merceroura

la rebelión de las palabras


13 comentarios

Es la hora


Clockworks

Hay momentos en los que parece que no pasa nada. Casi no estás. Nada te toca, nada te sorprende, nada te conmueve. Vives en una vigilia constante esperando un buen momento, un día en el que tomes energía y te veas capaz de vivir con los cinco sentidos. Notas que los días pasan como si un túnel se los tragara, como si fueran señales de tráfico que te ordenan que moderes tu velocidad y no pudieras poner el freno. Te mueves por inercia, como si dentro de ti la máquina estuviera tan acelerada que si te detuvieras pudiera explotar.

Acumulas pensamientos y dilemas que vas dejando en un baúl gigante, se van agolpando unos tras otros pendientes de decisión. Cuando tienes cinco minutos, sacas uno al azar y, si no te gusta o te supone mucho dolor tenerlo en cuenta, lo guardas de nuevo como si fuera un caramelo.

Y un día, te das cuenta de que han pasado cien días, doscientos… Y siguen ahí mirándote el cogote cuando te sientas a intentar calmar el tren que llevas dentro y que no para ya en demasiadas estaciones. ¡Hay tantos ya! Hay cosas que debiste decir y no tuviste valor, disculpas, reproches enquistados, palabras a medias, sentimientos retraídos que se te quedan en la garganta y no te dejan a veces ni hablar ni respirar. Hay quejidos sordos, hay lamentos pendientes. Hay sensaciones que esperas tener algún día si es domingo, hace sol y tienes valor de tomar el camino o hacer esa llamada de teléfono mil veces postergada. Hay locuras guardadas haciendo cola como nadadores que esperan para lanzarse en un trampolín. Hay besos por dar, viajes, un par de zapatos de tacón alto atrevidos y arriesgados que se quedaron en un escaparate porque no te decidías… Lugares a los que no has ido más que con la imaginación, abrazos que sólo has dado de memoria. Todo por decidir y por hacer.

Hay momentos en los que no pasa nada. No hay magia. No distingues un día de otro más que por alguna ráfaga de viento o o alguna portada de periódico. Caminas y no ves nada. Pasas por una especie de trance que te aisla de todo, te hace impermeable a lo que te rodea. No estás bien, pero tampoco estás mal. No sueñas, pero no sufres. Estás a años luz de cualquier arañazo. No te salpican las historias tristes ni te emocionan las historias felices. Sabes que es de noche porque cierras los ojos y que es de día porque vas en autobús. De vez en cuando, topas con alguna cara que busca tu complicidad y eludes sus miradas, las lanzas al baúl y sigues tu camino. Para que llegue un día en el que ya decidirás si respondes, si accedes a contestar, si te dejas convencer, si quieres acercarte y arriesgar.

Y un año más tarde, tu baúl está aún más lleno y algunas de las cosas pendientes que había en él empiezan a desaparecer, se desvanecen. Algunas oportunidades han pasado y se han perdido para siempre. Ya no tendrás que pedir disculpas porque a quién debías pedírselas ya no está. Ya no puedes reprochar nada porque ni recuerdas qué era. Ya no tiene sentido decir “te quiero” porque ya no sabes qué sientes y aquel amor se esfumó y cambió de ciudad. El bar donde tomábais café ha cerrado… Aquellos zapatos ya no están en el escaparate y las conversaciones pendientes han caducado.

Te quedan aún un par de viajes, dos locuras por definir, una cita pendiente a colocar en tu agenda y un mensaje por contestar. Y ya no puedes esperar a un domingo soleado para tomar ese camino o hacer esa llamada porque amenaza lluvia.

Los días pasan, las señales se suceden una tras otra. La locomotora que guardas en el pecho no para, el impermeable que llevas para ir por la vida se te queda corto. El paso del tiempo se dibuja en tu rostro. El café se queda frío. Donde antes había un puente, ahora hay un muro. El árbol donde una tarde escribiste tu nombre es ahora una plaza de parquing. La hiedra ya no trepa por las paredes porque han fijado vallas publicitarias… Los pensamientos pendientes se desgastan. Las decisiones que no tomas echan raíces. El mundo no para mientras tú te detienes. El tiempo le cambia la cara a tu mundo… 

Es la hora de abrir el baúl.


28 comentarios

El día que ya no tengamos miedo


OLA MAR

El día que ya no tengamos miedo caminaremos por la cuerda floja y compartiremos todas las ideas brillantes que nunca nos permitimos compartir. Bailaremos sin temor al ridículo y treparemos por el muro para ver qué hay al otro lado.

