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la rebelión de las palabras


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Tengo miedo


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Tengo miedo…

Y no pasa nada por decirlo. No se hace más gordo ni intenso. No se construye un castillo ni se atrinchera en mi espalda… Al contrario, decirlo en voz alta parece más pequeño y soportable.

Mi miedo tiene muchos nombres. A veces, se llama incertidumbre y a veces fracaso. Lleva puesto un vestido largo que marca mi figura y dibuja lo que me aterra mostrar… Y calza unos zapatos rojos preciosos que nunca me pongo porque siempre espero una mejor ocasión que no llega…

A menudo, tiene la cara de todas aquellas personas que un día me miraron con desprecio porque me veían diminuta. Y lleva en la mirada un reproche por no llegar nunca a un listón que es inalcanzable, se mire como se mire…

Lleva muchas etiquetas y tiene muchas contraindicaciones con todo lo que me gusta en la vida… A veces, tiene cara de lobo y otras de madre amorosa y asfixiante.

A veces, lo admito, mi miedo tiene mi cara…

Me obliga a decir que no tantas veces que no puedo existir ni sentir… Me seduce para que diga que sí, incluso cuando no tiene sentido…

A veces, es un miedo absurdo, que se desmonta al mirarlo con atención y un poco de entusiasmo… Otras, está enraizado en un laberinto inmenso en cuyo centro hay una tarde de mi infancia.

Mi miedo habita en mis pies que se quedan quietos y no andan.

Abraza mi cuerpo cansado de controlar y luchar que ya no se resiste y se cae…

Besa mis mejillas rosadas y las cubre de una palidez traslúcida y triste…

Camina por mi espalda y me pide que encorve mi columna y agache la cabeza…

Duerme en mi almohada para poder meterse en mi cabeza y hacer que mis sueños sean pequeños como si fuera un jíbaro…

Vive en mi pecho y toca el tambor para recordarme que tengo problemas por resolver y complejos latentes y pequeños dramas a medias por vivir… A veces,  mi miedo se sienta en mi mesa y bebe de mi copa sin parar de llenarla.

Baila en mi pulso y en mis sienes cuando estoy sola y cansada…

Grita como un loco cuando me suelto la melena y bailo dejándole de lado…

Agita sus alas negras cuando estoy feliz para que recuerde que yo no puedo… Se enfada cuando le miro a la cara y le digo que no me importa y que a pesar de él voy a seguir adelante…

Pobre miedo, está perdido… Voy a ganar la partida…

Lo noto porque está muy furioso y ajetreado… Se zarandea en mi cama y me mueve los músculos de la cara azarosamente para que piense que controla y que manda…Alborota en mi cabeza trayendo recuerdos tristes y noches largas sin tregua… Esboza pensamientos ridículos y me cuenta historias de otros que no han podido, no han sabido, no han llegado… Canta canciones de amores perdidos y susurra palabras que saben a desesperanza…

Pobre  miedo, yo sé que está desesperado y loco porque ya no le hago caso.

Ya no me escondo de él, ni me alejo de su sombra. Al contrario, me he acercado tanto a él que le intimidado y ahora soy yo quién invade su espacio… Desde que le conozco y le entiendo, ahora que sé por qué existe  y qué pretende, se siente muy desgraciado…

Antes, le evitaba y le encerraba en armarios y cajones… Y por las noches, lloraba y daba golpes hasta que tenía que ir a buscarle y jugar con él a sentirme sola y superada… Me hacía sentir rabiosa y asustada…

Pero… Aprendí su idioma, abracé su esencia y aumenté de tamaño, de repente, con solo hacerle frente…

Y ahora vive sin vivir porque le conozco tanto que… Ya no le temo.

He pasado de ser su víctima temblorosa a su madre comprensiva y amable…

Pobre miedo, mi miedo, tan cansado, tan harto, tan diminuto… Patalea y araña, muerde como un niño o un gato arisco y enfurruñado que no consigue lo que quiere…

Cuando me mira con ojos fieros, le devuelvo una mirada valiente y osada…

Pobre miedo, desesperado porque no encuentra hueco por el que colarse en mi alma…

Tengo miedo, pero lo conozco, lo supero, lo entiendo… Bailo con él a veces, cuando estoy muy cansada, lo reconozco,  pero ya no se acuesta conmigo ni se queda a velar mi sueño.

Ahora mi miedo tiene miedo, porque no me tiene ni guarda.

Tengo miedo… Sólo con decirlo, me siento liberada… Está ahí, lo sé, pero no vive mi vida porque ya no le dejo…

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Todo lo que puedo llegar a imaginar


Aprendo tanto de mis errores que he empezado a creer que son aciertos.

