merceroura

la rebelión de las palabras


5 comentarios

Humildemente…


heart-2719081_640

Estamos tan acostumbrados a escondernos por miedo, que a veces, al tomar decisiones no sabes si lo hace tu yo valiente o tu yo asustado…

No sabes si te pasas preparándote porque estás preocupado por la consecuencias y el qué dirán o realmente respondes a tu intuición que te dice que no te metas en según que embrollo.

El miedo te atrofia tanto las ganas y la capacidad de ser tú,  que cuando decides mostrarte y comerte el mundo sin pensar qué dirán, a veces te pasas de osado…

Y yo defiendo la osadía, siempre… Casi siempre… Lo que pasa es que a veces la línea entre amarte y decirle al mundo “esta soy yo, valgo tanto como cualquiera” o “esta soy yo, más chula que nadie” es delgada… En ocasiones incluso, puede parecer que estás diciendo lo segundo cuando en realidad es lo primero. Por eso las formas y los gestos son importantes… Abrazar la humildad de que vales mucho, tanto como quieras o decidas que estás dispuesto a conseguir, pero saber que eso no te hace mejor que nadie.

No eres mejor que el que sólo sueña o pasa la vida arañando sueños ajenos.

Ni que el que no se atreve.

No sabemos qué hay en cada corazón como para juzgarlo.

A veces, yendo por el mundo (mi mundo, porque uno siempre viaja por su mundo aunque llegue a las antípodas, ya que lo vemos a través de nuestros ojos y experiencia) he visto personas que sonríen y llevan a cuestas historias muy amargas. Y personas muy tristes que no han sabido aún vivir esa tristeza sin que les desborde y acabe ahogando. No somos mejores… No sabemos qué haríamos si lleváramos sus camisas o nos metiéramos en sus vidas un rato… No sabemos si alguien les enseñó alguna vez a quererse y no han podido encontrar la forma de darse cuenta… No sabemos si sus miedos son aún más grandes que sus sueños… No conocemos sus fantasmas ni sus rituales diarios para hacerlos desaparecer…

Criticamos a otros porque topan con un muro cuando nosotros nos encerramos entre la paredes del resentimiento.

Juzgamos al que no puede ver que al que no sabe escuchar o al que ni siquiera lo intenta. Juzgamos, criticamos, siempre… Sin parar, como si lanzar la rabia acumulada nos librara de nuestra amargura. Y no somos nadie para decidir qué son o qué merecen… Ya tenemos suficiente descubriéndonos a nosotros mismos como para meternos en sus vidas y gestionarlas. Si a veces, nos quedamos paralizados porque no creemos merecer nada bueno o no nos amamos lo suficiente… ¿Qué lecciones vamos a dar?

Miramos al mundo con nuestros ojos olvidando que nuestros sentidos nos engañan. Que hay mil realidades en cada gota de agua, mil historias en cada lágrima o pensamiento.

Nosotros también fuimos educados para mirar así. Juzgamos sin medir, sin saber, sin comprender… Condenamos en los demás aquello que hay en nosotros, aquello en lo que nos asusta convertirnos… Como si señalando con el dedo hiciéramos una ceremonia para alejarlo, cuando es justo todo lo contrario… Sólo constatamos que nos asusta y nos precipitamos hacia ello si no somos capaces de reconocerlo y dejar de mirar hacia otro lado en lugar de poner la vista en nosotros.

Nos dijeron lo que era justo y usamos esa vara de medir para todo… Y hay otras. Algunas nos parecerán injustas, otras tal vez no las lleguemos a conocer porque no abrimos la mente…

Todos tenemos derecho a ir a contracorriente y defender nuestros puntos de vista. Nadie debe parecerse a nadie, no es saludable y no aporta nada.

Es maravilloso tener las ideas claras y la esencia intacta. Es genial vivir en coherencia con tus valores y forma de ver la vida… Mata más personas la incoherencia que el colesterol… Aunque seguro que de alguna forma están relacionados, la vida a veces es ironía pura y nuestro cuerpo se va esculpiendo en base a lo que hacemos y sentimos.

