merceroura

la rebelión de las palabras

La vida no espera

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Buscó entre sus viejas fotos. Entre sus antiguas libretas repletas de pensamientos. Algunos eran locos, otros casi cuerdos pasados por el tamiz del tiempo y la experiencia. No había ninguno que pudiera parecerle sensato al mundo que la miraba con ojos de búho, con la mirada atenta de un juez que todo lo sabe, que todo lo enmienda.

Siempre había sido distinta. Si no lo era su cabello de cobre, lo era su forma de peinarlo. Si no eran sus ojos casi verdes, lo eran sus miradas inquietas, su forma de mecerse en la vida ansiando devorarla… Sus palabras irónicas y la cadencia que tenía al hablar que hacía estremecer al más cauto de los cuerdos.

Siempre había buscado algo que otros siquiera intuían. Siempre con una sed inmensa que no sofocaba nada ni nadie. Con unas ganas desbordantes de ser corriente, de pasar por un lugar sin levantar sospecha de ser la que piensa demasiado, la que busca sin tregua, la que lleva la contraria, la más insaciable de las criaturas con la que toparse. Siempre pidiendo perdón por no ser como debía. Por su impertinencia casi amable y su ironía desmedida.

Había suplicado ser otra. Vestirse con otro caparazón y llevar otros ojos, de color más común, de mirada mate y dócil. Que sus manos no lo quisieran acariciar todo y sus afirmaciones sobre la vida no despertasen burla. Había soñado ser corriente, ser mansa y andar como una fiera domesticada que no trae conflicto, que dirá que sí y caminará por la senda señalada. Nunca pudo, sus ojos peregrinos saltaban las baldosas, corrían más que sus pies, que tampoco sabían andar si no era con el paso cambiado. No sabía no preguntar por qué. No sabía no decir que no. No podía mirar a otro lado y saber que su tiempo se consumía sin tocar su objeto de deseo.

Nunca supo acostumbrarse a la jaula. Su cabeza meditabunda siempre estaba lejos. Su mente viajaba más allá de los barrotes y saltaba muros, derribaba fortalezas y acababa enamorándose de ojos desconocidos y lugares que no sabía si nunca iba a pisar. Siempre amó lo que se suponía que no debía.

Gracias a sus inquietas neuronas apasionadas había sobrevivido a tanto intento de reverencia, a tanta disciplina burda y sin sentido. El poder imaginar le había ayudado a soportar estar encerrada en aquel al reiterado intento de dejar de ser medio salvaje y conseguir sólo disfrazar unas ganas que la consumían por dentro…

Echó un nuevo vistazo y supo que la batalla contra su naturaleza y su irreverencia estaba perdida, lo había estado siempre. Su necesidad de sentir era más fuerte que la vergüenza de que la observaran haciéndolo a su modo. Su sed era implacable, su sueño tan hipnótico, tan enorme, tan absorbente que no podría nunca dejar de buscarlo. Lo conseguiría, se abalanzaría sobre él como la fiera que era y no lo soltaría jamás. Poco importaba ya que otros pensaran que le estaba vetado. La decisión era suya, el poder era suyo. Su vida era suya.

No sabía vivir a sorbos, ella devoraba. Era presa de su necesidad de sentir, de sus ansias de almacenar sentimiento… No sabía vivir sin imaginar, sin buscar locuras y darles tantas vueltas que acabaran pareciendo sensateces. Era el resto del mundo el que estaba loco si no salía a la calle a buscar y se negaba a sí mismo el deseo y el sueño… ¿Morirían sin apenas nacer? ¿vivirían sin latir por dentro y gozar del intento? ¿pasarían por este camino sin sentir? … ¿Eso era cordura?… Eso era miedo, mezquindad, atrocidad, cobardía.

Ella era vida. Y la vida no se mete en una botella, ni se oculta bajo un colchón, ni se reprime, ni cesa nunca de dar vueltas. No se oculta, de nada sirve. Sale por los poros y echa a correr. Y si se queda dormida cien años, revienta.

Siempre fue así. Distinta. Rara. Movida por la angustia de no poder ser quien era por si molestaba. Asustada de sus propios deseos y sus ideas extrañas.

Y ahora, saliendo de la burbuja de mediocridad, deseando respirar aire puro… Camina esta mañana pensando que el tiempo de ocultarse ha terminado. La vida no espera. Ella tampoco.

“Desarrollad vuestra legímita rareza” René Char.

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Autor: merce roura

Amo la imprudencia de mis palabras...

16 pensamientos en “La vida no espera

  1. Merce a veces creo cuando leo tus cosas que me estas describiendo cual si me conocieras, me refiero a todo el blog, La vida pasa seamos distintos, reamos raros seamos lo que nos gusta y seremos felices. besos 🙂 feliz 2014

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  2. Pingback: El miedo al miedo: ¿Un miedo consciente o inconsciente? | Habilidades directivas 2.0

  3. Hoy me quedo con esta frase: “Ella era vida. Y la vida no se mete en una botella, ni se oculta bajo un colchón, ni se reprime, ni cesa nunca de dar vueltas”. Gracias, Mercé.

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  4. Releyendo tu post he reafirmado mi idea de que si somos diferentes,porque somos únicos,y somos tan únicos,que somos hasta diferentes nosotr@s cada dia un poquito,porqué nos ocurrió algo ayer ,o hace un rato..por eso como dices-“hagamos de nuestra idiosincrasia nuestro atractivo”

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  5. Que bonito Merce!
    La edad es un número y nada más, así que que prime nuestra personalidad y con ella nuestras rarezas únicas e inconfundibles, no seamos uno más del rebaño, seamos nosotros mismos y disfrutemos de cada momento como si fuera el último.

    Como siempre genial!! Un abrazo

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  6. Hay dos cosas que son inherentes al ser humano..la personalidad y la edad..y con ellas navegan,pululan y afloran,los deseos..que muchas veces no van acordes con la edad…pero siempre parejos con la personalidad….HAY QUE SER UN@MISM@ tengas la edad que tengas

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  7. Me encanta Mercè, buscando siempre ser uno mismo, no abandonarnos a lo correctamente establecido o para que no nos digan que somos raros. viva la rareza que no deja de ser distinción, diferencia con lo que existe alrededor.
    Un precioso post.
    Saludos
    Julio.

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