Me gusta pensar que si camino mucho, mis pies aprenderán a escoger el camino. Que si amo mucho, dejaré de habitar mis penas y me quedaré sujeta en una de mis alegrías. Que si lloro mucho, me quedaré vacía de angustias y podré llenarme de risa. Porque la risa se contagia, se funde entre un rostro y otro rostro y acaba invadiendo el espacio y el tiempo…

Me gusta pensar que si dejo de temblar por mis fantasmas pasados, llegaré a la cima de mi amor propio y podré contemplar mis ojos con mis ojos y abrazar mis sueños sin apenas alargar los brazos.

Me siento feliz por haber fracasado tantas veces mientras intentaba encontrarme la cola porque eso me ayudó a aprender a nadar y esquivar las redes de los que pescan sin alma…

Aprendo tanto de mis miedos que he empezado a creer que simplemente son retos aún desconocidos…chica-mira-ciudad

Me gustan cada una de mis rarezas a pesar de haberlas cargado durante siglos y haberme avergonzado de ellas… Y ahora, de repente, las miro y las veo repletas de belleza…Como encontrar los pétalos marchitos de una rosa que fue roja en un libro…Como escuchar la deliciosa canción que entonan en el campo cientos de girasoles secos…Como el encanto mustio y demacrado de un juguete antiguo o una foto vieja y amarilla de un niño que ahora es anciano. Como verte en el espejo y descubrir que tus ojos tienen un color distinto al que pensabas y tus cabellos brillan más de lo que nunca habías sido capaz de recordar… Acordarte de ti en el pasado y sentirte frágil y enviarte un beso… Notar que tal vez te quedaste corto soñando con llegar o pasar de largo… Entender que lo hiciste tan bien como pudiste y saber que no fue suficiente pero que ya no te importa.

Perdonarte las dudas y besar ese llanto mudo que arrastrarte durante años esperando una respuesta del cielo que no llegó nunca porque en realidad estaba dentro de ti…Porque esperabas una medalla que nunca creíste merecer y un aplauso que nunca reverberó en tu interior porque te reconocías tú mismo el mérito de recibirlo.

Subir los escalones de tu conciencia y ver que no tienen polvo. Perderte en la vasta llanura de tu alma y descubrirla sola pero serena. Ser tan libre que la ingravidez te provoque dolor de cabeza… Sentirte tan  satisfecho que puedas volar sin levantarte un milímetro del suelo… Suplicar que la felicidad no te encuentre rancio y dormido. Que todo lo que puedas imaginar exista porque ya existe en ti y es maravilloso.

Abrazar tu cobardía y tu vergüenza y notar que eran capas de piel que supiste dejar en la puerta cuando entraste en esa etapa de tu vida en la que hay cosas que ya te puedes decir a ti mismo sin tener luego que bajar la vista o sumergirte en un mar de pastillas para olvidar…

Aprendo tanto de mis decepciones que cuando lloro por ellas me siento absurda.

Me gusta pensar que si me enamoro del silencio, la calma dormirá en mis sienes y apaciguará mis pensamientos locos.

Me gusta pensar que la única noche que puede vivir en mi alma es la que sucede al día y que siempre tiene un final cuando el sol avanza desde la ventana por mis sábanas hasta alcanzar mis ojos cansados y besar mis pies desnudos…

Me gusta pensar que si creo podré tocar lo que busco y sobreviviré a todas mis pesadillas. Que me quedan millones de palabras por usar bailando entre mis vísceras inquietas para que yo las escoja…

A veces, nos empeñamos en almacenar días sin apenas vivirlos…Y cargamos culpas pesadas que nos encogen tanto que no recordamos lo enormes que somos, lo grande que es nuestro apetito por la vida sin no nos sentimos rechazados.

A veces, nos obsesionamos con pensamientos absurdos que nos recortan la realidad y la capacidad de crear.

Somos el resultado de años de pensamientos tristes y de intentos en vano por superarlos… Porque la única forma de cambiar la consecuencia es modificar la causa, borrar esas ideas bárbaras y despiadadas que tenemos de nosotros almacenadas en algún lugar hace cien años, y respirar…

Somos  producto de un cúmulo de noches sin tregua creyendo que no lo vamos a conseguir…

El efecto inacabado de una causa perdida por no haber aprendido a soñar.

Somos la secuela de la historia trágica que tanto nos gusta recordar. Si dejamos de pensar en ella, podremos cambiar el desenlace.

Aprendo tanto de mis amarguras que he empezado a notar que su sabor es dulce.