Sin embargo, ser coherentes con nosotros mismos, no implica que otros que no hacen lo que nosotros pensamos que está bien, sean incoherentes… Significa que tienen otro mundo, otra forma de ver…

Tal vez no hacen bien, hacen daño… Tal vez nos lo hacen a nosotros y tenemos el derecho a decir que no y el deber humano de no permitirlo. Y después de eso, la sana opción de disculpar y entender que tal vez no saben más, no entienden… Y no hacerlo como perdonando desde un pedestal a un ser inferior sino desde la convicción de que no todos nacemos desde la misma posición de salida y muchos no pueden adelantar hasta donde se les permite ver con claridad…

O tal vez seamos nosotros los equivocados, los que no vemos.

Es saludable pensar de vez en cuando que quizás nos equivocamos y poner en revisión lo que pensamos que es sólido, porque la vida da muchas vueltas y cada vez la realidad es más líquida y cambiante…

No ha de darnos miedo cuestionar nuestros dogmas. Es la única forma de ponernos y ponerlos a prueba y descubrir que son verdaderamente nuestros… Vivimos con tantas creencias prestadas que nos limitan que a veces morimos por defender algo que ni tan solo nos hemos preguntado si es cierto y no creemos.

¿Cuántas personas enferman por trabajar tanto para otros que ni siquiera saben agradecer porque creen que parar y descansar un poco les hace parecer débiles, poco eficientes, irresponsables?

Y eso es porque les han educado para sufrir y necesitar ser perfectos. Cuando hacer lo mismo pero con la moderación necesaria y poniendo pasión en lugar de sufrimiento les llevaría a estar más sanos y sentirse más realizados…

¿Cuántas personas se quedan por el camino dándolo todo por el sueño de otros?

Vamos heredando de generación en generación esas creencias, de padres a hijos, os rodean, nos invaden, nos muestran el mundo desde una mirilla, desde un embudo, desde la visión de un túnel que sólo ve el final y deja aparte la visión del camino…

Hay muchas formas de llegar y no solo la nuestra es válida.

Hay muchas formas de mirar al mundo que no son con nuestros ojos ni prejuicios.

Si de vez en cuando, al tomar decisiones o hacer juicios podemos hacernos preguntas e indagar el por qué sin actuar como autómatas, tal vez descubramos que hay mucho por aprender y mucho en nosotros que no es nuestro…

Tal vez no sea malo ni bueno, eso son parámetros primitivos aún por desarrollar. Preguntarnos si decidimos desde el amor a nosotros mismo o la vida o desde el miedo a qué pasará si lo hacemos de otra forma…

Lo que realmente importa es descubrir si nos define o si nos hace sentir bien. Si va con nosotros. Si es lo que queremos transmitir… Si se ajusta a nuestro modelo de vida…

Y arrancar lo que no nos resuena dentro para poder mirar al mundo con los ojos desnudos y descubrir cosas nuevas…

Y tal vez el que está a nuestro lado con cara triste pueda hacer lo mismo o sepamos verle de otra forma y encontrar los matices que le hacen único…

Desde el respeto que se merece… Con la humildad que nos hace grandes… Seamos capaces de comprender que en este mundo hay otros mundos que no son el nuestro… 

 


14 comentarios

Voy a amarme bien


model-2425700_1280

Voy a amar mis pecas y mis imperfecciones.

Voy a darme permiso para no preocuparme por si se notan mis pequeñas arrugas y mis grandes errores.

Y sólo yo tendré la llave que abre mi puerta, porque está cansada de estar siempre abierta y dejar pasar miedos y fantasmas. Y ver como se me escapan las ganas cuando no soy capaz de mantener el ánimo… 

Voy a soltar mi culpa por no haber llegado a la meta, convencida de que tiene un sentido cada minuto invertido en soñarla y cada segundo intentando aceptar que todavía no la he alcanzado.

Voy a darle a mi ego un respiro y le pediré que pierda, que se quede a un paso, que ceda el asiento y deje de marcar territorio. Le ordenaré que baje del pedestal y se mezcle con otros egos y espere su turno, si llega…

A veces, me hace sentir presa del mundo, porque quiere que me pelee con él para tenerme controlada y entretenida…

Voy a cerrar la puerta al pasado, renunciaré a todo lo que hay en él que me quema y me duele… Así ya no podré recordarlo y compadecerme y sentirme rota e hinchada de desgracia… Así no me quedará tragedia que desgranar en cómodas quejas y lamentos ni pena que llorar en lugar de salir a la calle a pasear un rato.

