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la rebelión de las palabras

María está rota

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María se dejó las ganas de todo hace meses. Se le escaparon cuando otra decepción llamó a su puerta. Otra más.

Pasó varios días haciendo lo que hace siempre, fingir que no pasaba nada. Que podía. Que lo iba a conseguir. Que no importaba. Que es la mujer fuerte que ha sido siempre. Una emperatriz de cristal, dura y transparente en todo, decidida pero enormemente frágil en realidad. Alguien que nunca se para a notar el dolor y el miedo por si la detienen y arrastran. Alguien que no se ocupa de su tristeza porque creen que las personas que lloran y se quejan son flojas y ella nunca ha sido floja…

Esa vez no pudo. Aunque no fue por esa vez. Fue por todas las anteriores que seguía cargando en los hombros. Por todas las lágrimas pendientes y el dolor ignorando y cargado en la nuca. La gota que colma el vaso no es nunca la que nos hace tambalear y caer. Es el vaso lleno a rebosar que no hemos vaciado, es el peso del mundo que cargamos a nuestras espaldas. María no pudo más. Cayó. Se desmoronó cinco minutos después de pensar que podría y repetir cien afirmaciones positivas sin creerse ninguna. Se rompió mientras intentaba agarrar su mundo, mientras se preocupaba porque no se notara lo deshilachada y descosida que estaba… Se vino abajo mientras le daba aliento a su hija y recogía la mesa antes de barrer el comedor y enviar un presupuesto a un cliente.

María no pudo cargar con el peso de todo un día más, un instante más. No puso resistir seguir empujando ese carro tan cuesta arriba. Tan solo viendo algún resultado distinto o recibiendo algún arañazo menos habría soportado unos meses más, tal vez años, porque siempre ha sido una bestia parda, una animal feroz aunque sumiso que carga con todo. Siempre enfadada con la vida por ser injusta con ella, pero siempre dispuesta a seguir dando batalla… Una batalla que siente inútil y estéril. Siempre hecha añicos pero sostenida por el fino hilo del coraje y la valentía de alguien programado a seguir y a luchar.

Ahora ya no. Ya no puede. Está demasiado harta y tira la toalla. Cede al tambaleo. Cae y está partida en dos en el suelo de su vida sin esperar nada. No le importan ya las decisiones porque dejó las expectativas y ya no pelea por lo que no puede cambiar. Está asustada pero calmada. Es nuevo para ella no estar peleando por algo, ni esperando nada. Hay algo delicioso en no esperar y es la falta de desesperanza cuando no llega… Esa desesperación por llegar, por alcanzar, por seguir, por hacer, por encontrar la forma de conseguir algo que se hace cuesta arriba y arduo ya no está. Ya no busca. Si hay pan, come pan. Si hay viento, deja que el viento le acaricie la cara. Si las lágrimas se agolpan en sus ojos, deja que se derramen y estallen si hace falta… Si las palabras se abalanzan en su garganta, las suelta si no está demasiado cansada. No hiere pero no quiere ser herida y dice no, dice mucho que no ahora.

Está muy cansada, mucho. Lleva años arrastrándose en una lucha infernal contra sí misma. Una parte de su ser le pedía parar y respirar y la otra seguir avanzando y luchando, a pesar de conseguir casi nada. Esfuerzo y sacrificio para nada. Para quedarse a medias, a las puertas. Para vivir en un limbo asfixiante donde nada tiene sentido si no crees que vas a poder salir de él y nunca sucede. Viviendo de prisa y con urgencia siempre para llegar a no sé sabe dónde y encontrar no se sabe qué que le permitirá alcanzar una paz que nunca ha conocido. Aunque ahora ya se ha dado cuenta de que no se llega a la paz desde la guerra y que el camino importa tanto o más que la meta.

Trabajos que pintan bien y salen mal y suponen dejarse la salud. Amistades que dan la espalda… Amores que te buscan y luego te sacan a patadas de sus vidas sin comprender qué pasó. El dinero que no llega a cubrir gastos nunca por más que te esfuerces. Y así un mes, dos, tres, años, décadas…

Y ese reproche constante sobre sí misma por no estar haciendo algo que debería y fallar. Aunque, ya no desde que cayó y tuvo que aceptar su caída.

Un enorme vacío la invadió y le ralentizó la vida. Fue como verse desde fuera y poder darse cuenta de que todo era falso y estúpido y que había vivido en un sinsentido absurdo buscando algo que no existía o que, de existir, no se alcanzaba luchando sino respirando en paz.

Lo ha analizado todo mil veces, asumiendo su parte, su responsabilidad. Mirando al espejo de la vida qué dice de ella cada cosa que le pasa. Qué alienta, qué permite, qué no acepta… Todo. Ha mirado tan dentro buscando su sombra que se ha mordido la cola. Ha comprendido mucho para qué y desde dónde. Ha hecho infinitas terapias. Ha preguntado a los que saben y a los que ignoran, porque a veces, la respuesta está en el reverso de las hojas. Nada. Nada que haga o deje de hacer la saca del bucle y de esa sensación de estar maldita y de no poder bajar de la noria o salir del laberinto. Con esa congoja comprimida en el pecho que siempre le dice que si deja de hacer y para lo pierde todo y el mundo se desmorona, con esa necesidad salvaje de sujetar al mundo porque, en cierta forma, depende de ella y de su capacidad. Siempre levantando el ánimo y produciendo al máximo. Siempre esforzándose más que nadie para hacerlo todo y siempre todo complicado, hasta el último detalle la vida se le retuerce… Siempre en esa carrera loca para llegar y quedar bien ante el mundo sabiendo que es imposible, sintiendo no merecer, pensando que no hay recompensa para ella porque se siente de más, un estorbo, una hija desheredada de un dios que la mira con ojos severos y la culpa por todo.