Me gusta pensar que si aprendo quién soy y comprendo mis porqués, acabaré habitando la vida que sueño…

Todas nuestras certezas son diminutas ante lo mucho que aún desconocemos…

Me gusta pensar que hay cosas que están ahí y que todavía no veo porque no he sido capaz de imaginarlas. Hay tantos caminos que no puedo escoger aún porque están esperando que yo los dibuje…

Miles de historias  pendientes que están guardadas en mí esperando a que yo las escriba. Hay mil vidas esperando a que abrace mi incertidumbre y acepte que nunca podré controlarlas si quiero vivirlas.


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Reinvertarte para seguir siendo tú


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Convirtamos el dolor que sentimos en belleza.

Hagamos algo hermoso con lo que nos hiere y nos asusta.

Seamos más sensibles a todo y a la vez más fuertes… Que nuestra sensibilidad nos permita atraer lo entrañable, lo dulce, lo que nos aporta valor… Que nuestra fortaleza nos ayude a aceptar lo que nos disgusta y araña, para poder encontrarle el lado bueno y el aprendizaje necesario.

Seamos bestias maravillosas. Auténticos y diferentes. Seamos absurdos ante un mundo que busca una perfección imposible y se arrastra porque no entiende que ya tiene todo lo que sueña…

Y no lo vive, no lo ve,  no lo nota.

Rondemos tanto la suerte, que seamos la suerte.  No esperemos más que lo que nosotros mismos podamos crear o imaginar y recibamos tanto como merecemos, que es mucho…

Encontremos eso que creemos que nos falta hurgando en nuestras entrañas cansadas… Mirando en los pliegues de nuestra conciencia, que a veces duerme y otras se despierta rabiosa porque no hace los deberes…

Amemos sin tregua. Amémoslo todo sin mirar primero, sin buscar a quién, sin encontrar los defectos ni las etiquetas. Que los besos nos arropen en las noches frías y los abrazos sean el sol que cuesta encontrar las mañanas de invierno…

Y amémonos a nosotros mismos como si ya supiéramos que nunca vamos a decepcionarnos. Como nos amaríamos si no tuviéramos miedo a las miradas ajenas y las propias.

Alegrémonos por todo lo bueno que nos pasa de largo y toca a quiénes nos rodean, porque es la única forma de conseguir que la felicidad se detenga ante nuestra puerta.

Seamos más que un número de afiliación a una sociedad que se pierde conquistando  mercados y vendiendo paraísos embotellados .

Derribemos nuestros miedos a todo. A vivir, a morir, a perder, a encontrarnos tan solos que tengamos que hablar con nosotros mismos y descubramos que no somos quiénes creíamos…

Saltemos los obstáculos que nosotros construimos, descubramos que creemos cosas que nos limitan y acorralan, que no nos ayudan a crecer… Cambiemos nuestros pensamientos por otros pensamientos que nos hagan felices, que nos dibujen un camino que nos lleve a ser quién realmente somos.

Lancémonos al vacío de nuestra incertidumbre, bailemos con la imprudencia de pensar que merecemos lo mejor, juguemos a creer que ya hemos llegado a la meta…

Vaciemos el armario de ropas viejas para personas cansadas y tristes que nosotros ya no somos y vistámonos con nuestra  esencia, sin avergonzarnos de cómo nos vemos, sin temer a qué dirán los que aún se visten de personas que no son…

Cojamos las piedras que nos han lanzado, las de nuestras antiguas fortalezas que en realidad eran muros que nos separaban de sentirnos vivos… Y edifiquemos un refugio donde quepan nuestras ganas inmensas de crecer.

Dejemos de sufrir  y de buscar excusas por no llegar o no aparentar.

Dejemos de llevar esas máscaras amargas para esconder lo que nos asusta

Salgamos de la burbuja que nos comprime y aísla. Rompamos el cerco que nos obliga a fingir y embotellar nuestras risas para cuando sean propicias y adecuadas…

Lloremos, riamos, bailamos sin parar por nada que no sea más grande que nuestra alegría.

Revivamos todo lo llorado para entender el por qué de nuestras lágrimas y cerremos las heridas.

Vivamos cada día todo lo soñado, para que de tanto sentirlo, exista.

Apasionémonos con lo básico, notemos el arrebato y el delirio de vivir en cada esquina lo mágico, lo extraordinario de cada momento único, la barbaridad de vivir sin más red que el sentido del humor.

Seamos quiénes deseamos ser, seámoslo ahora, sin esperar señal, ni ceremonia, sin necesitar súplica ni sacrificio.

Venzamos a la desidia, a la mediocridad y a la desesperanza de un mundo que tiene mucho por ofrecer pero que se esconde y se asusta… Que busca respuestas fuera y no dentro y que sólo encuentra dolor y apariencia.

Un mundo que se cubre el rostro porque se avergüenza y se desespera porque no encuentra maquillaje para el alma…

Vivamos al revés si del revés logramos ver el camino hasta nuestra conciencia, para que cada detalle sea el definitivo.