Tanto buscar tragedias para quejarse y hacerse la estrella de los desatinos consume mucha energía y cuando quieres parar un rato te das cuenta de que has cogido demasiada inercia.

Voy a repartir lo que pensaba era imprescindible y a quedarme lo que no me asusta perder, porque así sabré que nada es del todo mío y valoraré cada momento… Porque abriré mis ventanas a que entre lo nuevo echando lo viejo y donde reparten sabrán que tengo espacio libre…

Nada como tirar los muros de mis pensamientos para darme cuenta de  que aquello que pensaba que eran paredes maestras en realidad eran tabiques prescindibles que me alejaban de la luz…

Y lo mismo haré en mi alma y en mi cabeza.

Soltaré penas rancias y acumuladas para dejar paso a toda clase de amores maravillosos, empezando por mí… Y vaciaré mi cabeza cansada de pensamientos corruptos y hacinados para que esos pensamientos que te llena de alegría y esperanza hagan nido en mi mente sedienta de felicidad.

Ay, lo tengo decidido… Voy a amarme bien porque me traiciono mucho. Voy a pensar en mí también cuando reparta y dejaré de hacer aquello que más que llenarme me vacía. Me quedaré sin argumentos para soltar mi ira ante otros porque no podré reprocharles nada porque no haré nada desde ese ser hambriento de recompensa, porque daré desde el amor infinito y no desde ese mendigo de amor que llevo dentro y que haría cualquier cosa por una migaja de cariño…

Tengo mucho trabajo pendiente, mucho…

Voy a dejar de tragarme palabras y escribirlas todas…. Voy a llorar cada una de mis heridas por última vez y les diré adiós con la mano cuando se marchen a la nada, donde ninguna quema ni rabia, donde ninguna es ya útil para culpar a nadie, ni tan sólo a mí.

Tal vez algunas de ellas le sirvan a otros para soltar las suyas, para arrancarse las etiquetas que llevan pegadas y que llevan escritos unos nombres que no les pertenecen. Que les reclaman que sean como no son y que sientan lo que no sienten… 

Voy a pedir lo que quiero y aceptar lo que viene como un regalo maravilloso. Voy a amar a mi miedo tanto que se convertirá en mi estandarte para librar esta batalla sin batalla… Sin más lucha que mi paz interior y una calma dulce que invada mis sentidos.

Voy a permitirme recibir lo que merezco y a dejarme de «no hacía falta» y «no quiero nada» y esas chorradas que decimos para menospreciarnos y que dibujan caminos para que otros nos menosprecien y no nos tengan en cuenta.

Voy a quedarme sentada cuando quiera estar sentada y correr como una loba cuando haya luna llena…

Basta de pedir permisos y excusas por culpas imaginarias y de sentarse en el borde de la silla, en una esquina para molestar menos…

Voy a soltar mi necesidad de controlar y comprender con la razón lo que sólo se entiende desde el alma.

Voy a cambiar todo esto si me apetece porque ya no me sujeto a nada. No me he vuelto loca, cada día estoy más cuerda, más suelta y más equilibrada.

Voy a sucumbir a mis deseos sabiendo que puedo prescindir de ellos pero que no tengo que privarme de nada porque como todo ser merezco lo mejor…

Nada me aleja tanto de mí como yo misma… Nada me hace sentir tan pequeña como no aceptar mi grandeza y ocupar mi lugar. 

Voy a amarme bien porque me tengo abandonada… ¿Y tú?

Gracias por leerme y compartir. Si quieres saber más de este maravilloso trabajo de autoestima, te invito a leer mi libro

“Manual de autoestima para mujeres guerreras” un libro para que dejes de pelear por todo y puedas usar esa fuerza inmensa que tienes para crear tu propia vida y empieces a sentir que las cosas puede fluir.

Disponible aquí 

amazon llibre merce amazon

AMARSE ES UN REGALO PARA TI MISMO, UN FIN Y NO UN MEDIO, UN LUGAR EN EL QUE TE SIENTES COMPLETO Y A SALVO.

 

¿Quieres saber más de mí y de mi trabajo?

Acompaño a personas y organizaciones a a desarrollar su #InteligenciaEmocional a través de formación, conferencias y #coaching

Escribo libros sobre autoconocimiento y autoestima. 