Será ese día en que nos atreveremos a decir que no y nos subiremos a la silla para que todos lo oigan y sepan que no estamos en venta. Contaremos todas nuestras anécdotas absurdas que siempre hemos creído que hacían gracia a cualquiera que pase a nuestro lado más de cinco minutos. Le pediremos una cita a quién amamos en silencio y le aguantaremos la mirada esperando respuesta.

El día que ya no tengamos miedo nos podremos ese vestido guardado que muestra una parte generosa de nuestra anatomía imperfecta y el tacón más alto. Entraremos en la reunión cuando ya haya empezado y todos verán nuestra silueta pasar ante sus caras. Levantaremos la mano para preguntar todo lo que no entendemos a riesgo de que algunos nos tomen por memos. Entraremos en esa habitación cerrada con llave donde habitan nuestros fantasmas para abrir las ventanas y dejar que pase el aire y borre nuestras amarguras más rancias. Jugaremos esa partida y subiremos a la roca con la vista más hermosa y vertiginosa que encontremos.

El día que ya no tengamos miedo les diremos a todos que tenemos un secreto guardado y airearemos nuestras faltas. Les contaremos nuestras miserias y relataremos nuestros errores más rotundos. Hablaremos hasta reventar aún a riesgo de parecer pesados. Es más, lo seremos y mucho, porque ya no soportaremos estar callados para no molestar.

Nos comeremos la última aceituna y probaremos la nata del pastel con el dedo índice ante el asombro de todos. Ese día igual seremos un poco maleducados como efecto rebote después de tanto esperar y callar. Nos convendrá recordar que los demás no tienen la culpa de nuestro letargo y que fuimos nosotros quién escogió vivir acongojados por considerarnos un estorbo que en realidad nunca fuimos.

El día que ya no tengamos miedo saltaremos al vacío sin red y correremos aún sabiendo que llegaremos en último lugar en la carrera. Dejaremos que la lluvia nos cubra y el sueño nos alcance de madrugada, cuando no nos quede suelo por pisar ni regla por romper. Cuando hayamos roto todos los tabús y ya no llevemos el corsé de la angustia. Por si el día siguiente al día que ya no tengamos miedo resulta que al levantarnos estamos arrepentidos. Por si el temor vuelve y se hace hueco en la conciencia y siembra dudas en nuestra mente inmaculada por lo que a la felicidad o la valentía respecta…

Vivimos pensando que hay cosas que un día tendremos el valor de hacer. Situaciones que con el paso del tiempo sabremos afrontar. Como si en algún momento de un futuro cercano, fuéramos a hacer un “clic” en nuestra cabeza y encontrar las claves de lo que es bueno o malo. Como si ese día nos fuera a poseer un espíritu libre y capaz de afrontar la vida… Como si ese mismo día, nos fuéramos a levantar con el valor necesario para marcar una circunferencia a nuestro alrededor y decidir qué la atraviesa y qué no. Es el día en que siempre pensamos que seremos felices. No porque todo vaya a ser perfecto sino porque seremos lo suficientemente sabios como para plantarle cara a la vida. Porque nos amaremos lo suficiente como para decir no y dejar de permitir ciertas conductas sobre nosotros que nos duelen y socavan. El día que ya no tengamos miedo y dejemos a todos con la boca abierta con nuestra pericia e ironía… Y cuando nos miren aquellos que nos critican, bailaremos ante su cara con indiferencia.

Seamos sinceros, ese día es un refugio. Una excusa para no moverse ahora. Un mantra irreal que repetimos y nos permite pasar los días postergando el momento de decirnos a nosotros mismos que somos sólo lo que nos atrevemos a ser. Que estamos instalados en una mediocridad plácida y que no tenemos intención de mover un músculo para rozar la gloria. Si la quisiéramos, estaríamos batallando por ella. Ya habríamos dado la vuelta a pequeñas situaciones y habríamos dicho que no muchas veces, subidos a la silla, ante el asombro de los demás. Y tal vez, habríamos trazado un círculo enorme que nos protegiera de volver a caer en el tedio y el asco.

Al paso que vamos, el día que no tengamos miedo, nos fallarán las fuerzas y no podremos trepar al muro. No recordaremos el secreto oculto que nadie conoce sobre nosotros y ya no tendremos un amor imposible al que pedirle que pase la noche en vela en un beso eterno. El día que ya no tengamos miedo no existe, nos lo inventamos para seguir temiendo y ocultarnos de nosotros mismos y nuestra desidia.