Reinventémonos sin perder de vista lo que somos, cambiemos para no dejar de ser nosotros mismos… Emprendamos nuestra vida.

 

 


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El lado asombroso de la vida


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A menudo, me doy cuenta de que he perdido mucho tiempo pensando en el pasado. Dando vueltas y más vueltas a ideas repetidas y recalentadas. Sin tener el consuelo de buscar en ellas nada nuevo, sin esperar respuesta, sin aspirar a añadir nada que, terminado ese proceso, fuera a ser útil.

Recordamos mal, a veces. Nos abrimos las heridas sin compasión. Rememoramos las palabras más terribles que nos han dicho, las sensaciones más espantosas, las emociones más lacerantes… Y nunca extraemos de ello algo bueno, porque nos quedamos con el dolor sin ir más allá. Nunca revivimos el momento desde la distancia, como narrador y no como protagonista. Nunca pensamos “pasó y fue duro pero estoy aquí y lo he superado”. Nos engancha eso de sufrir, a veces. Suena mal, ya lo sé pero ser víctima de algo o de alguien es una experiencia dura pero cómoda. Y lo siento porque no está bien generalizar. Hay muchas víctimas reales que luchan por no serlo… Sin embargo, en muchas ocasiones, nos gusta saltar al lodo del recuerdo y rememorar ese dolor. Y ensuciar con él todo lo que rodea nuestro presente. Y aunque hayamos superado el tema, al revivir esas emociones terribles y dejar que nos desborden sin ponerles límites ni malearlas, ni gestionarlas, ni reconocerlas, dejamos que vuelvan a herirnos. Es como si cada vez que recordáramos un accidente nos lanzáramos contra el muro para partirnos la ceja o rompernos la cara y conmemorar la ocasión.

Dicho así parece un ejercicio bárbaro. Si lo hiciéramos físicamente, nos asustaríamos a nosotros mismos. Sin embargo, no dudamos en hacerlo emocionalmente. Ponemos en riesgo nuestra salud emocional y, en consecuencia, física, aferrándonos a nuestras tragedias. Y sobre todo haciéndolo como el primer día, con ojos de sorpresa, con dolor, con miedo, sin superarlas, sin ganas de oponer resistencia a esa sensación que nos hace sentir como carne de cañón a merced del destino… Nos impregnamos de pasado y de sus males sin tomar distancia, sin ser capaces de aceptarlo con ojos de persona madura que ha sobrellevado esa experiencia y la ha superado. Viajamos a otro tiempo sin ponernos el chubasquero de la madurez, sin llevar en el equipaje nuestras nuevas herramientas de persona evolucionada, sin saber  por qué ni con intención de cerrar página.

Miramos a nuestros miedos desde abajo. Regresamos al pasado siendo niños y descubrimos el pecho ante los fantasmas, nos empequeñecemos ante lo que pasó…Volvemos a repetir aquel comportamiento que nos llevó al llanto, a quedar paralizados, a salir corriendo sin afrontar.

Perdemos la perspectiva. A veces, porque es difícil dejar de visitar esas lagunas que tenemos en la mente donde parece que no ha pasado el tiempo, esos recuerdos que tenemos guardados en una parte de nuestra cabeza y que nos hacen saltar como tigres cuando algo activa nuestros dolores pasados…

Otras veces porque nos han educado para que sufrir sea una especie de mérito. Como si por el hecho de regodearse en tu miseria fueras a ganar puntos para conseguir una gloria que tendrías vetada si nadie te pisa o hace sentir mal. Por eso, muchas veces, cuando conversamos, acabamos protagonizando con otros competiciones para descubrir quién lo ha pasado peor en su vida o es más desdichado.

Lo que cuenta no es el sufrimiento, es la alegría.

Estoy deseando el día que en una de esas conversaciones alguien diga… No quiero hablar del mi dolor sino de lo que conseguí gracias a superarlo. De mi evolución. De lo feliz que soy porque me convertí en una persona increíble saltando obstáculos… Porque cuando recuerdo lo que pasó, me veo enorme, gigante… Miro al niño que fui y le abrazo y le digo que podrá y que descubrirá cómo salir del laberinto. Porque no viajo mucho al pasado pero cuando lo hago, sonrío. Se me dibuja una sonrisa en los labios porque me veo ahora y me doy cuenta de que he caminado mucho y soy un superviviente. Porque estoy aquí gracias a mi esfuerzo y el de muchas personas que me han ayudado a ser como soy… Algunas queriendo, otras intentando lo contrario, pero no hay rencor. Hay gratitud. Hay ganas de seguir y olvidar. De engancharme al lado bueno, al lado que me hace crecer y sentir bien conmigo mismo… Al lado hermoso de la vida, a es parte preciosa que tiene todo lo que duele una vez lo superas, aunque parezca imposible…

Como si tuviera metidos los recuerdos en tarros y durante mucho tiempo, después de acumular dolor y pensamientos tristes, hubiera conseguido cambiarles las etiquetas. Cambiar las palabras que asocio a mi vida para cambiar la imagen y las emociones que la habitan, para ser capaz de ver su lado mágico, su lado sorprendente, su lado asombroso.