Más información sobre mí y sobre mis servicios en www.merceroura.es


12 comentarios

Peleando con la vida


hombre-fuego

 

¡Qué complicado no dejarse llevar por la ira!

Dice mi admirado Leocadio Martín que la ira y la rabia son útiles si somos capaces de transformarlas en energía y actuar. Hacer algo con esa sensación de quemazón que se nos instala dentro y crear, usarla para construir en lugar de destruir, para evolucionar… Y no hablo sólo de explorar el por qué de sentirse así y de entender qué suscita en nosotros esa emoción y qué podemos aprender de ella… No es sólo eso sino también verlas como una oportunidad de energía extra para sacar fuerzas y hacer con ellas algo hermoso.

Gestionar nuestras emociones es desaprender. Descubrir lo que realmente eres cuando no dejas de ser tú porque lo que sientes se desborda. Sacarte de encima las limitaciones y dejarte fluir. Nuestras emociones son oportunidades para conocernos, para sentir quiénes somos y decidir sobre nuestra vida. Son utilidad pura. Nos dicen si vamos por buen camino, si lo que hacemos nos hace felices… Si nos traicionamos o nos somos fieles… Lo importante es entenderlas y saber qué quieren decirnos. Y usarlas para tomar decisiones porque llevan mensajes ocultos que nos guían para saber por dónde caminar. Y esos mensajes nunca se descubren a golpes, ni en pleno frenesí, sino cómo resultado de macerar lo que sentimos y escucharnos a nosotros mismos…

Leocadio habla de la ira y de la rabia. Cuántas veces, después de un ataque de rabia, no hemos tomado una determinación importante o hemos tenido la fuerza necesaria que te da “esa intensa sensación de dignidad súbita” para decir que no, que no tragamos más, que ya basta de bajar la cabeza…

Sin embargo, conseguir eso desde la armonía y no poner en riesgo la paz interior es complicado. Al menos, para mí y mucho… Ser capaz de tomar esa rabia ante lo que consideramos injusto y transformarla requiere sabiduría. Necesita de conocerse y aceptar que eso es una de tus debilidades  y que, previo este paso, puede convertirse en una fortaleza.

No se puede decidir ni contestar ante un ataque de rabia. Hay que respirar y responder desde la calma. Y eso, requiere entrenarse. A veces,  se puede contestar en diez segundos, cuando ya eres un alumno avanzado en ti mismo y has aprendido que no hay nada que otro haga que pueda perturbarte porque no le puedes dar ese poder sobre ti… Suena genial ¿verdad? Pero no se consigue en dos días… Hay un camino de aprendizaje hasta contestar desde la serenidad, la comprensión del estado del otro y del propio y tomárselo con sentido del humor… Y luego responder con actos, no encaminados a demostrar nada a esa persona sino a crecer. Entender que esa rabia nos dice algo de nosotros y nos indica una dirección en la cual trabajar… Un camino hacia uno de nuestros miedos y obstáculos a superar. Esta es la oportunidad de ir hacia ellos con una dosis extra de energía, motivación y vitalidad proveniente de esa ira que nos circula por las venas y que es necesario soltar para que no nos acaba destruyendo y haciendo arder…

Nunca he sido de morderme la lengua y considero que hacerlo es terrible. Siempre he pensado que las cosas deben poder decirse  con respeto y serenidad, aunque no lo he conseguido demasiadas veces, lo reconozco. Al final, o lo sueltas con calma o te callas. Lo de callarse creo que sólo se puede hacer desde  la sabiduría, desde un estado de conciencia enorme que hace que lo que te hagan o digan no te afecte, porque gestionas tan bien tus emociones que no necesitas responder a los estímulos exteriores porque lo que realmente te mueve está dentro de ti… Callar sí, tragar no. Si uno traga, debe asegurarse de que lo va a digerir y sabrá expulsar lo que sobra… Esa rabia contenida, ese sufrimiento, ese resentimiento, esa culpa que nos bucean en las entrañas y se hacen nidos dentro, esperando a que bajemos la guardia para que nos sintamos mal física y anímicamente… Y no para fastidiarnos sino para mostrarnos que acumularlos dentro no es bueno para nosotros…

Comunicarse con los demás y con uno mismo de forma adecuada es vital para conocerse.