No habrá un día en que no tengamos miedo, en realidad. El miedo siempre está ahí, haciendo guardia. No importa tenerlo, lo que realmente importa es que el miedo no nos tenga. Mejor pensar en el día en que, a pesar de tener un miedo atroz, decidiremos que no vamos a escondernos más. Que merecemos vivir a pleno rendimiento. El día que digamos «ya basta» y empecemos a ser quienes realmente somos. 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

Disponible aquí 

amazon llibre merce amazon

Si quieres saber más de mí, te invito a entrar en mi web y conocer lo que hago. Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar todo su potencial a través del coaching, el mentoring y la Inteligencia Emocional. 

www.merceroura.es 


8 comentarios

Será mañana


Mañana despertaremos y todo parecerá igual que siempre. Nuestros ojos se perderán entre claros y oscuros, hasta encontrarnos el rostro y ver que nuestras facciones son las mismas. Todo tendrá el aspecto de un día común. Miraremos al sol, si asoma, buscando una señal. Algo que nos diga que el día que nos espera será distinto. Algo que nos permita tomar impulso para saber que la espiral de angustia en la que estamos sumergidos puede tocar a su fin.

Cada sorbo de café tendrá un sabor bastante parecido al anterior. Notaremos como se diluye en nuestra garganta cansada de ahogar gemidos y tragarse palabras. Y querremos no callar, decir lo que pensamos… Sabremos que estamos a punto…¿tendremos valor?

Nos conocemos tanto, que sabremos qué vamos a pensar en cada momento. Las imágenes que nos vendrán a la mente esperando turno, pidiendo paso intermitente… Nos repetiremos las mismas consignas en voz baja para convencernos de que en algunas cosas vamos a tener que resignarnos… Aunque algo dentro de nosotros nos dirá que tal vez deberíamos seguir insistiendo… Odiaremos profundamente esa palabra “resignación” con la toda la fuerza que nuestro ser pueda albergar . Y notaremos que someterse a ella será una agonía lenta, premeditada. Una forma de vaciarse y dejarse llevar por la corriente sin oponer resistencia. Y sabremos que hay que tomar las riendas.

Devoraremos noticias tristes y esquivaremos caras largas y muecas de asco. Buscaremos fantasías en el ordenador para volver luego a meternos en el caparazón de la desidia, acomodarnos a un gesto anodino… Sin esperar nada más que recuperar la esperanza de repetirlos mañana con más ganas, con más convicción, sin el sabor ácido del tedio en la boca.

La rutina se nos comerá las ganas. A mediodía, seremos sombras… Aunque si nos damos cuenta de ello, seremos sombras que aspiran a salir del túnel, a respirar aire puro…

¿Nos atreveremos a imaginar más? ¿o pensaremos que somos demasiado osados si tentamos a la suerte? Creeremos que tal vez no lo merecemos por temor a ser felices demasiado rato y luego echar demasiado de menos esa sensación de euforia…

¿Preferiríamos ser de plástico porque así nada nos dolería? ¿O nuestro corazón es músculo puro, aprisionado en un pecho dormido, deseando latir y despertar?

Cada bocado será más insípido que el anterior. Compartiremos risas falsas con las mismas caras, tendremos las mismas conversaciones con las mismas inflexiones en la voz y en ese momento nos vendrán a la cabeza los mismos pensamientos… Derramaremos las mismas lágrimas.

Mañana suplicaremos con la misma intensidad y vehemencia salir de ese agujero negro de la rutina, de la modorra y la pereza. Subiremos al mismo tren y surcaremos con la mirada las mismas expresiones de rabia contenida ante nosotros.

Bostezaremos como siempre en la misma estación. Siempre bajo la misma luz amarillenta del vagón que lo impregnará todo de un halo amargo y un moho imperceptible. Leeremos el mismo libro, aunque el autor y la historia sean distintos… Sabremos, entonces, que si no hacemos nada, el agua siempre estará estancada y el aire estará viciado.

Y la noche llegará. Nos cubrirá los ojos y las sienes. Un cansancio eterno nos apretará los hombros y nos pedirá rendición. Respiraremos el mismo oxígeno, consumiremos la misma vida, nos sacudiremos la misma lluvia del abrigo, volveremos sobre nuestros pasos.

Aunque a pesar de todo, si nos damos cuenta que ya estamos hartos… Si nos hemos percatado de que ya no podemos más y de que cualquier desatino es mejor que esta espiral oscura y cenagosa… Habremos triunfado. Decidiremos guiar nuestros pies hacia un camino que nos lleve a donde queremos llegar.

Sabremos que vamos a decidir las palabras que pronunciamos y escoger los verbos que conjugamos…

Cerraremos los ojos sabiendo que ese ha sido el último día insignificante de nuestra vida. Será mañana.