Donde ponía “el día que me humillaron en la escuela” puse “ cuando descubrí mis superpoderes”.

Donde había escrito “mis monstruos” ahora pone “mis motivos”.

Y me acuerdo de que el tarro que lleva escrito “el amor de mi vida” era antes uno donde ponía “esa chica que siempre me lleva la contraria y no sé por qué”.

Encontré un tarro con la etiqueta “aquella vez que estuve en el hospital muy grave” y recordé que “allí conocí a quién sería mi mejor amigo”.

Donde estaba mi sueño perdido de “ser piloto” por problemas de visión, hay una pegatina muy divertida que pone “soy pediatra y adoro lo que hago”.

A algunos, lo reconozco, me costó cambiarles la etiqueta porque habían sido golpes duros de esos de los que no acabas de reponerte nunca y siempre te hacen saltar las lágrimas. Aunque, a pesar de ello, también los reescribí…

Donde había escrito “Carlos se fue” ahora pone “tengo un ángel de la guarda” y una de las etiquetas más complicadas de reescribir… “Quimioterapia” que ahora se llama “batalla ganada”.

Tal vez sea un iluso, un ingenuo, un loco, pero me gusta verlo así. Doy gracias por ser capaz.

 


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Entrenarse para ser feliz


Estamos acostumbrados a sufrir por encargo o, como siempre pienso, a llorar por adelantado.

Llevamos siglos haciendo esa gimnasia macabra de anticiparnos al drama y vivir en nuestros pensamientos miles de calamidades que nunca llegan a existir.

Y mientras esperamos que el abismo se nos lleve la vida y el entusiasmo, nos dedicamos a existir sin sentir.

Me atrevo a imaginar qué sería de la vida si en lugar de morir poco a poco esperando la gran muerte, nos dedicáramos a vivir . Si en lugar de esperar el dolor e ir haciéndole un hueco en el pecho para que se acurruque y quiera quedarse un rato, le cerráramos las puertas, imaginando que nos espera lo mejor. Lo sé, a veces, es muy difícil porque la vida nos gasta bromas pesadísimas y nos pone a prueba hasta el límite…

Ser felices por adelantado. Notar que la buena suerte nos ronda… Que la lluvia es un festival de sensaciones y entretenerse a degustar cada temblor, cada gesto, incluso los malos tragos, como si fueran dulces.

Caminar esperando que al final del trayecto haya algo grande y al mismo tiempo mirar cada detalle porque estás tranquilo… Porque sabes que vas hacia lo bueno y la ilusión te recorre las venas y te hace más capaz de apreciar lo pequeño…

Levantarse y pensar que hoy es el día. Que arrasas. Que vas a encandilar con tu forma de ser y que vas a toparte con personas extraordinarias que te encandilarán a ti por cómo son y cómo viven.

Emocionarse pensando cómo será de maravilloso cada momento, cada bocado, cada pequeña conversación, cada risa… Pensar lo genial que será rememorar este día cuando acabe sabiendo que mañana empieza otro mejor… Porque también te espera algo bueno, porque te pilla más sabio y más entrenando en esto de la felicidad.

Mirar la cola eterna que nos aguarda para solicitar un impreso y pensar que así tendremos tiempo a reflexionar.

Pensar que en el próximo tren encontraremos a alguien que nos mostrará la respuesta que buscamos, cuando se nos acaba de escapar el que debíamos coger.

Darse cuenta de que caer es volver a empezar. Que perder es mejorar la perspectiva para ganar. Que retroceder te permite coger carrerilla… Que hay más amores sin dueño aguardando tu amor y si te afliges no los podrás sentir.

Y hacerlo en serio, sin tener la sensación de ser estúpido ni pensar que vives en un mundo de ignorancia. Con entusiasmo infantil pero madurez de adulto.

Anticiparse a sentir y a querer.

Encargar un pastel para celebrar aún no sabes qué.

Soplar ahora las velas de tu centésimo cumpleaños.

Brindar por algo que pasará un día de estos, seguro.

Comprarse unos zapatos rojos para ir recibir un premio que todavía no te han otorgado…Y notar que se acerca el momento.

Peinarse para enamorarle antes de conocerle.

Enamorarte de ti por lo que él será capaz de ver en tus ojos.

Abrazar con preaviso. Acariciar con arrebato y casi delirio.

Ensayar mil besos esperando unos labios.

