te gusta probar cosas nuevas. La fortuna nunca saca a pasear al perro a la misma hora, tendrás que sorprenderla. El amor de tu vida se sienta en las mesas del fondo del bar, esas a donde nunca llegas porque la rutina te frena… La rutina, nada tan cómodo como poco excitante. Nada tan absurdo como gris, mortecino, hastiante… Nada tan plácido. Te queda todo por sentir, todavía.

Mójate. Juégatelo todo por algo en lo que creas, por alguien que te haga sentir especial. Arriesga por amor, no por miedo. Rasguña tus manos, si hace falta, trepando muros y escalando montañas inexploradas. Deja que tus rodillas tengan rozaduras como las de los niños que juegan y saltan. Apura la última gota de pócima mágica. Besa al sapo. Bésale aunque estés segura de que no es un príncipe. Cambia de canción preferida. Cambia de melodía de fondo, de fondo de pantalla, de escena de película, de dimensión. Cambia de hemisferio.

Devora. Deja a medias la cena de todos los martes e improvisa un banquete. Tropieza y encuentra la aguja del pajar. Pisa esa zona oscura donde no hay red si caes, ni barandilla para sujetarse. Imagina, crea, engendra… Estimula tu cabeza, agita tu pecho… Aviva tus sesos y oblígales a ganarse las lentejas, a proporcionarte la ilusión necesaria para mover el eje de rotación de la tierra. Que tus neuronas se sacien de locuras, que te den la vuelta a la vida hasta que pierda la forma habitual y adquiera otra que te hace sonreír.

Haz el ridículo por defender lo que crees hasta extenuarte, hasta que otros se den cuenta de que lo ridículo sería no defenderlo. Hasta que tu ridiculez sea lógica y se convierta en tendencia.

Camina por la cuerda floja. Sé singular, sé distinto. Sosiega tus delirios y sigue tu intuición. Sé imprudente, a veces. Sé excesivo y luego descansa. Que la gente se ría al leer tu epitafio. Que tu cuerpo se canse de guasa y no de asco.

Tu mejor momento es este. Y te queda mucha mecha, todavía.