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la rebelión de las palabras

Te has olvidado de ti

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A menudo hacemos cosas que nos desgastan y hacen sentir mal.

Y es cierto que no todo lo que hacemos es sencillo, ni nos puede gustar. No hablo de esas cosas tediosas que a nadie le gusta hacer pero son necesarias, hablo de dejarse la vida luchando por una vida que nunca llega.

Nos sacrificamos para demostrar nuestro valor.

Lo hacemos sin medida, a veces sin ni siquiera objetivos claros. Solo para acumular méritos y que otros se den cuenta de que somos valiosos. Como si haciendo el triple que los demás nos hiciéramos perdonar nuestra insignificancia.

Y no está mal poner empeño, ganas y acción. Es necesario.

El problema es cuando normalizamos el «arrastrarnos», el pasarlo mal y sufrir para conseguir cosas. Sin poner entusiasmo, ni ilusión, ni disfrute.

Cuando hacemos habitual el rompernos por dentro para poder arañar unas migajas de algo que se nos resiste.

Cuando asumimos que las cosas nunca pueden ser un poco más fáciles y siempre nos toca dejarnos la salud en el intento.

El problema es cuando enfermamos para seguir adelante porque hemos interiorizado que sin que eso suceda no vamos a conseguir nada.

Ser siempre el pringado.

Ser la que lo hace todo y se deja la piel.

Llevar esa sensación impregnada en ti.

Esa etiqueta.

Esa creencia.

Esos pensamientos inquietantes que llegan a ti cuando descansas cinco minutos y que te atraviesan el pecho diciendo que no estás haciendo nada, que no rindes, que se te escapará todo lo que has conseguido, que no mereces nada si respiras y conectas contigo…

El problema es llegar a creer que no mereces más que eso. Una y otra vez. En bucle. Sin parar. Que esa va a ser tu vida. Que estás destinado a no parar ni tener paz…

Que eres solo lo que haces.

Que pierdes el tiempo cuando no aguantas más y te detienes.

Que no eres útil ni sirves para nada si no consigues un resultado.

El problema es renegar de ti mismo y quedarte a medias contigo esperando que otros lo den todo. Que reconozcan tu esfuerzo y eso te haga más digno y mejor.

Llegar a pensar que cuando paras mueres, porque no eres nadie.

Llegar a creer que solo vales por lo que produces.

Culparte si no consigues, si no llegas, si te permites un momento para tomar aliento.

Llegar a pensar que lo que da fruto es destrozarte, maltratarte, desvivirte, arrastrarte y humillarte ante la vida y ante otros para alcanzar lo que buscas.

Pensar que tu dignidad depende de lo que otros valoran de ti, de lo que ven, de lo que te dan, de lo que tú consigues después de perderte a ti mismo.

Y vivir con esa sensación perenne de nunca hacer suficiente. Que nunca has demostrado suficiente. Que te quedas a medias y nunca lo haces perfecto… Que no eres suficiente. Siempre drenado por la necesidad de hacer y conseguir, buscando huecos en la agenda para que esté repleta y te sientas pleno… Una plenitud que nunca llega porque no está ahí sino en tu propia aceptación y reconocimiento.

Nada de lo que buscas y deseas merece el sufrimiento.

La vida es corta. A veces, al final del trayecto al que llegas roto y destrozado no hay nada. Otras veces, hay otra meta que tú mismo te pones para seguir demostrando y sofocar esa sensación horrible de no merecer y esa herida enorme de insuficiencia…

Y también está morir. Física o metafóricamente. Acabar tan hecho trizas que no queda nada de ti, que no te queda una brizna de ganas de vivir, de motivación, de alegría, de paz. Que ya te da igual lo logrado porque te has perdido a ti por el camino.

Y mirar atrás y ver que tal vez podría haber hecho lo mismo pero desde otra manera de ver la vida y con otra actitud. No como una carrera sino como un hermoso paseo. Con más cariño y compasión por ti. Con más calma. Con ganas de compartir. Con alegría de estar. Con esa confianza en ti mismo que hace que no necesites alcanzar nada porque ya lo tienes y estás de tu parte.

Porque cuanto más te fustigas, culpas, reprochas y maltratas a ti mismo más le dices a la vida que quieres más de eso que te hace sentir minúsculo y roto. Más te encasillas en el papel de sufridor, más te pierdes en el laberinto de víctima y más te convences de no poder salir. Más te mientes a ti mismo pensando que no vales nada y te reafirmas en esa idea hasta contagiarla a los demás.

No es hacer menos o más. Es hacer de forma inteligente, pensando en ti, reconociendo tu valor, aportando lo que eres y sabes hacer… Sabiendo quién eres y tratándote bien. Descansando cuando hace falta y tomando impulso. Hacer lo que te inspira, contagiar ese entusiasmo a quien lo necesite y aportar lo que eres.

El problema es haber olvidado el sentido de lo que haces y estar moviéndote para demostrar y no para compartir. Olvidar lo que te mueve y hace palpitar… El problema es haberte olvidado de ti y de tu valor.

GRACIAS por leerme.

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Autor: merce roura

Amo la imprudencia de mis palabras...

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