Construir el palacio antes de tener el reino.

Sacar el paraguas para que la lluvia note que la esperas y venga a llevarse los pensamientos tristes.

Sacarse las vendas para apremiar a las heridas, así se curan…

Bailar antes de llegar al baile.

Decir sí antes de conocer la pregunta.

Desearle antes de verle, antes de imaginarle.

Hacer un hueco en el alma para albergar un amor por si luego te ronda.

Alegrarse antes de saber el motivo. Por tantear, por experimentar, por entrenarse.

Jugar a crear algo sólo con imaginarlo, con creer que es posible, dibujarlo en sueños y esperar a que aparezca… Esperarlo sin prisa, sin desespero… Con esa risa tonta que precede a lo grande, con esa mirada limpia que te deja ver lo hermoso de este momento.

Comprar las semillas y buscar después un campo donde plantarlas… Sentarse a la sombra de un árbol chico que no hace sombra aún para estimularlo a crecer.

Ilusionarse por el puro placer de ilusionarse y más tarde encontrar la razón. Y descubrir que hay muchas razones, cientos,  miles, un millón.

Dar las gracias por algo que sucederá… Y por todo lo que ya ha pasado y nos ha traído hasta aquí, a este metro cuadrado de vida desde donde esperamos volar.

Y todo esto sin dejar de vivir. Por placer, por amaestrar a la ilusión y hacer que nunca se escape… Sin aferrarse a nada más que saber quién eres y confiar en tus pies que te llevan. Viviendo cada instante como si fuera el último y sabiendo que puede ser el primero de una nueva vida.

Sin dejar de marcar el paso y levantar cada día las ganas.

Una dulce mezcla entre vivir y soñar. Porque esa felicidad de confiar te hace mimar cada detalle y ver lo mejor de cada momento y al mismo tiempo … Esa sensación de vivir cada momento hará que pase lo que pase merezca la pena el camino.

Porque vale la pena creer que pasará. Porque vale la pena apostar por ello y empezar a sentir que pasa, que llega, que está contigo y te envuelve.

El filósofo William James decía “no sonríes porque eres feliz, sino que eres feliz porque sonríes”.  Adoro esta frase porque forma parte de una lógica casi mágica y encierra tanta osadía  y descaro que sólo por eso es capaz de convertirse en realidad… Y no sólo eso, ¡transformarla!

Como una gimnasia maravillosa que te entrena para lo extraordinario y al mismo tiempo te hace ver la belleza de lo sencillo.

chispta


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Vencer al dragón


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No tengáis piedad de mí, ya no me hace falta. Hace tiempo que dejé los algodones por las cumbres más escarpadas y las tardes plácidas por las montañas rusas de ideas imposibles.
No penséis que no podré, he llegado mil veces a la frontera de mis posibilidades y he engatusado al guarda que custodia la fortaleza para que me deje pasar… A veces, me he quedado a las puertas… Otras veces, he traspasado mis límites con una risa dibujada en los labios y una sensación loca de saber que ese momento es histórico… En mi pequeña historia de retos cumplidos aún por crecer y aumentar.

A veces, las fronteras se borran cuando imaginas que no existen…
No temáis, echad sal a mis heridas que me curtís el alma y me rellenáis los pliegues de noches sin freno pensando demasiado y mal. Ya nada que no esté en mí me para, nada que se imaginé más allá de los muros de mi conciencia araña mis defensas. Nada que no venga de mi esencia me importuna ni hace sentir diminuta…
Que no os importe criticarme ni murmurar a mis espaldas. Me divierte lo que a vosotros os escandaliza. Me gusta lo que a vosotros os parece ridículo. Me vacía lo que a vosotros os parece genial… Me gustan aquellas personas a las que vosotros dais esquinazo y gastáis bromas para recordarles que no caben en vuestro mundo, porque en el mío tienen un lugar preferente. A veces, los grandes se visten con trajes sencillos…
No tengáis miedo, no os voy a morder. Soy inofensiva y me reflejo en los espejos, aunque no dependo de ellos para planear mi vida ni forjar mi autoestima. Mi pasión por no perderme nada me agota tanto, que a veces, tengo que pasar varios días en mi crisálida para recordar que puedo volar. A veces, se me olvida cuando veo vuestros ojos cansados y vuestras pupilas tristes. Cuando recuerdo que un día dudé de todas y cada una de las locuras que ahora dictan mis movimientos, cuando pensaba que necesitaba que me dierais el visto bueno y  huía de los espejos porque no soportaba conocerme y sondar en mis facciones imperfectas… Cuando al bucear en mis entrañas encontraba mil razones para esconderme y no era capaz de ver que cada una de ellas era el reverso de algo hermoso por lo que luchar…