¿Cómo se suelta la ira? ¿cómo se toma esa energía pura y se convierte en un libro, en un cuadro, en una receta de cocina, en una carrera hasta la meta o en cualquier acto que te libere y sea capaz de mejorar la vida a otras personas?

Y lo más complicado… Ser asertivo. Defender lo que eres y lo que quieres en tu vida sin bajar la cabeza ni dejarte llevar por la adrenalina. ¿Cómo se evita la tentación de no contestar al otro con la misma moneda? Lo digo porque las personas que están siempre a la defensiva, alerta y dispuestas al ataque para protegerse (la que os escribe es y ha sido una de ellas, hace tiempo que trabaja para dejarlo a un lado pero sin perder esa energía) se convierten en pequeños genios de la respuesta rápida y elocuente… Algo que no soportan las personas que se dejan llevar por la ira es ser víctimas de nada ni de nadie, porque la injusticia nos revela, pero a menudo, no nos damos cuenta de que cuando somos incapaces de gestionarla y mirar la situación desde fuera y con distancia, justamente lo que hacemos es prolongar ese estado de victimismo y no ser responsables de nuestra vida porque no tomamos las riendas…

Cuando nos pasamos el día con el “mira qué me han hecho” desviamos la vista de lo que importa “qué quiero hacer yo y qué provecho le saco para crecer”. Como cuando nos señalan la luna y nos fijamos en el dedo… Miramos al mundo con rabia porque lo vemos imperfecto y tremendamente injusto… Nos limitamos a responder con gracia y sorna… Lo hacen tanto y tan bien de practicar que al final les da pena perder esa capacidad adquirida de responder y soltar la rabia y quedarse tranquilo… Al menos en apariciencia, porque eso no te deja tranquilo. Te deja soltar por un rato, pero no sirve de nada. Te permite ganar la batalla pero no ganar la sabiduría. Lo sé por experiencia. Porque al hacer eso, no exploras tu responsabilidad en la situación, no entiendes qué dice esa ira de ti y qué aprendizaje conlleva. Zanjas el tema con un parche, te regodeas en ti mismo y te envuelves en tu rabia, te alimentas de ella y puesto que no la aceptas ni intentas comprenderla, se queda en ti y navega por tus venas. No consigues que te aporte nada y no le das la vuelta…

Cuando entiendes qué dice de ti y qué te ha llevado a esa situación, cuando ves la oportunidad que supone, eres capaz de soltarla… Hay mil formas. Nadando, bailando, corriendo, respirando hondo y sabiendo que lo haces por ti… Y luego, tomar ese subidón y hacer algo nuevo… Construir algo con ella. Vencer uno de tus miedos y dar el primer paso en uno de tus caminos pendientes…

Ya que la llevamos dentro y hay que soltarla, hacer que esa rabia salga de nosotros de forma constructiva y hermosa. Conseguir que antes de que nos devore, la podamos utilizar nosotros para comernos el mundo y evolucionar.

Y al pensarlo, al analizar qué ha pasado, tal vez ya no te ves como una víctima de nada ni de nadie, aguantando y tragando, sino como una persona capaz y responsable de su vida que supo transformar lo adverso en propicio, lo que parecía un obstáculo en un trampolín…

Y esa es una forma maravillosa de recoger nuestra rebeldía e inconformismo y usarlos para evolucionar. Dejar de intentar cambiar al mundo porque nos parece injusto e imperfecto y cambiar nosotros, para aceptar y ser capaces de entenderlo y amarlo tal como es…

Seguro que con nuestro gesto, ese mundo ya cambia un poco.

Para aceptarnos a nosotros cómo somos y usar nuestras debilidades para ser más flexibles y estar en paz.

Sin tener que callar.

Sin tragar nada.

Sin resignarse.

Sin perder la ilusión.

No podemos pasarnos la vida peleando con los demás…

No podemos pasarnos la vida en pie de guerra y enfadados con el mundo.

Eso creo, porque no sé nada… Estoy en ello, cada día, intentando aprender y cambiar sin guerrear y aceptar sin resignarme.

Por cierto, recomiendo leer a diario el blog de Leocadio Martín. Yo aprendo cada día más de sus conocimientos…