No es una ignorante, no tanto. Sabe que todo lo le hace el mundo es con su permiso, que todo es un espejo. Que la que se maltrata es ella, que la que se miente y engaña es ella, que la que se deja para luego y arrincona es ella. Sabe que se ha menospreciado y rechazado ella misma. Sabe que ella es la que ha decidido el sacrificio absurdo y la falta de reconocimiento. Los demás han hecho su parte, pero no sirve nada mirarles esperando cariño o palabras de consuelo y disculpas, no las hay y tampoco la curarán de seguir haciéndolo porque la que puso el marcha el mecanismo de machaque es ella misma.

Ha mirado dentro y fuera. Perdió diez kilos. Tiró los trastos viejos. Meditó y agradeció lo que tenía. Camino hasta salir del mapa para calmar sus ansias de hacer algo para poder cambiar su vida… Y siempre está en ese callejón sin salida. Cambian las caras y los escenarios, pero la película es la misma. María no llega. María se queda a medias. María no lo consigue. Desmontando a María. María en el laberinto… Siempre lo mismo. Todo igual. Si pudiera, a veces, en plena desesperación, arrancaría el decorado para poder cambiar de escena o se bajaría de la vida para pedir el libro de reclamaciones.

Aunque ahora ya está. Solo respira y nota que el aire la llena y la atraviesa. Y no lo hace como un ejercicio de atención plena para conseguir algo y cambiar su vida. Lo hace para respirar, para llenar sus pulmones y su abdomen. No hay más allá ni intención oculta, no hay estrategia. Por primera vez en su vida hace algo solo por hacer lo que está haciendo, sin objetivos ni metas más allá de ese instante. Bebe agua porque tiene sed, no para depurar ni eliminar nada porque no hay nada más, ni luego ni mañana.

Camina porque quiere poner un pie ante otro, no para llegar a ningún lugar sino porque justo ahora quiere salir de dónde está. Camina sin pretensión ni destino y eso la calma. Porque no tiene que llegar a ningún lugar ni superar ninguna marca ni le espera nada.

Llora porque siente dolor. No para gestionar nada ni dar pena ni conseguir una atención que nadie le dispensa.

Se escucha a sí misma porque lo necesita, no como parte de ningún ritual para liberar ni soltar nada. Solo suelta lo que no quiere en su vida ni necesita, lo que no le sirve o le hace daño. No suelta nada viejo para conseguir nada nuevo, suelta lo viejo porque ya no lo desea.

Dice lo que siente que debe decir. No para conseguir que otros empaticen con ella o la comprendan, lo hace para quedarse descansada y no sentirlo pendiente. Porque lo quiere hacer ahora y si no, mañana, si es que hay un mañana, aunque tampoco lo piensa.

No se preocupa. No sirve de nada. Si hay algo que esté en su mano lo hace, si no, no puede controlar nada, nada. Y si está calmada, cuando llegue esa supuesta calamidad, la pillará serena y más capacitada.

No está bien, pero no está mal porque se limita a dejarse sorprender por la vida a ver qué pasa.

Vive como siempre, aunque hay muchas cosas que ya no hace porque se ha dado cuenta de no servían de nada y la dejaban agotada.

No busca, no espera. Si hay pan come pan y si tiene sed bebe agua.

Estaba tan rota que tuvo que parar para coserse y curarse y no hacer nada.

Ella que lo ha hecho todo para intentar conseguir esa vida que tanto desea, ahora está quieta y respira y no lucha por nada. No fuerza nada.

Hay tanta sabiduría en el silencio cuando aprendes a abrazarlo y aceptas esos pensamientos de ataque que trae consigo hasta descubrir que no son nada…

Y ahora se ríe de todo cuando tiene ganas, mientras suelta de esa María hacedora llena de miedos, llena de necesidades inventadas, llena de impotencia, llena culpa y resentimiento contra la vida por ser tan injusta con ella mientras ella lo intentaba todo para ser una versión digna de ella misma… Ignorando su calma, su paz, ignorando su dolor y pasando por encima de su alma.

Y tiene ganas de todo y de nada, pero no le importa, porque vive conectada a lo que necesita y no lo que cree necesitar. Porque acepta y respira. No está ilusionada pero está en calma. No vive sujeta a sus ganas inmensas de cambiarlo todo y alcanzar metas y eso, sorprendentemente, la hace sentir bien.

A veces, cuando paras y dejas de hacer te das cuenta de que te movías para escapar de ti mismo y necesitabas caer para volver a ti.

A veces, la propia dolencia es la medicina y lo que intentas evitar es el bálsamo que necesitabas para curar tu vida…

A veces, para encontrar la forma de salir del bucle tienes que meterte hasta el fondo en él, perderte y dejar de buscar la salida.

María estaba tan harta de buscar que se rompió y cuando estaba rota descubrió que ella misma era el pegamento que buscaba, pero no se había dado cuenta porque no se había permitido romperse jamás.

GRACIAS por leerme.

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Autor: merce roura

Amo la imprudencia de mis palabras...

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