A veces, la belleza está oculta tras una piel llena de escamas…

Me falta mucho recorrido, pero soy más libre y me están saliendo alas, no sé si para volar o para ahuyentar a los moscones que buscan reírse un rato a mi costa, sin tener en cuenta que yo siempre me río con y nunca de… Porque me fascinan las personas que no cuestionan su autenticidad ni se venden a cambio de ser aceptados por la masa.
No sufráis si no me decís adiós, ni susurráis los versos torpes de mis poemas, no escribo para vosotros porque no sentís las palabras… Escribo para los que cuando miran ven más allá de la apariencia y cuando sueñan lo hacen tan a lo grande que crecen hasta sentirse gigantes y si les pilla de noche, al despertar, no caben en la cama.

A veces si no tienes un poco de miedo, no vences al dragón.
No busco vuestras lisonjas sino sus miradas sinceras, soy yo quién les da las gracias a los que toman una de mis palabras y saben construir un mundo más intenso… A los que cuando leen, se sienten a un palmo del suelo y buscan sin parar algo que tal vez no saben cómo es pero tienen claro para qué sirve… Para brillar, para crecer, para sentir, para ser mejores y vivir una vida que no sea copiada ni robada.

A veces, las palabras cosen heridas y hacen que las estatuas cobren vida…
No me preguntéis si siento lo que digo o por qué estoy en otra dimensión inventando historias y soñando nuevas palabras… No me alcanzan vuestros miedos, los míos ya me mantienen ocupada saltando al vacío y subiendo montañas rusas de palabras.
No me busquéis en la cima, no quiero estar allí sola más de un segundo si algún día llego… Estaré en la plaza, comprando fruta fresca, rodeada de cien personas que buscan pedazos de vida y surcan el paso de sus días sin parar de hacerse preguntas y sin dejar que vuestras respuestas les amarguen una tarde de lluvia.
No me busquéis en la arena, estoy en el agua. No me abrazan las rocas ni me esconden las esquinas, ni me encandilan los que venden alhajas donde se reflejan mis ojos llorosos y cansados.
No estaré esperando, nunca me quedo quieta y si me rompo, me habré recompuesto con pegamento y buenas palabras…No estaré inmóvil, seguro, mi imprudencia me habrá llevado a pisar la línea y tal vez habré quedado pegada en un cristal imaginario como los insectos que se golpean en las ventanas cuando vuelan entusiasmados…
No penséis que guardo pena ni rabia, las solté hace tiempo un día soleado y no han vuelto jamás… Creo que no eran para mí, si no, hubieran regresado.

A veces, caminas lento porque llevas un gran peso en el alma…
No os asustéis, esto que me pasa no se contagia si no deseas vivir con tantas ganas que pierdes el sentido del ridículo y descubres que lo que importa es sentir… Si no sentís la necesidad de darle la vuelta a la vida, esto no os afectará, este virus es sólo para los locos que bailan sin música y vuelan sin tener alas… A los demás, sólo les produce alguna molestia en el pecho que se pasa con una buena dosis de monotonía y un par de pensamientos tristes después de cenar…

A veces, poco es mucho. A veces, mucho es nada…

A veces, nada te sacia si cuando te miras no te encuentras ni soportas. A veces, nada te colma ni llena porque buscas algo en el camino que ya está en ti, aunque no lo ves.

No ves porque no miras donde debes… Porque buscas algo que ya tienes y no reconoces,  porque pides algo que sólo puedes darte tú mismo.

A veces, tienes que perderte para poder encontrarte y echarte de menos para saber en realidad te quieres como eres.

 


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La felicidad


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Nos van a curar de nuestras penas las risas y las ironías. Las tiras cómicas que nos recuerdan que somos necios y un poco patéticos, a veces. Nos rescatarán las primeras notas de la Flauta Mágica y las verdades que los niños dicen cuando los adultos bajamos la guardia y dejan en evidencia que vivimos en un mundo hipócrita, orquestado para parecer más que para existir y sin ganas de remediarlo.

Nos salvará que aún somos capaces de mirarnos al espejo y reírnos, porque en el fondo sabemos que antes éramos más jóvenes, pero bastante más cortos en todo. Y si no somos capaces de concentrarnos en lo bueno, en lo hermoso, en lo dulce, la vida nos dará un golpe, esperemos que suave y tibio, para recordarnos que la suerte nos ronda por estar aquí y notar, por poder hacer recuento de extremidades y seres queridos y caminar cada día por un camino que hemos escogido, aunque a veces, escojamos mal y tarde. Y si el recuento no sale, porque algo o alguien nos falta… Aún nos daremos más cuenta del valor de este momento, del acierto de haber sido capaces de cerrar los ojos e imaginar que somos lo que deseamos con tanta fuerza que nuestros pensamientos cambian el perfil de nuestro camino y el color de nuestra rutina.

