merceroura

la rebelión de las palabras

Un mundo de frikis

15 comentarios


Pensamos a lo corto. Imaginamos a lo pequeño. Vivimos a lo reducido. Nuestras ideas se circunscriben a una casilla. No pasamos las líneas rojas, no las pisamos. No sabemos casi por qué, pero nacimos pensando que estaba mal ir más allá, pensar más, imaginar más, soñar a lo grande. Lo supimos al llegar al mundo, nos lo dijeron nuestros padres y todo lo que nos rodea está pensado para que nos quede claro que la divergencia sale cara. Nos pasamos la vida enmendándonos para no pasarnos, para no llamar la atención y tener ideas fuera de nuestra casilla predeterminada, de nuestro rectángulo, más allá de la línea que  separa de lo que está bien de lo que está mal. Nos aterra lo desconocido, lo que no controlamos. Todo lo que es nuevo  y que no va en cajas ni envuelto en papel de regalo nos causa pánico. Los nervios se nos comen las uñas y nos agujerean el pecho si no seguimos el protocolo, si cedemos a la magia, si nos dejamos llevar por la pasión y entonces nos inventamos una marea imaginaria que nos arrasa los castillos de arena que construimos cada noche cuando se nos sueltan el ingenio y el deseo.

Imaginamos castigos divinos y humanos si abandonamos el rectángulo de nuestra existencia limitada. Vivimos en círculo. Nos ponemos la zanahoria ante la cara y la seguimos para no buscar otros caminos ni caer en la tentación de tener ideas propias. Respiramos sin hacer ruido. Lloramos dentro burbujas de pena contenida y reímos a carcajadas calculadas. Controlamos nuestras muecas y abrazos. Amamos a ráfagas. Buceamos en las miserias ajenas y nos vetamos pensar las propias por si no podemos soportarlas. Aunque a veces, decidimos centrarnos en ellas y pasarnos el día en una queja constante. Somos de extremos. Nos pesamos como si sólo fuéramos carne. Nos medimos como si sólo fuéramos la sombra que proyectamos cuando sale el sol. Nos convertimos en números y nos quedamos dormidos esperando la siguiente sacudida que el destino tenga preparada para nosotros. Sin intentar llevar el timón ni saber de dónde sopla el viento para definir una estrategia.

Vivimos sin aspaviento. Nos hacemos viejos sin llegar nunca a ser jóvenes… Gritamos bajito a los que nos dominan, sin escándalo, para que nadie se enfade cuando reclamamos nuestra vidas. Sin embargo, reprochamos a pleno pulmón a los que caminan a nuestro lado no ser perfectos… Somos mezquinos porque nos vendemos fácil y señalamos con el dedo a otros que también lo hacen para aguantar el peso de sus vidas monótonas. Nos enfadamos mucho con nosotros mismos por consentir estas privaciones y nos recortamos las emociones con las que íbamos a desahogarnos y expresar el dolor que tenemos acumulado…

Nos odiamos por no ser y no tener… Y enfermamos de asco, de miedo, de rabia, de envidia… Nos puede el apego, la necesidad de ostentación máxima de algo que ni siquiera es mérito nuestro… Nos vence el duende criticón que llevamos dentro y que hace guardia esperando a que otros bailen sin miedo, a que otros triunfen y sonrían… Porque siempre hay a nuestro lado  alguien que sueña más grande, que vive más intensamente, que camina hasta llegar más lejos y piensa más allá de la casilla asignada. Y nos reímos de él, le ponemos motes y le colgamos una etiqueta. Los que abandonan el rectángulo asignado son raros, frikis… Algunas cosas de su forma de vivir nos gustan, pero no lo decimos en voz alta para no tener que llevar prendida la misma etiqueta que ellos. Admiramos su valentía, pero nuestra cobardía cómoda nos resulta más gratificante, porque no estamos dispuestos a asumir la responsabilidad de intentar seguir sus pasos y vencer la adversidad que ellos han tenido que soportar.

Nosotros le ignoramos, le despreciamos y, mientras, el supuesto friki,  maquinando sin parar y con entusiasmo,  descubre algo nuevo, porque es capaz de cambiar las normas y borrar lo que creía saber por lo que ignoraba y construir algo diferente… Se expone al mundo y acepta las miradas críticas y los abucheos.