Nos sacará de nuestro letargo asfixiante la punzada de un contratiempo que llega en el momento justo para que no nos durmamos más y despertemos de nuestra modorra gigante… Un problema bendito que nos hará agudizar el ingenio y encontrar dentro de nosotros el entusiasmo que perdimos mirando un programa de televisión donde la dignidad se colgaba tras la puerta… Y sabremos que todo pasa por algo, que todo es causal y la vida se vuela a tramos y se muerde a bocados.

Nos salvarán los payasos que llevamos dentro, cuando paseando les veamos de reojo en los charcos y no podamos reprimir saltar y ensuciarnos el traje de personas serias y reprimidas. Nos ayudará el talento que tengamos para construir emociones y confiar en nuestras posibilidades… La empatía para conectar con otros  y contarles historias y la autoestima para no vendernos a cambio de nada.

Nos redimirá que sabemos admitir errores y, a pesar de encerrarnos en el caparazón para protegernos, salimos de vez en cuando, a por provisiones. Y cuando notamos la brisa y encontramos otras caras, nos damos cuenta de que en realidad estamos hechos para afrontar más que para huir… Que es mejor caer y perder que pasarse la vida encerrado.

Nos curarán nuestros hijos con sus muecas preciosas y sus palabras inoportunas e irreverentes. Nos recordarán que la osadía es necesaria, que el miedo a menudo casi se mastica pero también se escupe y que los villanos no siempre fueron villanos, porque hace tiempo querían ser héroes pero no fueron capaces de esforzarse por cambiar el mundo y meterse en un traje tan ajustado.

Nos apaciguarán la rabia y la ira contenidas aquellos que cuando hablan susurran y nos recuerdan que hubo un día en que fuimos libres y no estábamos sujetos a emociones bárbaras. Los que, a pesar de las prisas, nos dedicarán un tiempo a recordarnos que podemos y nos dirán “te quiero” y además será cierto…

Y cuando nos duela el alma por algún desengaño, que pasará seguro, los que nos amen nos llevarán a ver el mar y nos dirán que es nuestro y que somos absurdos si no nos damos cuenta de que podemos escoger si rabiar o sonreír. Si llorar o bailar, si levantarnos o quedarnos dormidos esperando un despertador que nos recuerde que el mundo gira aunque hayamos decidido apearnos de él porque la pena nos comprime el pecho y nos achica la alegría y nos dirige los pensamientos hasta un vertedero de vanidades maltrechas.

Nos salvará la risa y el esfuerzo que hagamos por mantenerla y hacer que nos recorra el cuerpo y la conciencia. Nos curarán los libros y las palabras que encontremos al azar en las redes, en las esquinas, en las recetas de cocina y escritas en la arena de esa playa que nos pertenece, aunque la tengamos olvidada. Nos curarán los abrazos y los besos. Nos consolarán los rayos de sol y los recuerdos dibujados en la memoria que aún vibran, aunque a veces, aún nos rasguen y zarandeen. Nos curarán los sabios cuando nos den ejemplo y nos muestren sus cicatrices… Nos sanará que sepamos quiénes somos, aunque el mundo nos encierre en una caja y nos chille consignas vacías para vendernos algo que no nos hace falta…

Nos curará el amor, cuando lo sintamos sin atadura y siempre sin descuidar el propio, sin regatear cariño ni buscar migajas… Cuando sepamos que guardamos mucho y merecemos lo máximo.

Nos aliviará la lluvia cuando caiga con fuerza para recordarnos que todo cambia y todo se borra. Nos apaciguará el viento, cuando limpie el aire corrupto de nuestros pensamientos tristes y encriptados que sólo sirven para que creamos que no somos capaces de algo para lo que hemos nacido…

Nos salvarán los sueños que nos sujetan a la vida. Nos salvará la vida que nos aferrará a las nuestras metas más firmes…

La felicidad será notarnos las puntas de los dedos y sentirnos llenos de nosotros mismos y de todos aquellos que nos caben en el pecho y se pasean por nuestra cabeza con permiso. Saber que podremos resistir porque estamos en paz con nosotros mismos y que fabricaremos la manera de seguir adelante incluso cuando el cuerpo no nos acompañe…

Y saber cuándo aceptar lo que viene y sacarle punta y cuándo batallar para darle la vuelta. Cuándo mutar por dentro lo suficiente para cambiar nuestro mundo e impregnar todo lo que nos rodea… Cuándo ponernos las gafas que nos permiten descubrir más posibilidades donde parece que sólo hay un camino o un barranco… Cuándo dibujar oportunidades para vivir otras vidas soñadas y abrir puertas donde otros sólo ven paredes blancas.