Y tal vez cura a miles de personas, inventa un artilugio que hace ganar miles de millones, pone en marcha una iniciativa que cambia el mundo o sencillamente hace que ese mundo caiga a sus pies porque crea belleza.

Nuestro friki es capaz de imaginar una realidad paralela y defender su forma de ver la vida. Se traga insultos y se arranca las etiquetas. Asume las risas y levanta la cabeza… Piensa en grande e imagina barbaridades, locuras… Reivindica sus diferencias y las convierte en su marca, en su forma de llegar a los demás, en su bandera.  Mientras, nosotros nos reímos de alguien que es capaz de dar la cara por lo que cree y siente.

Él hace tiempo que pasó la línea y dejó su casilla para atreverse a entrar en la zona desconocida. Y cuando la primera marea arrastró su primer castillo de arena, sonrió y volvió a construirlo, porque supo que aquello era sólo un prueba más.

Los frikis sueñan y eso les hace más tolerantes al fracaso, al desaliento, al desengaño… Resultan inasequibles a la pereza, a la modorra. Por eso triunfan, como nuestro presunto friki que mientras yo escribo, ya está pensando en algo mejor que lo que ha creado antes… Y entonces, los demás, le miramos y decidimos ponerle la etiqueta de genio. Su genialidad nos fascina, nos abruma, nos provoca envidia… Aunque tampoco estamos dispuestos a abandonar nuestra cobardía cómoda y mullida para crear nuestra propia realidad  y convertirnos en genios como él. Demasiado esfuerzo y compromiso. Preferimos mirar y criticar…

A veces, después de tanta hipocresía, nos duele el estómago o notamos una presión nos oprime el pecho y nos acelera el corazón. Lo llamamos ansiedad, estrés, agobio, pero en realidad son rabia y cobardía concentradas y acumuladas de tanto fingir y disimular.

Al final, quién se ríe es él, pero no por burlarse de nosotros, se ríe de alegría. Ojalá el mundo estuviera repleto de frikis…

 

friki

(Del ingl. freaky).

1. adj. coloq. Extravagante, raro o excéntrico.

2. com. coloq. Persona pintoresca y extravagante.

3. com. coloq. Persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición.

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Autor: merce roura

Amo la imprudencia de mis palabras...

15 pensamientos en “Un mundo de frikis

  1. Me encanta ser friki friki!!!

    Me encanta las películas de ciencia ficción, soñar con los ojos abiertos (volar y volar), me atrae lo cambiante, el viento…, me gusta la acción, la aventura, el mundo del motor, los animales, me gustan tantas cosas que se suponen que no son para “chicas”…

    Me gusta ser como soy: ¡Un friki de lo mio! 😉

    Un beso preciosa

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  2. Adoro que hayas posteado esto, en mi ultimo post a esto es lo que me refiero, debemos siempre tener hambre de aprender, de llegar lejos, en fin de vivir al maximo!
    att, una friki!!

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  3. Lo bien que escribe esta mujer las cosas que algunos pensamos. Y hasta intentamos poner en práctica años ha. Os cuento brevemente mi receta: con el primer café, todavía con legañas, me preguntó ¿A ver cuántas me dan hoy? Y hala, a ir por ahí out of The box, pisando lineas rojas (algunas hasta con mala baba a ver si se rompen), y eso sí, pensando a lo grande y con poquitas trabas mentales. A la noche, un ratito de conteo. ¿Y saben? Con los años, cada vez me llevo menos collejas. Alguna ha sido grande, pero aquí seguimos, erre que erre.
    Gracias Mercè.

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  4. Si ser friky son los dos primeros supuestos.. Ojala fuera más friky y hubieran mas…y si el tercer supuesto es porque su obsesión le lleve a conseguir algo novedoso(investigadores)me sumo a ello tb..friky de coleccionismo…me parece que toda obsesión para tapar inseguridades de relacionarse (,encerrarse en su mundo)no ..como siempre, Merce,.empujando a mejorar la autoestima..y con ello la sociedad..sigo creciendo emocionalmente con tus post

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  5. Me ha encantado el post, y es verdad, somos raros… ;D

    Muchas gracias y muy feliz finde!

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  6. Pingback: Un mundo de frikis | Dalequedale.com

  7. Sencillamente genial! Enhorabona Mercè!

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